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domingo, 26 de octubre de 2014

Djinn Despierta (15): Alter

- "Alter" significa "otro". Alternativo, otra posibilidad. Alterar, hacer de algo otra cosa, cambiarlo. Nosotros somos los Otros.

Con una taza de té humeante enfriándose poco a poco en mis manos -no me gusta el té, pero Alyosha dijo que traía mala suerte beberlo sólo y me la sirvió junto a la suya; estaba calentita, al menos, y según le escuchaba di algún sorbo que otro- yo sólo escuchaba. Escuchaba mientras él rompía todos mis esquemas de qué era real y qué no. Era el último paso necesario, en realidad; era como pelar un huevo duro, algo que sólo tiene sentido hacer después de haberlo cocido. Después de que se haya transformado. Y aunque mi cambio ya se había completado, Aly aun tenía que arrancarme la cáscara.

- Hay... tipos de Otros -continuó-. Con inicios y síntomas comunes. Mayorías dentro de una minoría. Suficientes para respaldarse mutuamente. Manadas. Grupos de apoyo. Bandas. Diversas formas de hacer lo mismo, de acuerdo con sus naturalezas, sus actitudes. -"O sea, exactamente igual que en la vida real", pensé.- La mayoría somos independientes. Yo sería un diplomático, si fuéramos una sociedad. Al menos me gusta verme así. Hago alianzas, ayudo a mantener la paz. Me llaman la Mano Izquierda. Si no, sin la función que yo realizo, los recién entrados a Otromundo son carne de cañón. Sobre todo ante el Círculo. Pero eso vendrá después...

Lo cierto es que no quería nada "después". Lo necesitaba todo ahora. O nunca. Y no dejaba de irritarme la condenada manía de Aly de tener razón en todo.

Di otro largo sorbo a mi té.

- Tú eras algo en potencia. Estabas en riesgo de caer. Pero era posible cuidarte, salvarte. He rezado por eso, porque hasta mis oraciones son respondidas a veces. -suspiró y agachó la cabeza. Pensé que se veía muy humilde así. Humilde: HUndes tu MIrada en baLDE, quizá.- En cuanto a Lorca... él hubiera debido ser capaz, debería haber bastado. Se le puede confiar la vida; le confié la tuya. Me equivoqué. No creas que le culpo -aclaró, como si yo pudiera pensar que ese fuera el caso- La culpa es mía. Subestimé la urgencia de protegerte. Él es un Alter, también, con habilidades semejantes a las tuyas. Si hubiera tenido más tiempo contigo, habrías estado a salvo. O si yo me hubiera quedado a tu lado. Tenia compromisos y demás basura estúpida y dejé que se cruzaran en medio. Me merezco tu odio. Y tú mi arrepentimiento.
Haré lo que esté en mi mano por ayudarte, Djinn. Sigo atado por muchas obligaciones, y no cumplirlas... equivale a desatar guerras, guerras invisibles y sangrientas, letales pero ocurridas entre bambalinas de la ciudad, tras el escenario de las vidas normales.

Me sentí despreciada y tuve que hacer un esfuerzo consciente por combatir esa idea. Aquí estaba él, confesando, haciéndose vulnerable, abierto a que yo le insultara o lo que fuera. Y diciendo que había muchas vidas, muchas personas, o lo que fuéramos los Alter y los demás de Otrositio o como fuera, que dependían de él. Lo comprendí entonces como lo comprendo ahora. Pero una parte de mí se dolía de no poder ser más... especial. No para todos. Para él. Y como si hubiera leído mi mente, añadió:

- Quisiera ser capaz de hacerlo y decirte que destruiré el mundo por protegerte. Pero entonces, no tendría un mundo al que devolverte si logramos que todo esto termine. No te mentiré. Deseo que confíes en mí.

Qué remedio me quedaba. No sólo deseaba intensamente tener a alguien en quien confiar. Sino que él me reconocía. Y me pregunté por qué: no era por nada que yo hubiera hecho. Quizá, de alguna manera, era sólo por ser yo. Tuve ganas de sonreirle, pero no me atreví, no supe por qué. Me tapé la boca bebiendo de la taza, que descubrí vacía.

-  Ahora tú también eres Alter; has despertado al Djinn ofrendándole una vida. O quizás una primera vida de muchas. Como tuviste la primera elección, volverás a tenerla. Pagar el Precio y recibir el Poder. Esa es la esencia de Otromundo. Y con todo lo que comporta, también la tuya de aquí en adelante.

Siguió un largo silencio. La cabeza me daba vueltas. En medio del silencio, nos llegaba el ronquido suave de Lorca desde el recibidor, como un ronroneo de tigre. Intentaba no distraerme pensando en eso, pero mi mente quería escapar de todo esto. Quería volver a correr con todas mis fuerzas y no pensar. Quería golpear algo, fuera mi colchón, el Skull gigante o a Aly. Quería, sobre todo, no haberle roto el cuello a aquel desgraciado.

Tenía en el estómago ese peso ácido de lo inevitable, lo irreparable de haber hecho algo malo, haber roto algo que no podía arreglar. Una vida. Una muerte.

Y vagando en busca de algo en lo que centrarme, mis pensamientos lo hallaron en las palabras de Alyosha.

- Quieto ahí un momento. ¿Elección? ¿Qué clase de elección tuve? Me estaban atacando, agarrando, me iban a... -me miró a los ojos y creí que iba a decir algo, pero no me interrumpió. En cambio, yo sí lo hice. Intenté tragar saliva y seguir hablando a la vez; una idea estúpida. Serían sólo unos segundos, pero creí que no pararía de toser nunca, y Aly esperó sin una sonrisa ni media. Al final dije:- Hice lo único que pude. No habían alternativas.

- Más que muchos -repuso después de pensar unos momentos- Pudiste defenderte en vez de atacar. O pudiste romperle los brazos. Podrías haber puesto la otra mejilla. Pudiste ser valiente en vez de asustarte, Djinn. -me indigné tanto... le pegué una bofetada. Tan fuerte como pude. Y tembló entero; por un momento creí que se caería. Se sostuvo contra la pared. Su mejilla enrojeció como el fuego. Sus ojos eran tristes como siempre. No, decepcionados. Esperaba más de mí. Y ahora lo diría, seguro.


Me abrazó. Fuerte. Era cálido y olía bien. Olía a incienso y a desodorante fresco y si la compasión tuviera olor, decidí que sería ese. Me resistí como medio segundo entero, y luego agarré a él, a la espalda de su camisa. Cuando apoyó la barbilla sobre mi cabeza me sentí muy pequeña. No sé cuando empecé a llorar pero fue liberador. No hice ruido, eso no, porque una cosa era ser débil y otra anunciarlo para que cualquiera se enterara. Pero lloré mucho y mucho rato y él no me dejó ir, con su mejilla roja, con todo el derecho a enfadarse conmigo. Pero decidiendo no hacerlo. Fue el mejor sermón que podía echarme, dejarme soltar todo lo que se me había acumulado en el pecho y vaciarme sobre el suyo.

- ¿Tú... me quieres? -me escuché preguntarle. No recordaba haber hecho nunca esa pregunta antes. Eso se nota, si te quieren o no. Pero con Aly no tenía modo de saberlo. Me estaba cuidando pero tenía en cuenta muchas más cosas. Quería ayudarme pero me decía que era responsabilidad mía haber matado a aquel desgraciado. Se ofrecía a enseñarme pero me volvía loca. Y me estaba abrazando y quería machacarle o que no me soltara más, una de dos. O las dos. Yo que sé.

Me acariciaba el pelo en vez de responder. Me dolía la barriga, como si el té me hubiera sentado mal o algo. El silencio se convirtió en ese zumbido extraño que oyes cuando no puedes oir nada más y de pronto puedes escuchar ese ruido, como si un reloj oyera sus propios engranajes. Sólo se oía su respiración y su corazón. El mío ni siquiera se atrevía a acelerarse por miedo a ser decepcionado.

- Claro que sí -dijo al fin.

Contuve la respiración.

- Cuando supe que tenías el Djinn empecé a informarme sobre ti. Y normalmente no hubiera atendido algo así en persona, ¿sabes? Pero lo hice. Eché un vistazo a los informes. Unos pocos ojos selectos ya te espiaban... Eliminé a la mayoría y dejé sólo a uno lo bastante dócil e inofensivo. -temblé un momento preguntándome qué implicaba ese "eliminé", exactamente. Preferí no pensar en los detalles- Y me gustó lo que vi. Tu coraje, tus principios, tu negativa a desesperarte. Me pregunté muchas veces cuanto podría conocer de eso si nos encontráramos en persona. Te quiero, Gina. Tanto como se puede querer en realidad a alguien con quien he compartido unas pocas horas, que es muy poco comparado con lo que te mereces. El tiempo de mirar de lejos como un acosador no cuenta.

Y tampoco me habían dado nunca una respuesta así. No me entusiasmaba que una panda de voyeurs hubiera estado mirando por mis ventanas o siguiéndome en la calle. Me sentía avergonzada y muy molesta. Pero debajo de todo eso, la sinceridad de Alyosha era lo más importante para mí. Me sentí capaz de confiar en él, como me había descubierto confiando en Lorca. Estaban de mi lado. Y ahora mismo lo que más necesitaba era tener apoyo, aliados, amigos.

Arielle. Isabel. ¿Habían sabido algo de esto? La idea me quemó la mente como un relámpago: fugaz, intensa, dolorosa. ¿Qué quería decir lo que habían hablado con Lorca? ¿Eran de fiar? ¿Eran también parte de Otromundo? Decidí averiguarlo en cuanto fuera de día.

Y tan pronto lo pensé, la luz del amanecer brilló y me cegó a través de los ventanales del ático, como si los amplios vidrios lo multiplicaran y me privaran de toda protección. Me protegí los ojos y me los limpié de lágrimas. Miré a Aly, que me devolvió la mirada con ojos igualmente húmedos. No me lo esperaba y de pronto ese momento se volvió mucho, mucho más compartido.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Djinn Despierta (13): Aceptación

El aire se volvía espeso y denso en mis pulmones, más difícil de inspirar y espirar. No sé cuanto me hizo correr Lorca. Y no podía concentrarme en cuanto corría porque me estaba volviendo loca cómo corría. Mis zancadas eran rápidas, muy rápidas. Siempre he sido ágil, pero nunca había podido correr tanto. Mi pie se clavaba en el suelo. Primero el talón, luego la planta comprimía mi fuerza, y cuando la apoyaba en la punta una explosión de fuerza me empujaba adelante, a por el próximo paso. No sabía cómo, y en medio del caos de esta noche correr así era una fuente de placer, de alegría exultante. Algo en lo que ahogarme para no pensar.

Lorca mantenía mi paso, inclinado adelante, las rodillas casi pegadas al pecho; era como ver a alguien saltar una y otra vez, más que correr. Si has visto a un gamo moverse, entenderás a qué me refiero; eran brincos cíclicos. Cuando yo corría, al pisar me frenaba un momento y luego aceleraba de nuevo, pero él sólo parecía añadir velocidad. Así se había movido para salvarme antes. Intenté imitarle y logré una o dos zancadas espectaculares antes de perder el equilibrio y caer adelante.

Él ya estaba allí, su mano ya tomaba la mía, y el tirón me incorporó antes de que me fuera de boca contra el suelo como un crío aprendiendo a caminar. No se detuvo, y yo dejé para otro momento aprender su truco. De momento le seguí.

Me condujo a través de calles y callejones que ni yo conocía. No dejó que le pararan semáforos, vallas metálicas, contenedores de basura ni sentido común. Cuando empezó a lloviznar, no se paró. Yo quería detenerme y disfrutar del momento de alivio, de frescor; quería que la lluvia me limpiara a mí y la noche entera, mi sudor de la carrera y la sangre de mis manos y la irrealidad de todo lo que había ocurrido. Quería aprovechar las gotas de agua para llorar sin que se notara hasta que me quedara la cara limpia de churretes y polvo y de que casi me forzaran -esto era lo que más estaba tardando en entender que había ocurrido, un horror envuelto en otros para tratar de fingir que no existía y meterse debajo de mi piel-, pero no había discusión. Lorca no iba a detenerse y yo no me atrevía a pedírselo. Quizá él supiera mejor que yo que detenerme no me ayudaría, sino todo lo contrario.

Creí que se detenía finalmente para tomar el aliento como yo llevaba largos minutos deseando hacer. Pero simplemente habíamos llegado a nuestro destino. De un bolsillo interior hizo aparecer una llave y el alto portón de vidrio y metal se abrió para nosotros. El bloque de pisos era gris y sobrio por fuera, pero el recibidor se iluminó con un tono ámbar y rojizo de muchas maderas bajo la luz. Un refugio sorprendente para Lorca, pero sus recursos iban una y otra vez más allá de lo que yo preveía. Se movía con más cuidado ahora, respirando profunda, cuidadosamente. Estaba agotado. Tal vez herido.



Bien, era mi turno de cuidarle ahora. Me acerqué y pasé su brazo sobre mis hombros para darle apoyo; lo permitió dócilmente, y su sonrisa de gratitud no la olvidaré fácilmente.

- Gracias por pensar en mí.

- Calla, idiota. Siempre pienso en los demás -mentí. Cuidaba de mí misma. Apañaba lo que necesitaba mi padre. Pero hacerlo porque quería, igual que quería ver a Arielle y a Ester y que me contaran de todo y que me quisieran, que me quisieran como habían hecho siempre sin descubrir nunca que yo había matado a alguien... vale, no sólo pensaba en ellas, pero... lo que quiero decir es que ser así era raro en mí. Era ser, ¿cómo se dice? Empieza por em. Empática, eso. No se me daba bien ser simpática ni empática. Antipática, sí, hasta cuando no quería. Pero por Lorca me preocupaba. Se había ganado importarme.

Aunque la forma en que se apoyaba en mí empezaba a parecerme demasiado. Me empujaba hacia el costado. Era muy fuerte; no hacía presión contra mí, pero tocarle, que me tocara, me decía todo sobre su fuerza, contenida, aguardando su momento, y hasta entonces relajada. Estaba sobre mí y era muy, muy cálida. Por suerte no tenía buen ángulo para darse cuenta de cómo se me habían subido los colores. Tener esta cercanía con un chico, tener ninguna cercanía en absoluto, simplemente no era algo que me pasara a mí. Le miré de reojo. Los ojos entrecerrados me hicieron temer que hubiera perdido la conciencia, pero su respiración era demasiado controlada para eso. Entramos al ascensor y se separó de mí para apoyarse en el espejo que llenaba la pared interior.

Casi sentí frío cuando su calor se apartó de mi piel. Me hizo sentir ligeramente indefensa; extraña sensación para alguien que había estado peleando junto a él codo con codo. "Quizá no sea indefensión, sino confianza, y hace tanto que no la tengo que me cuesta distinguirlas", pensé. Él alargó un brazo a tientas y pulsó el botón del ático.

- No te preocupes... me apago para curarme bien. Mi cuerpo hace eso por instinto -me confió. Eran las primeras palabras que me dirigía desde que me había dado las gracias. Parecía tan agotado...

Las puertas metálicas se plegaron y volví a ser su muleta para salir. El ático tenía una única puerta; un sólo piso abarcaba toda la planta. ¿Lorca vivía aquí? Una segunda llave nos dio entrada y  pasamos a un amplio recibidor de paredes anaranjadas y muebles modernos. Creí que habíamos entrado a las páginas centrales de una revista de decoración de interiores. Para cuando me di cuenta, Lorca se había hundido en el blando sofá de piel negro y granate a mi izquierda.

- Entra -murmuró, mirándome con un sólo ojo abierto- Aquí estarás a salvo... aquí... -y se durmió sin más. Me enfadé un momento y luego sonreí, echándole el pelo a un lado. Él sonrió también en sueños, al sentirlo. Me sentí rara. No lo hubiera llamado mariposas en el estómago, porque yo no tengo esa clase de tonterías. Si no fuera por eso, tal vez las hubiera considerado así.


Había luz al fondo del pasillo. Y algo agitándose. Sombras. Sombras convulsas, fantasmagóricas. Apreté los puños, mi ceño se frunció por sí sólo. Las paredes naranjas brillaban y parpadeaban bajo la luz inconstante. Había algo allí...

Caminé muy despacio. Lorca era mi responsabilidad ahora. Se había dejado la piel por protegerme. Fuera lo que fuera o quien fuera que estuviera esperando ahora aquí, me ocuparía de ello. Según me acercaba, un olor picante de incienso llenó el ambiente. Me preparé para cualquier cosa.

Cualquier cosa menos el cuerpo semidesnudo, sudoroso, brillante, de Alyosha.

Una ata vela se alzaba en el centro de la habitación, sobre un pie de hierro forjado alto como un hombre, y él se movía en torno a su fuego, la única luz de la habitación. Hubiera parecido una danza si no fuera porque sus manos y pies golpeaban, rodeaban la llama, la atravesaban: rápido como un... un latigazo, sí, a eso me recordaban sus movimientos. Iba descalzo, saltaba, una pierna y luego otra sobre la llama, ocultándola de mi vista, estampando la sala de sombras chinescas. Los hombros, los codos, las rodillas, la postura de los dedos, cómo apoyaba los pies, todo fluía, se contraía y desplegaba como el velamen de un barco, los largos cabellos negros, humedecidos, flotando en el movimiento sin llegar a caer. Era majestuoso, era... ballet y fuerza y peligro y control.

Y sólo vestía un pantalón de lino egipcio, blanco hueso. Nada más.

He visto a hombres exhibirse. Cuerpos de gimnasio. Sé cómo es un hombre sin ropa, en términos generales. De modo que obviamente no me hipnotizó su destreza y no admiré su piel brillando y no, quiero hacer énfasis en esto, no tuve mariposas en el estómago como para que me levantaran del suelo.


Al cabo, tomó la llama en las manos. No bromeo: dio un golpe de canto y se llevó la llama con él, la mecha negra quedó atrás y el fuego estaba sobre su palma antes de que cerrara el puño y se esfumara. En la semioscuridad, cogió una toalla blanca y se la echó sobre los hombros, y entonces reparó en mí.

- ¿Djinn? -se apresuró a llegar a mi lado. Yo sólo podía mantener la cabeza gacha, sorprendida por su proximidad y, por otra parte, qué abdominales...- Cómo me alegro de verte. ¿Lorca ha tenido que traerte? ¿Te encuentras bien? ¿Qué te ha pasado exactamente? -y luego, mientras tomaba mis manos y mis brazos y me palpaba suavemente para ver donde pudiera haberme hecho daño y el mundo se cubría de una neblina rosada, añadió como un pensamiento de última hora- ¿Y él?


Después de todo lo ocurrido, no me apetecía nada dejar de ser mimada, por una vez que me pasaba. Pero Lorca era la prioridad ahora. Le tomé de la mano -no quería dejarle ir del todo, por razones que no era capaz de poner en palabras- y le llevé a la entrada, donde mi amigo seguía roncando como un enorme gato rubio. Al llegar delante suyo solté la mano de Aly. No me sentía cómoda con la posibilidad de que Lorca viera eso, por algún motivo. Pero él volvió a tomarla y, de hecho, entrelazó sus dedos con los míos. Mi corazón se saltó un latido. Me hizo girar hacia él como si me llevara en un baile y levantó mi mano hasta sus labios.

- No tengas miedo -me dijo con esa ternura suya, esa comprensión, ese qué sé yo que no era capaz de entender- No las soltaré. Eso no va a cambiar aunque se hayan manchado de sangre.



Lo sabía. Alyosha sabía lo que había ocurrido. Sabía que había quitado una vida. Y aun así, aun así, yo le seguía importando. Me invadió un terrible, doloroso alivio, alivio por algo que no sabía que temía, y me hundí llorando en su pecho como no lo hacía con nadie desde los tres años.


Sollocé durante una eternidad. Cuando por fin me separé de su torso, aun brillante, aun desnudo, me avergoncé y desvié la mirada.

Lorca, despierto, me miraba con una sonrisa compungida.

martes, 19 de agosto de 2014

Djinn Despierta (10): Tieň a Dušu

(Lo que prosigue son extractos del primer manuscrito que se conserva, en el original eslavo escrito en el alfabeto glagolítico, de la enseñanza de una filosofía mezclada con artes para el combate cuerpo a cuerpo sin armas; de no haber podido validarse su antigüedad, se habría seguido creyendo, como se sugirió por mucho tiempo, que es una falsificación, puesto que parece tremendamente influenciado por conceptos provinientes del extremo Oriente. Datado de principios del siglo IX, apenas hay datos hoy en día sobre los estudiosos de la filosofía llamada "tieň a dušu", en eslovaco, "sombra y alma".

No obstante, el profesor en lingüística y arqueólogo que halló el manuscrito en el interior de una vasija sellada con cera, el doctor A. Kutznesov, sugiere que la traducción literal carece del matiz más sombrío y dramático del texto original. En la transcripción que sigue, "tieň a dušu" ha sido traducido como "Dark'n'Soul", a preferencia suya)



----

Primer y último principio del Dark'n'Soul:
sólo al Creador pertenece el flujo de tu destino y Él te lo concede;
en tus manos está encomendárselo o corromperlo,
y una de ambas será tu elección sin duda.

El flujo del destino es imperceptible para nosotros, hombres y mujeres de esta realidad.
Mas fluye y puede sernos revelado por su Creador,
no por que seamos dignos, sino porque le agrada otorgarnos los oportunos dones.
Y al hacerlo, somos partícipes de la creación del flujo.

(...)

Sea tu defensa como la de tu alma contra las sombras.
Conoce tu centro inamovible y extiéndelo
 todo hombre puede ser supremo
hasta donde alcancen sus brazos, piernas y filo.

Sea tu ataque como el de las sombras contra tu alma.
Fustiguen tus golpes cada mínima debilidad de tu enemigo
y abran las pequeñas grietas
hasta que toda su fortaleza se quebrante.

Habitúa tus pies a la doce posiciones,
todas y cada una, cada uno de tus pies en una.
Doce veces doce serán, pues, los pasos de tu danza,
y cada uno definirá el territorio que podrás proteger.
Adoptar uno de los doce veces doce pasos es tomar una decisión
y asumir responsabilidad por ella.

(...)

Guárdate de la mentira de la existencia fragmentada;
cuerpo eres y espíritu eres y alma eres.
Con los tres lucharás, los tres deberás fortalecer.
Tu alma es tu brazo, tu espíritu tu fuerza, tu cuerpo tu espada.

Recuerda que sólo tú puedes decidir tus actos y sólo tú eres responsable de ellos.
La mentira de tu enemigo no te fuerza a decidir;
el miedo a las consecuencias no te fuerza a decidir;
la tentación de las recompensas no te fuerza a decidir.
La decisión es siempre tuya y tal es tu irrevocable privilegio y responsabilidad.

Tuyo es el libre albedrío.

(...)

El flujo del destino es música, Dark'n'Soul debe ser danza en repuesta.
Danza contra la adversidad y danza en celebración.

Como la muerte fue hecha parte de la creación, la aceptarás como verdad
y sabrás que sólo por el Creador será revocada.
Cuando combatas guardarás esta verdad sobre tu corazón
para que cada consecuencia de tus actos sea parte de ti.

(...)

Último y primer principio del Dark'n'Soul:
sólo al Creador pertenece el flujo de tu destino y Él te lo concede;
en tus manos está encomendárselo o corromperlo,
y una de ambas será tu elección sin duda.

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sábado, 7 de junio de 2014

Djinn Despierta (8): Inferludio

Mi hija jamás haría eso.


Sí lo hará.

No tiene por qué.

No lo haría. Gina no es así.


Lo tiene dentro.

Todos podemos ser así en las circunstancias correctas.

Será equivocadas.


Cierto.

Pero aun así...


Aun así nada. No tiene escapatoria.

Sí la tiene. Siempre la tiene. Es parte de las normas.

¿Qué normas?


Cuanto menos sepas mejor. Ya has hecho tu parte.

Ya has hecho demasiado, Renardo.

Yo no quería esto.


Claro que sí. Esto es lo que realmente querías.

Yo no quería esto. Yo sólo...


Sólo dejaste que ocurriera.

No le juzgues con tanta dureza.

Yo...


Cállate. Por favor.

Pero...


O perderé los nervios.

Eres demasiado severo con Renardo. ¿Verdad que sí, Rennie? Tú sólo has sido parte de algo grande, algo más grande que tú y tu hija, ¿n'est ce pas?

Mi hija... ¿no hay otra forma?


No.

No.

Entonces, ¿no es culpa mía?


Au contraire.

Ha sido tu decisión, no lo olvides.

Pero no es culpa tuya. Sólo eres el penúltimo eslabón de la cadena.

Podrías ser el último si quisieras.

¿... Podría?


... Sí. Técnicamente sí. Podrías interrumpirlo todo y ser un fracasado. Como lo has sido siempre. Podrías fastidiar todo una vez más.

Tullius...

Silencio. Te he dejado asistir como un favor personal. Pero ya has dicho suficiente.

Yo diré cuando ha sido suficiente.

Maudit bâtard! ¡No tienes derechos aquí!

Cierto. Pero no quieres oponerte a mí, Tullius.

...

...


Lo que ha dicho es cierto, Renardo. Puedes hacer fracasar esto. Debes decidir si eso sería algo malo o algo bueno.

Tu decisión ya no cambiará nada. Ya está todo en marcha. Ya han ido a por ellos.

Yo... c-comprendo.


Pero al menos habrás tomado una decisión y podrás vivir con ella.

...


Ahí se marcha. Patético deshecho de humanidad.

Pero puede hacer cambiar todo, digas lo que digas.

Muérete, Alyosha.

Qué más quisiera yo. Pero aun tengo mucho que hacer.

lunes, 31 de marzo de 2014

Djinn Despierta (5): Discusión

- ¿Qué?

- ¿Qué? - exclamé un segundo después. Fui a responder a Alyosha, pero el tal Lorca se me adelantó.


- Aly, me hablaste de ayudar, no de seguirla en plan veinticuatro siete. No... -Aly  (empecé a llamarle así desde entonces, para mí) le interrumpió con un gesto de la mano. Mejor dicho, le indico que se detuviera, no impuso sus palabras. Era un caballero.


- ¿Tienes una sugerencia mejor? La clase de atención que esta chica merece no permite ponernos cómodos. Si renuncias a ese derecho, verás que podrás ser mucho más eficaz.


Lorca se mordió el labio inferior y cerró los puños un par de veces. Creí que se planteaba si romperle la cara a Aly. Con el tiempo vi que era un hábito suyo cuando estaba nervioso, pero esta vez le empujé a un lado para quedar entre los dos. Alyosha me sonrió. Yo me ruboricé un momento, creo.


- ¿Me va a explicar alguien qué pasa? -pregunté, con una voz que dejó de flaquear sólo un poco demasiado tarde- Necesito explicaciones, no un... guardaespaldas o niñera o lo que seas, rubio. -le mire fijamente a los ojos, irritada. Fue como si yo me llevara toda la tensión; su expresión se relajó inmediatamente.

- Ya me va cayendo bien -le dijo a Aly, que pareció contener la risa por un instante.


- ¿Sí? ¿Lo bastante para contarme de qué va todo esto? Porque sacárselo a aquí el ruso...


- Eslovaco -puntualizó


- ..aquí al paisano requeriría una hora y un sacacorchos. -terminé, algo molesta. Vale que había hecho una pausa larga, pero se ve que a mí sí me interrumpía.


- Prefiero que no, Lorca. Sólo quiero que aprenda de ti, de momento. -me tomó del hombro y me guió suavemente a encararse conmigo. Quise decirle que no me tocara, pero creo que si me hubiera hecho girar como una bailarina tampoco habría sabido resistirme- Djinn, danos tres días de confianza. Si en ese tiempo no ha pasado nada prometo contarte todo. Quién sabe, quizá estoy equivocado y no valga la pena preocuparte más.


- Claro, quizá estés equivocado -replicó Lorca, con un amago de sonrisa- Alguna vez tendrá que ser la primera. -Aly le ignoró , atento sólo a mi respuesta.


- De acuerdo. Tres días. No más. Y luego, pase lo que pase o no pase, me compensas -no estoy muy segura de qué parte de mí añadió esta última frase, pero la apoyé al cien por cien. Y él compuso una sonrisa nueva. No tan triste y más dulce. Me pregunté qué pensaba. Y cómo me veía cuando me miraba.


- Te lo debo. Es un trato, Djinn. ¿Puedo llevarte a cenar?


- Ah, sí. Sí, eso me sirve - bufé, sintiendo el rubor tratando de subirme a la cara. No se lo permití- Menudos tratos haces... Me dejas en ascuas y encima sacas una cita conmigo.


- Oh, ¿es una cita? -preguntó como si se le acabara de ocurrir. Espera, ¿y si de veras no se le había ocurrido?- Entonces realmente es un privilegio -terminó, deshaciendo toda la rabia que había empezado a formarse en mí. ¿Cómo lo hacía?


- Eh, si tres son multitud puedo marcharme -bromeó Lorca. Le odié, a él y a su impertinencia.


- Ahora te necesito con ella. Traela sana y salva en tres días y entonces no querremos verte cerca, ¿sí? -el rubor volvió a la carga y nada pudo detenerlo esta vez. Lorca lo vio y se rio. Tenía una risa profunda y contagiosa; si no hubiera estado tan furiosa hubiera reído. Pero no quise. Quería detestar a este creído entrometido y cruzarle la cara.


Diez minutos más tarde, él me lo propuso.

- ¿Quieres darme un buen guantazo?

- ¿Qué dices?


- Llevas callada desde la oficina. Y estás furiosa conmigo. ¿Te haría sentir mejor? No te devolveré el golpe...


- Devuelve lo que te dé la gana, idiota. -me había sacado de quicio. Su sonrisa. Su paz. Que tuviera razón en lo que me había dicho. Era el doble de ancho que yo, y una cabeza más alto, pero no me daba miedo. Los había tumbado más grandes.


Y lo había hecho así: mis piernas son largas -son lo que más me gusta de mí- y soy flexible. Otros niños van a cursos de karate y esas cosas. Yo fui a todas las "primeras clases de prueba" gratis que pude encontrar. Por mi cuenta. Mi padre no se movió, así que me moví yo. La historia de mi vida.


Una clase de muay thai no da para mucho. No da para nada. Pero vi la primera patada alta de mi vida. Me fascinó. La imité y practiqué como las demás crías practicaban juegos de palmaditas al ritmo. A las dos semanas me hizo falta, porque ser la niña pobre atrae abusones. Le pateé la cabeza a un niño tres años mayor que yo y lo dejé KO. Ya nunca dejé de practicarla.


Creo que le tomé por sorpresa. Mi bota pivotó en el suelo mientras mi rodilla empezaba a describir un arco que culminó desplegando mi pie derecho contra su cara con todo mi peso. Le di. Y creía que de lleno, su cabeza entera giró hacia atrás... Y volvió adelante, con apenas un raspón de la bota en su mejilla.


- Esto es algo más que un guantazo, pero si ya te sientes mejor... -me dirigió esa sonrisa suya insufrible. Le tiré un puñetazo que casi le dio, se inclinó hacia atrás un poco y fallé. Volví a intentarlo: un puñetazo, otro, patadas bajas. Él sólo sonreía aunque apenas me esquivaba. Con cada golpe tenía más claro que el próximo le daría. O el siguiente, o el otro.


Hasta que no estuve agotada, resollando como un caballo y empapada en mi propio sudor, no me di cuenta. En ningún momento casi no pudo esquivarme. Sólo se movía el mínimo imprescindible para que no le alcanzara. Apenas se había cansado.


- Veo que ya lo pillas. Si ahora quisiera darte yo, sería muy fácil -me acercó las manos a la cara. Traté de apartarme, pero él estaba fresco y era rápido. Me tomó con ambas manos la barbilla. Con los pulgares retiró los mechones sudorosos de mi flequillo que caían sobre mis ojos- Pero te mueves bien. Estos días habrá tiempo para enseñarte a moverte como yo, si quieres.


Le pegué en el estómago con las pocas fuerzas que me quedaban. Se lo esperaba, se lo vi en la cara. Lo recibió sin más, con una pequeña mueca pero sin dejar de sonreirme.


- ¿P-por qué me has dejado que...? -balbuceé.


- No tiene sentido que haga que te frustres, Djinn -me llamó por mi nombre por primera vez- Esa rabia tuya es con lo que más puedo ayudarte.


Me relajé un poco. Todo esto me irritaba pero también me intrigaba. Y Lorca no parecía mal tío.


- Tengo algo de dinero de Aly para gastos. Compremos algo de cenar. Aunque quizá quieras ducharte antes...


- ¡Idiota! -le solté avergonzada. ¡No era mal tío, pero tenía menos tacto que una traca de petardos!

jueves, 27 de febrero de 2014

Djinn Despierta (3): Altzairu

¿Conoces ese sentimiento de querer pegarle a alguien que nos dicen que contengamos desde críos? ¿Sobre todo si coincide que eres una chica, aunque me hayan criado como a un chico?

Chorradas.


No hay nada mejor que soltarlo. Yo llevaba años haciéndolo. Primero levantaba el colchón y lo apoyaba en una pared de mi cuarto, hasta que me harté de tener que hacerlo cada vez. Me busqué una pieza de gomaespuma, un asiento de sofá o algo así, y lo clavé en el muro junto a mi cama. Lo necesitaba a mano porque cada vez me hacía más falta.


Cuando el primero estuvo demasiado aplastado y denso y los vecinos empezaron a molestar, fui a por otro bloque de espuma. Y luego otro y otro. Aquel día empecé a golpear la quinta capa endurecida, aplastada hasta curvarse hacia el interior. Se sentía como golpear cuero. A partir de la tercera capa, si seguía más de diez minutos me empezaban a sangrar los nudillos. Conozco a gente que se hace cortes en los brazos y usan el dolor para no pensar. Yo no. Yo uso la rabia. Y cuando me duele, tengo más. Así que sigo.


Me pillé unos guantes de entrenamiento de boxeo, muy usados. Los saqué de un gimnasio pijo que se podría permitir comprar otros. Para cuando los reventé, mis nudillos se habían curtido. No es que ya no me sangraran nunca, pero el dorso de mis manos era fuerte, duro. Era como ver mi propia personalidad haciéndose visible en mis manos y dedos. Si me acercaba a alguien, cuando aun estaba en el instituto, quedaba claro para las chicas que yo no era como ellas, y para los chicos que yo no era una de esas crías normales.


No soy normal. No soy adecuada. No soy de esas ni lo seré. Me basta que me guste lo que veo cada mañana en el espejo y no dejar de soñar. Aunque no sea fácil, aunque cada día siga haciendo cosas que no me gusta hacer. Por ejemplo, m
e había despertado a las doce de mediodía. No era raro que me levantara a esa hora desde que tuve que dejar el insti para poner algo de comida en la mesa. Encontré un trabajo, lo perdí; encontré otros y hice todo lo que pude. Pero no sé ser puntual. No sé tener disciplina. Mi padre me hizo así, no me dió nada de lo que debería dársele a una hija. Apenas lo que se le da a un hijo. Me dejó lista para ser una fracasada como él.

Si dejo que esos pensamientos sigan, empiezo a odiarle. Le odio, odio todo lo que él es. Odio que me haya hecho como él. Y no quiero odiarle, me quema dentro, y con todo, es mi padre. Pero cuando llego a este punto, no sé parar.

Golpeé y seguí golpeando. Cada vez veía menos claro el colchón. La vista se me emborronaba de rabia y lágrimas. Machaqué la espuma más y más; mis puños quedaban grabados un momento y se difuminaban otra vez... pero cada vez menos. No pensé, no quería seguir pensando. Aceleré los golpes. Empezaban a doler. Empezaban a retumbar en la pared. Empezaban a no bastar.


Me dejé caer sentada sobre las mantas de mi cama, jadeando y sudorosa; ni lo había notado hasta ahora. Arrojé la camiseta a un lado y me quité los shorts; agarré la toalla y fui a darme una ducha. Fría; el calentador llevaba un año roto, pero ahora mismo lo necesitaba. La piel me quemaba. Por un momento imaginé que, así como estaba, ese tipo moreno volviera a entrar como cuernos lo hubiera hecho la primera vez, y me encontrara así. Por una parte, no quería que me viera así. Por otra... no, definitivamente no quería que me viera en estas condiciones. Quizá con el pelo limpio. Y el piso limpio. Y el cuerpo limpio. Yo que sé. Mis propios pensamientos me incomodaron.


Estaba pensando en él cuando me fijé en la tarjeta de visita que había dejado. La recogí y la leí. Volví a leerla. Pasé casi cinco minutos tratando de pronunciar correctamente su nombre, incluso después de darme cuenta de que no tenía forma de saber si lo hacía bien o no.


- Alyosha... Kutznesov. -bien, tendría que preguntarle a él cómo se decía. La tarjeta me daba una dirección y su cargo. "Presidente de Altzairu Internacional". Guau. Presidente... en serio, ¿de donde había salido este tipo?


Hice lo posible por arreglarme. Me lavé, me cepillé el pelo para desenredarlo, me contemplé. Ojos claros, limpios. Muy sinceros, me dicen siempre. Me dicen que se me ve qué pienso y qué siento, que soy auténtica. La linea de la barbilla igual que la de mi padre; la sonrisa de mi madre. Gracias por darme eso al menos, mamá.


Busqué ropa limpia. No tenía nada bonito, pero al menos podía ir decente. Un chándal fue lo mejor que encontré; volví a recogerme el pelo en un pañuelo y salí a la calle.

Me llevó cuarenta minutos llegar a la sede de Altzairu. Era discreta, un edificio de oficinas tan elegante y tan habitual que nadie se hubiera fijado en él. Un edificio de treinta plantas de los que contienen cien empresas diferentes, contratando a comerciales diariamente y donde había tenido trabajos de cuatro días demasiadas veces.


Sólo que aquí sólo había una. Altzairu era la única empresa. El uniforme del portero tenía placa de Altzairu. Los pisos estaban marcados con las diferentes divisiones de la empresa, contabilidad, investigación y desarrollo, todo eso, todo de Altzairu. Lo más raro fue que el portero me echó un vistazo y simplemente me dio un pase magnético de invitada. Me enseñó cómo abrir el torniquete y me hizo pasar sin una sola pregunta.



Entré por impulso, antes de que se arrepintiera, y me encontré perdida en el barullo del edificio de oficinas. Fui un rato de aquí para allá, pensando que si alguien decidía que no debía estar allí iba a tener problemas y, por eso mismo, sin atreverme a preguntar por Alyosha. Terminé por rendirme; a los cinco minutos de preguntar, estaba sentada en la recepción de su despacho. Su secretaria -demasiado joven, demasiado bien vestida, demasiado guapa para ser de verdad sólo su secretaria; imposible, no me lo quería creer- me dio conversación mientras filtraba llamadas, me ofrecía y servía un refresco, organizaba un horario mensual y me explicaba un poco cómo hacerlo. Era genial. Era todo lo que yo no. La odié un poco por eso. Un poquitín. Era demasiado maja para odiarla más.


Las puertas de cristal opaco se abrieron al fin, pero no era Alyosha. El primero en salir fue otro hombre, más joven, máximo un par de años mayor que yo. Nada más verlo pensé en un animal salvaje. Una melena rubio ceniza, oscura se derramaba con ferocidad sobre unos hombros anchos, fuertes. Los ojos oscuros pero brillantes entre el flequillo, agudos, recorriendo el recibidor para reconocerlo, recorriendo a la secretaria un instante.

Recorriéndome a mí con la velocidad de un escalofrío.

Su cara, aniñada pese al firme mentón, contrastaba, llena de una asombrosa paz, pero a la vez una controlada tensión, como un perro de presa -Presa: PREsto a SAltar- relajado pero capaz de ser fiero. Vestía una chupa de cuero negro tres cuartos, hasta las rodillas, pero sin mangas. Debajo una camiseta igualmente negra, tejanos, y unas botas militares que parecían venir directamente de una guerra.

Podría haber sido un príncipe vikingo. Podría haber luchado junto a William Wallace en Braveheart. Podría ser un bárbaro de novela de fantasía. Donde estaba fuera de lugar era en el siglo 21, en un despacho de una elegante oficina. Casi tan fuera de lugar como yo misma.

Alyosha salió tras él y me dirigió una luminosa sonrisa. Se la devolví y se la retiré al momento, recordando que no estaba allí de visita sino para pedir explicaciones.

- Te estaba esperando  -me dijo con una dulzura que me robó otra sonrisa involuntaria. Se dirigió al pelirrojo - Djinn, este es Lorca. Lorca, Djinn. A partir de ahora, la protegerás con tu vida.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Djinn Despierta (2) - Funeral Primero

- ¡Padre! ¡Padre, no se muera! ¡Por todos los santos se lo pido!

El joven Renardo lloraba arrodillado junto a la baja cama del anciano. Los rasgos arrugados se reflejaban, tan parecidos pero tan desgastados, en los de su hijo. La cara del viejo se deformaba por la agonía de la muerte, la del joven se contorsionaba con el llanto, los ojos rojos, las mangas sucias de restregárselas tratando de limpiar lágrimas y mocos que no dejaban de brotar.


El anciano había sido un hombre duro y severo. Un hombre hecho a sí mismo que no dependía de nadie y a nadie otorgaba más confianza que la justa. Su hijo le amaba por sus virtudes y se cegaba a sus defectos; en particular, le oprimía la garganta la convicción de que su padre se le moría aquí y ahora sin haberle dicho nunca "te quiero", "estoy orgulloso de ti", o siquiera "confío en ti". Incluso ahora pareció sacar fuerzas de flaqueza sólo para tratar de abofetearle, alcanzando sólo la palmatoria junto a su cama y tirando la vela al suelo.


- No quiero... santos aquí, ni todos ni muchos ni pocos. No hay... nada sagrado, hijo. Hay quienes ganan y... quienes no. Eso es todo... la ley del más fuerte. Escúchame bien -un golpe de tos ahogada y seca le interrumpió; rechazó la mano que trataba de ayudarle, de retirar la baba de sus comisuras y devolverle la dignidad que tanto había cuidado antes de que la enfermedad le marchitara-, escúchame, hijo. Te he criado lo mejor que he sabido. Te he enseñado todo lo que sabes. Espero que haya sido suficiente.


- ¿Suficiente para qué? -habló sólo porque su padre parecía haber dejado de hablar, sin aliento. Aun así, un nuevo manotazo le alcanzó esta vez, de lleno en los labios. No rechistó, sabía qué quería decir. No debería haberse atrevido a  interrumpir a su padre. Él se incorporó ligeramente, tirando de su almohada hacia abajo para ponerlo en su espalda. El joven le miraba sabiendo que tratar de ayudarle demasiado pronto le traería otro arranque de rabia; sólo después de agotar todas las posibilidades este hombre aceptaba bajo mínimos depender de otro. Su hijo sólo podía sentir que era a él mismo a quien su padre estaba desaprobando, personalmente.


Con torpeza y dolor en las quebradizas articulaciones, el anciano lo logró por sí mismo y se retorció sobre su espalda, buscando febrilmente un poco de comodidad hasta rendirse:


- Tú tienes que ser fuerte. Más que nunca, más que yo. Ahora mismo podría levantarme y pegarte una paliza si quisiera; eso no puede consentirse. Eres un nenaza -la ira y la frustración maceraban en el interior del muchacho cabizbajo, mezcladas con un miedo primordial que le hacía creer que era cierto, que este enfermo sin fuerzas para levantarse de la cama era mucho más capaz y más hombre que él.- Serás fuerte, fuerte de veras, y me darás un nieto, que yo ya no voy a conocer porque no te has dado la prisa que debiste. -tosió, se inclinó a un costado y escupió algo viscoso y negruzco en el orinal que asomaba bajo su cama- Los hombres de ciencia, esos tipos de ciudad, estirados con manos de mujer que necesitan ir en coche a todas partes, esos dicen que sólo los más fuertes sobreviven. Lo aciertan, ¡es verdad!, pero llegan a la respuesta por el camino equivocado. La fuerza es la fuerza antigua, el poder de la tierra, lo antiguo; lo que antes de que los hombres fueran ya peleaba por ser más de lo que era, y peleaba contra lo que fuera, hasta contra el cielo si se le oponía...


Ya era muy raro que hablara tanto. La boca se le quedaba sin saliva y cada palabra era más seca, más rasposa y gutural. Después de una frase tan larga, las últimas palabras pronunciadas parecían venir de una voz completamente diferente. Para el joven, la mirada ensoñada y algo vidriosa de su padre le era desconocida; jamás le había visto así, ni cuando su madre vivía.


La temblorosa mano rebuscó en su cuello y extrajo la cadena con el pequeño relicario que Renardo siempre le había visto llevar consigo. Apenas sabía nada de ese adorno, fuera de que su padre lo obtuvo cuando trabajaba en Marruecos. El símbolo de la mano conteniendo un ojo, la mano de Fátima, conjuro contra maleficios sobre su portador. Pero cuando su padre lo puso en su mano, apreció por primera vez algo más; las tallas minúsculas, asombrosas, en el vidrio amarillento que simulaba el ojo. Tardó unos momentos en darse cuenta que las líneas trazadas, intrincados símbolos geométricos y algunos que reconocía asociados a los signos del zodíaco estaban dentro de la propia gema.

- Lo único que he querido siempre -la voz moribunda le sacó de su ensoñación- era que tú fueras... fuerte... mi descendencia, mi estirpe. Somos fuertes, todos lo somos. Mi padre, tu abuelo... me forzó a serlo, me hizo duro... nunca consintió nada. Y así he querido criarte yo, hijo, pero tú... eres diferente. No sé ni si lo intentas. Pero ahora ya no estaré yo y tú no... no cometas mis errores... coge el amuleto y-y... -la cara palidecía, los labios azulados boquearon como un pez- deshaz... deshaz...


Se desplomó de espaldas, en la cama, desordenando las sábanas abiertas, el pecho marchito dilatándose, hundiéndose, tratando de insuflar un poco más, sólo un poco más, de aire, pero insuficiente para formar más sonidos que un gemido incoherente. Los ojos hundidos y la barbilla apoyada en el pecho, cuando finalmente volvió a hablar fue con esa voz desconocida, baja y sibilante:

- Deshaz todo lo que está mal... engéndrame a un hijo, un hijo más fuerte, más capaz que tú, que supere todo lo que ha sido antes. Coge el amuleto y llévalo siempre, llévalo cuando lo concibas en una mujer... y le pondrás por nombre Djinn, que significa "el invisible", porque su poder estará oculto hasta que mi momento regrese de nuevo...

Estas fueron sus últimas palabras. Renardo las recordó siempre. Nunca con tanta fuerza que cuando el médico puso en sus brazos, recién nacida, a su hija.

Empezó a beber poco después.

domingo, 4 de agosto de 2013

Djinn despierta (1) - Polvo y Ceniza

Recuerdo que el día en que me marché de casa, con la boca llena de regusto a polvo y ceniza, me despertó el olor a cereales. Abrí primero un ojo, miré alrededor sin poder ver nada, y después el otro. Sólo entonces estuve segura de estar despierta de verdad. La casa estaba todavía en esas sombras suaves de primera hora de la mañana, cuando hay luz pero no ha podido meterse en todas partes y todavía hay penumbra.

Penumbra: PEqueña NUbe de soMBRA. Ya sé que no quiere decir eso, pero me suena así. Todo está nublado, como visto con un cristal que no es transparente del todo. Estaba dormida en un rincón, con unas mantas viejas y gruesas como colchón y un edredón por encima, porque la primavera no llegaba a empezar. Se asomaba pero se iba otra vez. Y en el cuarto donde normalmente sólo estábamos yo y mis trastos, alguien hacía ese ruido crujiente de estar comiendo cereales. Y me estaba poniendo nerviosa, y el olor a desayuno me estaba estrujando las tripas después de dos días de no ver a mi padre y sin casi nada que comer en casa.


No sabía si moverme. No me atrevía, porque, ¿con qué iba a encontrarme? ¿Qué hacía alguien aquí? ¿Era mejor seguir haciéndome la dormida? ¿Pero hasta cuando?

El tipo de los cereales decidió por mí, poniéndome delante un bol blanco hasta la boca de copos de maíz con un montón de azúcar por encima, como lo tomaba de pequeñaja. Era un tipo esbelto, moreno, con la clase de ojos tristes pero sonrientes que tiene un yonki rehabilitado cuando te habla de los años de vida que ha malgastado. Su cara boca abajo me miraba sin dejar de sonreirme mientras dejaba el bol a mi lado.


- Buenos días. Te los dejo aquí porque si no se te van a poner blandos, y ya sabes que así no valen nada -no dijo más. Los dejó en el suelo junto a mí y volvió a apartarse. Unos segundos después oí cómo el ruido crujiente volvía a empezar. Ya no tenía mucho sentido no levantarme y comer. Salvo porque estaba en ropa interior. Así que tuve que arrastrarme adelante, envuelta en mi edredón como un burrito, alcanzar mi ropa y meterla conmigo para, así tapada, vestirme mal que bien con mi camiseta de tirantes y unos shorts. Salí de mi "cama" con toda la dignidad que pude y le miré a la cara.

No le echaría más de treinta años mal contados. Llevaba el pelo cuidadosamente arreglado, aunque más largo de lo que esperarías en alguien vestido de traje y corbata. Le quedaban muy bien; no me suelen gustar, pero este tío tenía la pinta que quería tener. Tengo buenos ojos para la gente, y he visto que hay tres tipos de trajeados. Está el que no tiene costumbre, el típico del que sólo se arregla así para una boda o para buscar trabajo, y se le ve incómodo a cada paso que da. Está el que sabe posar con él, el que lo usa a menudo y sabe cómo moverse para que no le estorbe y hacer sus cosas de cada día. Pero hay unos pocos que saben llevarlo de verdad. Este tío estaba elegante sentado en un almohadón y comiendo cereales. Estaba cómodo y se le notaba. Tenía estilo y estaba bastante bueno. Mayor para mí, seguro, pero agradable de mirar.

Se dejó observar unos segundos sin dejar de comer y luego me señaló el bol otra vez.

- Es para ti. Primero desayuna y luego ya hablamos, ¿te parece bien? -No sabía ni qué responder. Descalza, despeinada, con mis greñas negras en todas direcciones, hambrienta, y con un tío guapísimo desconocido en mi cuarto, una idea que se abría paso en medio de la confusión, no es que tuviera mucho que decir. Así que me pillé otro almohadón, me recogí el pelo con un pañuelo caqui y me senté a comer. Después de dos días con lo que quedaba de pan de molde y queso de fundir, me supo a gloria.

Él terminó antes y se puso en pie sin decir una palabra. Empezó a recoger los montones de ropa y doblarlos. La poca ropa que tengo estaba entremezclada con la de mi padre. Uso ropa de tío, porque la encuentro más cómoda, no me aprieta, y con mi figura tampoco hay nada que pueda resaltarse, así que al menos puedo presumir de estilo propio. Propio con ropa heredada de mi padre muchas veces, pero de alguna manera parecía que este tipo supiera de quién era qué. Tiraba la ropa de mi padre a un lado y doblaba la mía cuidadosamente. Me distraje un momento para seguir devorando los cereales, y para cuando volví a mirarle había terminado de doblar mi ropa interior. Yo ya no sabía qué pensar o hacer; si estar confusa o avergonzada o furiosa. Y se me da bien estar furiosa, y sentía que la rabia me estaba creciendo dentro.

- ¿Me vas a decir qué haces aquí y qué quieres? -le solté, en un tono que quería ser duro pero que pareció más asustado que otra cosa. Estaba nerviosa, y algo enfadada, y que se me notara ayudó a enfurecerme más.

- Y quién soy, también. Todo lo que necesitas saber, Gina.

- ¿Me conoces? ¿Eres amigo de mi padre o algo? -la pregunta era bastante tonta. Mi padre no conocía a gente así, formal y educada y con unas manos perfectas y zapatos como recién abrillantados y gemelos en las muñecas y chaleco entre la chaqueta y la camisa. Parecía un pianista o algo así, o un mafioso de las películas. Sea como fuere, no respondió de inmediato. Me dirigió una sonrisa mientras terminaba de doblar un par de camisetas de tirantes, se sacudió las manos con aire satisfecho y volvió a sentarse en el almohadón.

- Conozco a tu padre. De oídas. Sé cuanto hace que no trabaja y que aun así ha tenido suficiente para criarte, mal que bien, y para beber todo lo que quiera y vomitar más de lo que come. -se me subieron los colores de vergüenza y rabia. Apreté los puños y los dientes y traté de fulminarlo con la mirada. Él me sostuvo la mirada, se despojó de la sonrisa, se incorporó un poco. De pronto mi rabia fue sustituída por la aprensión, y casi por el miedo. Alargó su mano lentamente hacia mí, hacia mi cara. Yo estaba paralizada como si me mirara una cobra. Pensé en morderle si llegaba a tocarme, pensé en tirarme hacia atrás, en... pero no pude reaccionar en absoluto.

Su mano rozó mi mejilla, casi al límite de mis labios. Sentí que algo se desprendía. Entre sus dedos estaba un trozo grande de cereal húmedo que tenía pegada junto a la boca. Le miré, más nerviosa que nunca y muerta de vergüenza. Él volvió a sonreir como antes, y se lo comió como si nada.

- El caso, Gina, es que me he enterado que tu padre ha hecho algo... malo. No algo ilegal, en el sentido de que está dentro de las reglas para estos casos, pero sí algo injusto. No me gustan esas cosas, la verdad. Están mal y trabajan en la dirección equivocada. -sacudió la cabeza como disculpándose y añadió:- No es que yo no haya cometido errores y pecados como ese o peores, pero es... cruel. Quiero que tengas la mejor oportunidad posible con esto, Gina.

-¿Pero de qué hablas? ¿Qué ha hecho mi padre? ¿Se ha metido en un lío o qué? ¿Me ha buscado un trabajo chungo? No me dirás que tiene tema y quiere que le ayude a pasarlo... -volvió a sacudir la cabeza. Me miró a la cara con esos ojos extrañamente tristes en un rostro amable, casi jovial -JOcoso, VIvo, ALegre- y suspiró.

-Gina, tu padre te ha vendido. Te vendió hace muchos años. Te vendió en el vientre de tu madre.

Le miré en silencio, boquiabierta, y sin darme cuenta apretando tanto las manos que no lo noté hasta que los nudillos me empezaron a doler. Él se echó mano al bolsillo, abrió una cartera de piel y sacó una tarjeta que dejó junto a mí.

- Las cláusulas de la venta empiezan a ejecutarse en muy breve. Tienes dieciséis años, creo, y has crecido aquí, así que tienes más de mujer que de niña. Estate alerta y prepárate para irte cuando llegue lo peor. No "si llega", cuando llegue. Vete y no mires atrás, y no dejes que tu rabia te quite lo mejor de ti. Si no, las consecuencias serán irreversibles. Cuando lo peor ocurra, búscame. Antes de que ocurra no me creerías, y por eso no te invito a venir conmigo ahora mismo.


Se levantó y se sacudió el polvo de los pantalones. Me dirigió una última sonrisa y se levantó para irse.

- ¿De qué hablas? -exclamé- Me sueltas todo esto, ¿y crees que vas a marcharte? ¿Cómo has entrado en mi casa? ¿Qué es eso de que me han vendido? ¿A quién? ¿Para qué? ¿De donde has sacado eso?

Me levanté tras él, pero en mi minúsculo piso, él ya había llegado a la puerta y la estaba abriendo.

- Gina, querida, ya he cumplido. Te he dicho qué hacía aquí y lo que quería: darte una oportunidad. Te he dicho lo que necesitas saber, no todo lo que hay que saber. Yo mismo no sé por qué tu padre aceptó hacer esto. No sé qué se quiere que hagas exactamente. Pero venderte significa que tu padre le ha dado derechos a otro sobre ti, los derechos que un padre tiene sobre su hija. Hasta el punto que tu nombre identifica quién es tu dueño.

- ¿... Qué? ¿Qué significa eso? -intenté sujetarle, agarrarle por las solapas. En vez de eso cogió mis manos con las suyas, entrelazando nuestros dedos, y me acercó a él. Quedó pegado a mí, sus ojos sobre los míos. Podía sentir la calidez de su aliento mezclado con el mío; mi respiración se hizo más pesada sin poder evitarlo. Su presencia era acogedora y sobrecogedora a la vez.

Se inclinó sobre mí y me besó la frente. Furiosa y encendida como estaba, me trataba como a una niña. Me doblaba la edad, pero por eso mismo era humillante, paternalista... y tierno. Este hombre no me había mirado de mala manera en ningún momento. Me había dado corte que me encontrara en ropa interior, pero no me había mirado ni de reojo. No sabía qué se suponía que tenía que sentir. Toda la gente que conozco trata de manipularte cuando trata contigo: quieren transmitirte algo, venderte algo, aprovecharse de ti. Este hombre, de algún modo, había venido a ser sincero, aunque no pudiera entender de qué me estaba hablando.

- Tu nombre es parte del pacto -me dijo en un susurro, antes de cerrar la puerta y salir de mi vida.- Tu verdadero nombre... es Djinn.

domingo, 1 de marzo de 2009

Through Heaven's Eyes

-Con tus ojos de hombre no lo verás.

-¿Qué quieres decir?

-No tienes la perspectiva adecuada. No puedes llegar a tenerla. ¿Qué parte es la difícil de entender?

-Alyosha, soy uno de los seres más poderosos sobre la tierra. Tengo que poder saberlo. - Aly se encongió de hombros.

-Así que "tienes" que poder saberlo, ¿no? Bueno, no te culpo. Yo pensaba así también cuando era un crío, pero ya hace tiempo de eso y he podido reflexionar al respecto.

-¿Cuanto tiempo? -preguntó Alex, rápidamente, buscando la guardia baja de su mentor.

-Ah, no te sé decir el año exacto, pero aun no había una vacuna contra la viruela... Irlanda aun no tenía partidarios de la independencia... África no se había separado de la masa de Pangea... en algún punto por ahí en medio.

-¿Me contestarás en serio alguna vez?

-Ves, así me gustan las preguntas. Con respuestas simples y concisas. No, no lo haré. -Alexander se pasó la mano por los ojos, tratando en vano de que la paciencia no le fallara.- Pero volviendo al tema previo, es muy presuntuoso de tu parte decidir que "tienes" que poder saberlo. Si el Creador no lo ha puesto a tu alcance, por algo será. Pero puedes hacerte una idea.

-¿Cómo?

-Despliega tus alas, polluelo, y álzate. Más allá de todo, a las capas superiores de la atmósfera... pero mantente por debajo del ozono, no nos convienen más problemas en ese campo... y luego mira. Mira hasta donde seas capaz de ver. Es mucho más de lo que yo puedo hacer, pero no se me ocurre otro camino para atajar la experiencia que a mi me dió la posibilidad de ver eso aquí y aquí -concluyó el hombre vestido de negro, tocando primero su cabeza y luego, con la palma abierta, su corazón.

-Pero...

-Sin peros. Y date prisa que va siendo hora de cenar. -Indefenso ante la sonrisa (demasiado cínica, demasiado pequeña, demasiado triste siempre) de Alyosha, Alex miró al cielo. Sus alas tomaron forma de la nada, y dos pilares de cristal se alzaron de la tierra flanqueándolo. El joven ángel del trueno apoyó manos y pies en ellas mientras sus plumas primarias, al extremo del ala, se apretaban contra las secundarias buscando el aerodinamismo óptimo. Un instante después, un arco voltaico propulsó al muchacho alado hacia el cielo, con un estampido sónico. Segundos después, Aly desprotegió sus oídos y miró, a tiempo para ver ambas columnas, y una o dos plumas caídas, deshacerse en simple luz.

-Bueno, ya me encontrará... -y se marchó del lugar para decidir donde cenar, canturreando… siempre debes mirar con la mirada celestial...

Las alas se desplegaron por completo y empujaron una vez, oponiéndose al salvaje impulso ascendente. Alexander, suspendido a seiscientos mil metros, se detuvo y planeó suavemente. El sutil aire de la ionosfera era menos dócil que el de la estratosfera, pero no era impedimento. Miró a sus pies. El mundo... su mundo. Con un vigoroso movimiento, enrollándose sobre si mismas y en torno a él, imposiblemente flexibles, las alas traslúcidas rasgaron las nubes a kilómetros bajo él. Mañana habría tormentas inesperadas, pero al fin y al cabo, era el ángel del trueno, ¿no?

Abrió los ojos. Más. Mucho más. Todo su ser eran ojos. Recordó las palabras de Apocalipsis: Y los cuatro seres vivientes, cada uno de ellos con seis alas, estaban llenos de ojos alrededor y por dentro, y día y noche no cesaban de decir: SANTO, SANTO, SANTO, es EL SEÑOR DIOS, EL TODOPODEROSO, el que era, el que es y el que ha de venir.
Abrió otro par de alas, y otras dos. Miró más allá de la tierra, y sus plumas se abrieron para sentir toda vibración, todo movimiento y sonido. Sintió que su ser se extendía, descendiendo lentamente, plácidamente, hasta ser cada vez menos él mismo, y más...

Había miles, cientos de miles de vidas debajo de él.

Interconectadas. Podría partir el planeta en dos, realmente podría. Y sellar ambas mitades con cristal purísimo, y mirar a los cristales, y ver a la humanidad como una granja de hormigas. Si en ese momento Alex hubiera tenido boca, habría reído. Unidos, vinculados, sin verse.

Construían. Derruían. Daban a luz. Asesinaban. ¿Qué había más allá? Seiscientos mil metros debajo suyo, alguien abrazaba a una mujer ebria que lloraba, feliz de haber salvado su vida en el accidente de coche, atormentada porque su marido no lo había hecho. Mil kilómetros al oeste, un grupo de chicos y chicas se habían reunido para cantar y adorar al Creador. Todo tenía sentido, todo eran elecciones de cada cual. Todo eran caminos equivocados, y aquí y allá destellos del camino verdadero. Invisible. Inevitable. Imperceptible. Omnipresente. Alex pensó de nuevo en la granja de hormigas. Si se pudiera hacer con el corazón, con el alma humana, ¿no veríamos allí grabadas las leyes que en el fondo todos sabemos reales y correctas?

Entendió un poco más. Pero le faltaba mucho. Algo sin pulmones ni labios suspiró, y -dándose cuenta de que se había dispersado- se restauró de nuevo. Media hora más tarde, entraba en un restaurante de cocina mediterránea para sentarse junto al hombre moreno que paladeaba una quiché. Vió su cubierto preparado, y Aly le dió la bienvenida llenándole la copa.

-¿Y bien?

-Bueno... he entendido un poco más sobre qué sentido tiene la vida en general. Aunque no podría ponerlo en palabras ni que me fuera la vida en ello. -Alyosha levantó su copa y Alex respondió al brindis sin la desgana de las últimas semanas.

-Todo un avance, ¿no?

-Supongo, pero sigo sin ver donde encajo yo en el esquema de las cosas.

-¡Ni lo harás! No hasta diez minutos después de muerto, polluelo. ¡Ve haciéndote a la idea! -y sin más, vació su copa, sonriendo.