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Mostrando entradas con la etiqueta Lorca. Mostrar todas las entradas
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domingo, 26 de octubre de 2014

Djinn Despierta (15): Alter

- "Alter" significa "otro". Alternativo, otra posibilidad. Alterar, hacer de algo otra cosa, cambiarlo. Nosotros somos los Otros.

Con una taza de té humeante enfriándose poco a poco en mis manos -no me gusta el té, pero Alyosha dijo que traía mala suerte beberlo sólo y me la sirvió junto a la suya; estaba calentita, al menos, y según le escuchaba di algún sorbo que otro- yo sólo escuchaba. Escuchaba mientras él rompía todos mis esquemas de qué era real y qué no. Era el último paso necesario, en realidad; era como pelar un huevo duro, algo que sólo tiene sentido hacer después de haberlo cocido. Después de que se haya transformado. Y aunque mi cambio ya se había completado, Aly aun tenía que arrancarme la cáscara.

- Hay... tipos de Otros -continuó-. Con inicios y síntomas comunes. Mayorías dentro de una minoría. Suficientes para respaldarse mutuamente. Manadas. Grupos de apoyo. Bandas. Diversas formas de hacer lo mismo, de acuerdo con sus naturalezas, sus actitudes. -"O sea, exactamente igual que en la vida real", pensé.- La mayoría somos independientes. Yo sería un diplomático, si fuéramos una sociedad. Al menos me gusta verme así. Hago alianzas, ayudo a mantener la paz. Me llaman la Mano Izquierda. Si no, sin la función que yo realizo, los recién entrados a Otromundo son carne de cañón. Sobre todo ante el Círculo. Pero eso vendrá después...

Lo cierto es que no quería nada "después". Lo necesitaba todo ahora. O nunca. Y no dejaba de irritarme la condenada manía de Aly de tener razón en todo.

Di otro largo sorbo a mi té.

- Tú eras algo en potencia. Estabas en riesgo de caer. Pero era posible cuidarte, salvarte. He rezado por eso, porque hasta mis oraciones son respondidas a veces. -suspiró y agachó la cabeza. Pensé que se veía muy humilde así. Humilde: HUndes tu MIrada en baLDE, quizá.- En cuanto a Lorca... él hubiera debido ser capaz, debería haber bastado. Se le puede confiar la vida; le confié la tuya. Me equivoqué. No creas que le culpo -aclaró, como si yo pudiera pensar que ese fuera el caso- La culpa es mía. Subestimé la urgencia de protegerte. Él es un Alter, también, con habilidades semejantes a las tuyas. Si hubiera tenido más tiempo contigo, habrías estado a salvo. O si yo me hubiera quedado a tu lado. Tenia compromisos y demás basura estúpida y dejé que se cruzaran en medio. Me merezco tu odio. Y tú mi arrepentimiento.
Haré lo que esté en mi mano por ayudarte, Djinn. Sigo atado por muchas obligaciones, y no cumplirlas... equivale a desatar guerras, guerras invisibles y sangrientas, letales pero ocurridas entre bambalinas de la ciudad, tras el escenario de las vidas normales.

Me sentí despreciada y tuve que hacer un esfuerzo consciente por combatir esa idea. Aquí estaba él, confesando, haciéndose vulnerable, abierto a que yo le insultara o lo que fuera. Y diciendo que había muchas vidas, muchas personas, o lo que fuéramos los Alter y los demás de Otrositio o como fuera, que dependían de él. Lo comprendí entonces como lo comprendo ahora. Pero una parte de mí se dolía de no poder ser más... especial. No para todos. Para él. Y como si hubiera leído mi mente, añadió:

- Quisiera ser capaz de hacerlo y decirte que destruiré el mundo por protegerte. Pero entonces, no tendría un mundo al que devolverte si logramos que todo esto termine. No te mentiré. Deseo que confíes en mí.

Qué remedio me quedaba. No sólo deseaba intensamente tener a alguien en quien confiar. Sino que él me reconocía. Y me pregunté por qué: no era por nada que yo hubiera hecho. Quizá, de alguna manera, era sólo por ser yo. Tuve ganas de sonreirle, pero no me atreví, no supe por qué. Me tapé la boca bebiendo de la taza, que descubrí vacía.

-  Ahora tú también eres Alter; has despertado al Djinn ofrendándole una vida. O quizás una primera vida de muchas. Como tuviste la primera elección, volverás a tenerla. Pagar el Precio y recibir el Poder. Esa es la esencia de Otromundo. Y con todo lo que comporta, también la tuya de aquí en adelante.

Siguió un largo silencio. La cabeza me daba vueltas. En medio del silencio, nos llegaba el ronquido suave de Lorca desde el recibidor, como un ronroneo de tigre. Intentaba no distraerme pensando en eso, pero mi mente quería escapar de todo esto. Quería volver a correr con todas mis fuerzas y no pensar. Quería golpear algo, fuera mi colchón, el Skull gigante o a Aly. Quería, sobre todo, no haberle roto el cuello a aquel desgraciado.

Tenía en el estómago ese peso ácido de lo inevitable, lo irreparable de haber hecho algo malo, haber roto algo que no podía arreglar. Una vida. Una muerte.

Y vagando en busca de algo en lo que centrarme, mis pensamientos lo hallaron en las palabras de Alyosha.

- Quieto ahí un momento. ¿Elección? ¿Qué clase de elección tuve? Me estaban atacando, agarrando, me iban a... -me miró a los ojos y creí que iba a decir algo, pero no me interrumpió. En cambio, yo sí lo hice. Intenté tragar saliva y seguir hablando a la vez; una idea estúpida. Serían sólo unos segundos, pero creí que no pararía de toser nunca, y Aly esperó sin una sonrisa ni media. Al final dije:- Hice lo único que pude. No habían alternativas.

- Más que muchos -repuso después de pensar unos momentos- Pudiste defenderte en vez de atacar. O pudiste romperle los brazos. Podrías haber puesto la otra mejilla. Pudiste ser valiente en vez de asustarte, Djinn. -me indigné tanto... le pegué una bofetada. Tan fuerte como pude. Y tembló entero; por un momento creí que se caería. Se sostuvo contra la pared. Su mejilla enrojeció como el fuego. Sus ojos eran tristes como siempre. No, decepcionados. Esperaba más de mí. Y ahora lo diría, seguro.


Me abrazó. Fuerte. Era cálido y olía bien. Olía a incienso y a desodorante fresco y si la compasión tuviera olor, decidí que sería ese. Me resistí como medio segundo entero, y luego agarré a él, a la espalda de su camisa. Cuando apoyó la barbilla sobre mi cabeza me sentí muy pequeña. No sé cuando empecé a llorar pero fue liberador. No hice ruido, eso no, porque una cosa era ser débil y otra anunciarlo para que cualquiera se enterara. Pero lloré mucho y mucho rato y él no me dejó ir, con su mejilla roja, con todo el derecho a enfadarse conmigo. Pero decidiendo no hacerlo. Fue el mejor sermón que podía echarme, dejarme soltar todo lo que se me había acumulado en el pecho y vaciarme sobre el suyo.

- ¿Tú... me quieres? -me escuché preguntarle. No recordaba haber hecho nunca esa pregunta antes. Eso se nota, si te quieren o no. Pero con Aly no tenía modo de saberlo. Me estaba cuidando pero tenía en cuenta muchas más cosas. Quería ayudarme pero me decía que era responsabilidad mía haber matado a aquel desgraciado. Se ofrecía a enseñarme pero me volvía loca. Y me estaba abrazando y quería machacarle o que no me soltara más, una de dos. O las dos. Yo que sé.

Me acariciaba el pelo en vez de responder. Me dolía la barriga, como si el té me hubiera sentado mal o algo. El silencio se convirtió en ese zumbido extraño que oyes cuando no puedes oir nada más y de pronto puedes escuchar ese ruido, como si un reloj oyera sus propios engranajes. Sólo se oía su respiración y su corazón. El mío ni siquiera se atrevía a acelerarse por miedo a ser decepcionado.

- Claro que sí -dijo al fin.

Contuve la respiración.

- Cuando supe que tenías el Djinn empecé a informarme sobre ti. Y normalmente no hubiera atendido algo así en persona, ¿sabes? Pero lo hice. Eché un vistazo a los informes. Unos pocos ojos selectos ya te espiaban... Eliminé a la mayoría y dejé sólo a uno lo bastante dócil e inofensivo. -temblé un momento preguntándome qué implicaba ese "eliminé", exactamente. Preferí no pensar en los detalles- Y me gustó lo que vi. Tu coraje, tus principios, tu negativa a desesperarte. Me pregunté muchas veces cuanto podría conocer de eso si nos encontráramos en persona. Te quiero, Gina. Tanto como se puede querer en realidad a alguien con quien he compartido unas pocas horas, que es muy poco comparado con lo que te mereces. El tiempo de mirar de lejos como un acosador no cuenta.

Y tampoco me habían dado nunca una respuesta así. No me entusiasmaba que una panda de voyeurs hubiera estado mirando por mis ventanas o siguiéndome en la calle. Me sentía avergonzada y muy molesta. Pero debajo de todo eso, la sinceridad de Alyosha era lo más importante para mí. Me sentí capaz de confiar en él, como me había descubierto confiando en Lorca. Estaban de mi lado. Y ahora mismo lo que más necesitaba era tener apoyo, aliados, amigos.

Arielle. Isabel. ¿Habían sabido algo de esto? La idea me quemó la mente como un relámpago: fugaz, intensa, dolorosa. ¿Qué quería decir lo que habían hablado con Lorca? ¿Eran de fiar? ¿Eran también parte de Otromundo? Decidí averiguarlo en cuanto fuera de día.

Y tan pronto lo pensé, la luz del amanecer brilló y me cegó a través de los ventanales del ático, como si los amplios vidrios lo multiplicaran y me privaran de toda protección. Me protegí los ojos y me los limpié de lágrimas. Miré a Aly, que me devolvió la mirada con ojos igualmente húmedos. No me lo esperaba y de pronto ese momento se volvió mucho, mucho más compartido.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Djinn Despierta (13): Aceptación

El aire se volvía espeso y denso en mis pulmones, más difícil de inspirar y espirar. No sé cuanto me hizo correr Lorca. Y no podía concentrarme en cuanto corría porque me estaba volviendo loca cómo corría. Mis zancadas eran rápidas, muy rápidas. Siempre he sido ágil, pero nunca había podido correr tanto. Mi pie se clavaba en el suelo. Primero el talón, luego la planta comprimía mi fuerza, y cuando la apoyaba en la punta una explosión de fuerza me empujaba adelante, a por el próximo paso. No sabía cómo, y en medio del caos de esta noche correr así era una fuente de placer, de alegría exultante. Algo en lo que ahogarme para no pensar.

Lorca mantenía mi paso, inclinado adelante, las rodillas casi pegadas al pecho; era como ver a alguien saltar una y otra vez, más que correr. Si has visto a un gamo moverse, entenderás a qué me refiero; eran brincos cíclicos. Cuando yo corría, al pisar me frenaba un momento y luego aceleraba de nuevo, pero él sólo parecía añadir velocidad. Así se había movido para salvarme antes. Intenté imitarle y logré una o dos zancadas espectaculares antes de perder el equilibrio y caer adelante.

Él ya estaba allí, su mano ya tomaba la mía, y el tirón me incorporó antes de que me fuera de boca contra el suelo como un crío aprendiendo a caminar. No se detuvo, y yo dejé para otro momento aprender su truco. De momento le seguí.

Me condujo a través de calles y callejones que ni yo conocía. No dejó que le pararan semáforos, vallas metálicas, contenedores de basura ni sentido común. Cuando empezó a lloviznar, no se paró. Yo quería detenerme y disfrutar del momento de alivio, de frescor; quería que la lluvia me limpiara a mí y la noche entera, mi sudor de la carrera y la sangre de mis manos y la irrealidad de todo lo que había ocurrido. Quería aprovechar las gotas de agua para llorar sin que se notara hasta que me quedara la cara limpia de churretes y polvo y de que casi me forzaran -esto era lo que más estaba tardando en entender que había ocurrido, un horror envuelto en otros para tratar de fingir que no existía y meterse debajo de mi piel-, pero no había discusión. Lorca no iba a detenerse y yo no me atrevía a pedírselo. Quizá él supiera mejor que yo que detenerme no me ayudaría, sino todo lo contrario.

Creí que se detenía finalmente para tomar el aliento como yo llevaba largos minutos deseando hacer. Pero simplemente habíamos llegado a nuestro destino. De un bolsillo interior hizo aparecer una llave y el alto portón de vidrio y metal se abrió para nosotros. El bloque de pisos era gris y sobrio por fuera, pero el recibidor se iluminó con un tono ámbar y rojizo de muchas maderas bajo la luz. Un refugio sorprendente para Lorca, pero sus recursos iban una y otra vez más allá de lo que yo preveía. Se movía con más cuidado ahora, respirando profunda, cuidadosamente. Estaba agotado. Tal vez herido.



Bien, era mi turno de cuidarle ahora. Me acerqué y pasé su brazo sobre mis hombros para darle apoyo; lo permitió dócilmente, y su sonrisa de gratitud no la olvidaré fácilmente.

- Gracias por pensar en mí.

- Calla, idiota. Siempre pienso en los demás -mentí. Cuidaba de mí misma. Apañaba lo que necesitaba mi padre. Pero hacerlo porque quería, igual que quería ver a Arielle y a Ester y que me contaran de todo y que me quisieran, que me quisieran como habían hecho siempre sin descubrir nunca que yo había matado a alguien... vale, no sólo pensaba en ellas, pero... lo que quiero decir es que ser así era raro en mí. Era ser, ¿cómo se dice? Empieza por em. Empática, eso. No se me daba bien ser simpática ni empática. Antipática, sí, hasta cuando no quería. Pero por Lorca me preocupaba. Se había ganado importarme.

Aunque la forma en que se apoyaba en mí empezaba a parecerme demasiado. Me empujaba hacia el costado. Era muy fuerte; no hacía presión contra mí, pero tocarle, que me tocara, me decía todo sobre su fuerza, contenida, aguardando su momento, y hasta entonces relajada. Estaba sobre mí y era muy, muy cálida. Por suerte no tenía buen ángulo para darse cuenta de cómo se me habían subido los colores. Tener esta cercanía con un chico, tener ninguna cercanía en absoluto, simplemente no era algo que me pasara a mí. Le miré de reojo. Los ojos entrecerrados me hicieron temer que hubiera perdido la conciencia, pero su respiración era demasiado controlada para eso. Entramos al ascensor y se separó de mí para apoyarse en el espejo que llenaba la pared interior.

Casi sentí frío cuando su calor se apartó de mi piel. Me hizo sentir ligeramente indefensa; extraña sensación para alguien que había estado peleando junto a él codo con codo. "Quizá no sea indefensión, sino confianza, y hace tanto que no la tengo que me cuesta distinguirlas", pensé. Él alargó un brazo a tientas y pulsó el botón del ático.

- No te preocupes... me apago para curarme bien. Mi cuerpo hace eso por instinto -me confió. Eran las primeras palabras que me dirigía desde que me había dado las gracias. Parecía tan agotado...

Las puertas metálicas se plegaron y volví a ser su muleta para salir. El ático tenía una única puerta; un sólo piso abarcaba toda la planta. ¿Lorca vivía aquí? Una segunda llave nos dio entrada y  pasamos a un amplio recibidor de paredes anaranjadas y muebles modernos. Creí que habíamos entrado a las páginas centrales de una revista de decoración de interiores. Para cuando me di cuenta, Lorca se había hundido en el blando sofá de piel negro y granate a mi izquierda.

- Entra -murmuró, mirándome con un sólo ojo abierto- Aquí estarás a salvo... aquí... -y se durmió sin más. Me enfadé un momento y luego sonreí, echándole el pelo a un lado. Él sonrió también en sueños, al sentirlo. Me sentí rara. No lo hubiera llamado mariposas en el estómago, porque yo no tengo esa clase de tonterías. Si no fuera por eso, tal vez las hubiera considerado así.


Había luz al fondo del pasillo. Y algo agitándose. Sombras. Sombras convulsas, fantasmagóricas. Apreté los puños, mi ceño se frunció por sí sólo. Las paredes naranjas brillaban y parpadeaban bajo la luz inconstante. Había algo allí...

Caminé muy despacio. Lorca era mi responsabilidad ahora. Se había dejado la piel por protegerme. Fuera lo que fuera o quien fuera que estuviera esperando ahora aquí, me ocuparía de ello. Según me acercaba, un olor picante de incienso llenó el ambiente. Me preparé para cualquier cosa.

Cualquier cosa menos el cuerpo semidesnudo, sudoroso, brillante, de Alyosha.

Una ata vela se alzaba en el centro de la habitación, sobre un pie de hierro forjado alto como un hombre, y él se movía en torno a su fuego, la única luz de la habitación. Hubiera parecido una danza si no fuera porque sus manos y pies golpeaban, rodeaban la llama, la atravesaban: rápido como un... un latigazo, sí, a eso me recordaban sus movimientos. Iba descalzo, saltaba, una pierna y luego otra sobre la llama, ocultándola de mi vista, estampando la sala de sombras chinescas. Los hombros, los codos, las rodillas, la postura de los dedos, cómo apoyaba los pies, todo fluía, se contraía y desplegaba como el velamen de un barco, los largos cabellos negros, humedecidos, flotando en el movimiento sin llegar a caer. Era majestuoso, era... ballet y fuerza y peligro y control.

Y sólo vestía un pantalón de lino egipcio, blanco hueso. Nada más.

He visto a hombres exhibirse. Cuerpos de gimnasio. Sé cómo es un hombre sin ropa, en términos generales. De modo que obviamente no me hipnotizó su destreza y no admiré su piel brillando y no, quiero hacer énfasis en esto, no tuve mariposas en el estómago como para que me levantaran del suelo.


Al cabo, tomó la llama en las manos. No bromeo: dio un golpe de canto y se llevó la llama con él, la mecha negra quedó atrás y el fuego estaba sobre su palma antes de que cerrara el puño y se esfumara. En la semioscuridad, cogió una toalla blanca y se la echó sobre los hombros, y entonces reparó en mí.

- ¿Djinn? -se apresuró a llegar a mi lado. Yo sólo podía mantener la cabeza gacha, sorprendida por su proximidad y, por otra parte, qué abdominales...- Cómo me alegro de verte. ¿Lorca ha tenido que traerte? ¿Te encuentras bien? ¿Qué te ha pasado exactamente? -y luego, mientras tomaba mis manos y mis brazos y me palpaba suavemente para ver donde pudiera haberme hecho daño y el mundo se cubría de una neblina rosada, añadió como un pensamiento de última hora- ¿Y él?


Después de todo lo ocurrido, no me apetecía nada dejar de ser mimada, por una vez que me pasaba. Pero Lorca era la prioridad ahora. Le tomé de la mano -no quería dejarle ir del todo, por razones que no era capaz de poner en palabras- y le llevé a la entrada, donde mi amigo seguía roncando como un enorme gato rubio. Al llegar delante suyo solté la mano de Aly. No me sentía cómoda con la posibilidad de que Lorca viera eso, por algún motivo. Pero él volvió a tomarla y, de hecho, entrelazó sus dedos con los míos. Mi corazón se saltó un latido. Me hizo girar hacia él como si me llevara en un baile y levantó mi mano hasta sus labios.

- No tengas miedo -me dijo con esa ternura suya, esa comprensión, ese qué sé yo que no era capaz de entender- No las soltaré. Eso no va a cambiar aunque se hayan manchado de sangre.



Lo sabía. Alyosha sabía lo que había ocurrido. Sabía que había quitado una vida. Y aun así, aun así, yo le seguía importando. Me invadió un terrible, doloroso alivio, alivio por algo que no sabía que temía, y me hundí llorando en su pecho como no lo hacía con nadie desde los tres años.


Sollocé durante una eternidad. Cuando por fin me separé de su torso, aun brillante, aun desnudo, me avergoncé y desvié la mirada.

Lorca, despierto, me miraba con una sonrisa compungida.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Djinn Despierta (11): Goliat

El cadáver me miraba con ojos entre furiosos e incrédulos, sin comprender que le había matado. Yo hice lo mismo y por la misma razón. Sólo cuando me di cuenta de que ya no jadeaba forcejeando conmigo me fijé en su cabeza retorcida.

Algo duro sobresalía de un costado del cuello. Luego supuse que era una vértebra, pero a mis ojos parecía un tumor, algo enfermizo que lo había matado desde dentro. Eso, no yo. Yo no.

Pataleé para quitarme el peso muerto -hasta a mí me pareció un pensamiento de mal gusto- de las piernas, y creí que se levantaba de un salto. Se levantó casi un palmo en el aire y cayó de nuevo sobre mí, más a mí derecha. Siguió inmóvil; yo recuperé el aliento que se me había escapado y lo aparté de un empujón. Rodó una vez y media.

Me hubiera quedado allí con él, tragando la realidad de lo que acababa de pasar, mirando las apagadas estrellas de la ciudad a su lado, yo con ojos cansados y él con los suyos...

Muertos.

Muertos.

Muertosmuertosmuertosmuertos... Hacia eco dentro de mí. La vibraciones de este eco golpearon mis entrañas. Hacía un rato, me había tocado ser feliz y estaba agradecida. Ahora le había roto el cuello a una persona y que fuera un violador no cambiaría que lo había matado y saber eso era una amargura tan grande que me llenaba. La pizza feliz no podía existir a la vez que la amargura, así se abrió paso hacia fuera.

Y le llevó una eternidad salir.


Más allá escuché los últimos ruidos de la pelea, si se la podía llamar así. Cuando me giré, Lorca estaba casi a mi lado. Retrocedí, tropecé y me incorporé. Me puse en guardia; me forcé a dejar de temblar clavándome los dientes en el labio inferior. Cuando lo vio se detuvo y me miró; no podía ver sus ojos en la oscuridad, pero prácticamente podía sentirlos.


-Te he fallado. -Eso fue lo primero que me dijo. Ese era Lorca, sin duda. El Lorca que había conocido esa tarde, el que se había preocupado por mí sólo porque se lo habían pedido. El que me había salvado después de que le abrieran la cabeza.

Oh, no, me había olvidado por completo. Todas las precauciones desaparecieron al recordar eso; me acerqué corriendo a él.

- No sé de qué hablas... ¿Cómo estás? Te hicieron una herida muy fea... -negó con la cabeza por instinto y le temblaron las pupilas. Pero no su cuerpo. Estaba rígido y eso le delataba, pero no dejó que se viera que estaba mareado. Y manchado de sangre, mayormente ajena.

- No, de veras, he estado mejor pero estoy bien.

- Sí, seguro. -le di un pequeño empujón y casi pierde el equilibrio por completo; le sostuve por las solapas de la larga cazadora de piel- No necesitas hacerte más el héroe. Estoy convenientemente impresionada -le regalé una pequeña sonrisa con esa confesión.

- Yo no -respondió una voz diferente. Nos giramos para ver a otro Skull. Lo seguimos mirando mientras se acercaba, había mucho por mirar. Dos metros largos de Skull, y si no fuera porque los seres humanos no miden tres metros hubiera creído que así era. Se acercó a zancadas amplias y lentas; los brazos no se balanceaban a los lados, eran tan largos que, al avanzar encorvado, se inclinaban hacia delante y casi creí que apoyaría los nudillos en el suelo como un gorila de montaña. Lo achaqué a las sombras, al miedo, a la calavera sonriente que tenía dientes dentro de los dientes y colmillos dentro de los colmillos. El tatuaje tenía colmillos. Su boca real también, prominentes y sobresalientes y dándole aun más aspecto de simio brutal.

- ¿Puedes correr? -susurré. No había motivo para pelear de nuevo, y se me encogía el estómago de pensar en hacerlo de nuevo. Y más contra esa... cosa. Cuanto más lo miraba, menos parecía una persona.- Ve hacia la derecha y yo... -me interrumpió el profundo jadeo de Lorca.

Cuando lo hizo antes, yo había estado lejos. Ahora el vapor de su aliento brotó a mi lado y su calor corporal me envolvió. Entre dos profundas exhalaciones, me apartó a un lado con una delicadeza incongruente con la tensión de sus músculos. Su cara era tan... serena. Tenía la boca entreabierta y las pupilas dilatadas hasta ser todo lo que podía ver en sus ojos. No me veían. Estaban desenfocados, o quizá veían todo a su alrededor. Se agachó, el tronco casi paralelo al suelo, una rodilla levantándose casi en un salto, y se precipitó hacia delante. El Skull levantó los brazos como Mike Tyson, doblados protegiendo su cuerpo y su cara. Su puñetazo, inmenso y largo como un tronco de árbol, cortó el aire. Lorca se echó a un costado sin dejar de avanzar, pero el segundo puño lo detuvo.

Fue demasiado veloz. Era tan absurdo y fuera de lugar como todo lo demás en aquel momento. Un puñetazo compacto y eficaz, rápido como una pesadilla. Los huesos de Lorca crujieron, juro que los oí crujir. Corrí hacia él, hacia ambos, insegura de qué podía hacer pero decidida a luchar junto a Lorca. Él se mantuvo en pie; había bloqueado el puño con ambos brazos. El Skull rió viéndonos de pie frente a él. Parecíamos niños frente a un adulto. Su risa buscaba mi mente, mi terror, mi inferioridad; se clavaba en ellos y giraba el filo para ensancharlos. Pero yo estaba al límite. Simplemente no podía temer más y me prohibía venirme abajo.

Por mí lo hubiera hecho, la verdad. No lo hice por Lorca. No iba a dejarle tirado, porque yo no hago esas cosas. Nunca.

Yo no soy como mi padre.

Otro puño, otro cañonazo, se dirigió esta vez a mí. Lorca intentó apartarme de un empujón con su hombro para bloquearlo. No lo consiguió, le vi venir; aguanté a su lado y juntos detuvimos el impacto embistiendo contra él a la vez. Era el movimiento que él me había enseñado: interrumpir el impulso antes de que pudiera desplegar el brazo le robaba su fuerza. Aun así, hubo un chasquido de algo que se rompía.

Abrí mucho los ojos al ver que mi golpe le había partido el meñique, que ahora colgaba inútil del resto del puño. ¿Le había dado justo en la articulación? No se había sentido así, pero estaba claro que, de algún modo, había funcionado.

O al menos eso pensé hasta que el Skull agarró el dedo roto y, sin un quejido ni un gesto, lo encajó de nuevo para cerrar su inmenso puño y descargarlo sobre nosotros. Esta vez había más peso, mucho más. Sólo nos había estado probando. Sentí el impacto a través del cuerpo de Lorca.



Que se cruzó frente a él y delante de mí.

Para protegerme.

Su espalda chocó contra mí y apenas pude frenarle; sus botas dejaron un surco en la tierra seca y dura, arrastrado por el impacto, negándose a caer.

- No necesito esto -bramó el Skull; no como un grito, era la voz de su envergadura, descomunal como él. Repitió el golpe como un profesional, un segundo golpe compacto. Vi la cazadora de Lorca ascender frente a mí, un salto que cayó sobre el puño y lo desvió hacia abajo, clavándolo en el suelo a mis pies. En ese momento logré reaccionar; mientras Lorca machacaba su mandíbula con un golpe de palma -un tsuppari, me dijo más tarde; no me importa cómo se pronuncie mientras funcione. Esta vez no lo hizo-, yo me lancé adelante y le dí con todas mis fuerzas en el estómago descubierto.

Esperaba dejarle sin respiración, no levantarlo del suelo. Apenas. Quizá sus talones se despegaron un par de centímetros, pero lo sentí, y él también. Me miró fijamente, inexpresivo. Creí, estúpidamente optimista, que tal vez se desplomara. Lorca le pateó en el cuello y él lo arrojó a un lado; lo tomó de la pierna y lo tiró. Lo ignoraba, toda su atención puesta en mí. Toda la mía estaba en la sensación de mi puño, demasiado conocida. Era el tacto de la pared detrás de los colchones en mi cuarto, era una dureza lisa, inorgánica, inconfundible.

Era metal. Dentro de su vientre, dentro de su cuerpo, había metal. ¿Qué era este tipo?

- Con eso no hay duda -me dijo-. Bienvenida a Otromundo.



Tuve un segundo para intentar entender de qué me hablaba antes de que se hundiera sobre una rodilla. Lorca le sacó de detrás de la articulación de la pierna un cuchillo de caza cubierto de un icor negro que, comprendí, era lo que el Skull tenía por sangre. Dió un brinco sobre su espalda y se le sentó sobre el cuello, como un niño a caballito. Un niño que apuñaló la garganta que envolvía con las piernas hasta tocar hueso y que luego lanzó todo el peso de su cuerpo hacia atrás, haciendo palanca sobre el cuchillo, las manos hincadas en ojos y nariz del monstruo -ya sólo podía verlo como tal- hasta que sonó un crujido que yo ahora ya conocía. Lo había olvidado, estaba en un reservado de mi mente donde esperaba poder tratar con ello más tarde. Pero ver a Lorca desnucar al Skull lo sacó de nuevo.


Le miré entre lágrimas; me había puesto a llorar sin poder controlarlo. Cuando Lorca se me acercó, el cuerpo relajado después de la tensión de su pelea, nuestra pelea, pareció más pequeño. Me cogió la mano, creí que iba a consolarme... y con voz suave, me dijo:

- Vámonos de aquí. No tardará mucho en levantarse.

domingo, 15 de junio de 2014

Djinn Despierta (9): Violencia

- Hay mucho más en ti de lo que creía posible.

Lorca tal vez tardó en darse cuenta. Pero soy una chica impresionante, y ya era hora de que empezara a quedar impresionado.

- En serio, estas pizzas miden medio metro de diámetro y te la has comido casi toda. ¿Cómo te puede caber tanto dentro?

Eh, por algo se empieza. Y además, en este punto toda yo era sólo un estómago feliz, un estado que añoraba mucho y en el que muy poco puede afectarte. Apenas era consciente de los intentos esporádicos de Ester de pararse en nuestra mesa más de veinte segundos, pero los agradecía mucho. Arielle se ocupaba de la caja sobre todo, pero cada vez que miré hacia ella me dirigió una sonrisa.

Así soñaba yo que eran las familias cuando era pequeña.

Al final Arielle se acercó con la cuenta. No, de hecho se acercó con un papel con el teléfono de las dos, nada más.

- Chicas, soy yo quien paga, no ella. -dijo Lorca

- Nos da igual. No queremos nada tuyo, rubito -respondió Ester, arrancándome una risa. Ya iba siendo hora de que le pusieran un poco en su sitio. O lo sería, si él no se hubiera encogido de hombros y añadido:

- Vuestras pizzas son una pasada. Muchas gracias.

- La pizza es lo contrario de los cereales... -murmuré.

- Oh-oh -dijo Ester.

- ¿Oh-oh qué?

- Verás -intervino Arielle-, cuando Gina se llena así le pasa esto. Se queda como en las nubes y habla con...

- ... la sabiduría de la pizza -concluyeron las dos al unísono. Como si no hiciera años que no me decían tal cosa. Pero ahí estaba, en perfecta armonía.

- La pizza es salada. Los cereales dulces.

- Como sabiduría no es nada del...

- Ssst -le hicieron callar las dos.

- La pizza lleva harina que se amasa y se hornea para comerlo caliente -proseguí, perdida en mi estado de empacho mental- El cereal se hornea y se sirve frío. La masa es blanda y se pone crujiente. El cereal es crujiente y se pone blando. La pizza tiene queso, pegajoso y sabroso y lleno de aroma. Los cereales tienen leche, líquida y pasteurizada y sin gusto. A la pizza le pones tomate, olivas y carne. A los cereales le pones frutas del bosque, trocitos de manzana y pasas, o eso dice la caja, porque en realidad no lo hace nadie...

- Guau -respondió Lorca, sin más que decir por una vez.

- Se puede pasar un buen rato así -asintió Ester- No sabemos por qué, pero si le ofreces Sprite vuelve a la normalidad.

- ¿Ha dicho alguien Sprite? -abrí los ojos semicerrados y miré alrededor; Ester, previsoramente, tenía un botellín y un vaso con hielo. Y menos mal, me moría de sed...

Lorca se echó a reir. Y esta vez me permití hacer lo mismo. Hasta las chicas se unieron. Era una risa llena de vida, la suya. Daban ganas de oirla más, y supongo que por eso te reías con ella, para que creciera.

- Chicas, ha sido un placer -se despidió- Voy a escoltar a esta chica a casa antes de que la sabiduría de la pizza regrese.

- La mejor tortuga ninja fue siempre Leonardo... -entoné.

- Oh, cielos. Nos vemos, Arielle, Ester -lo último que me esperaba era que se agachara, me agarrara por los tobillos y se incorporara. Me echó sobre un hombro como a un saquito de piernas largas y salió corriendo conmigo a cuestas entre las protestas de las tres.

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- ¿Piensas bajarme pronto o qué?

- ¿Tienes queja del transporte?

- Bueno, la amortiguación está bien, pero la carrocería deja que desear -mentí-, y la tapicería... ¿en serio, cuantos años tiene esta chaqueta?

- Vale, ese es un tema que no vamos a tocar -se había parado en un parque a pocas manzanas de mi casa. O lo que para el ayuntamiento pasaba por parque. Era un pegote; un parche de oxígeno en vez de uno de nicotina para que la adicción al aire limpoio nos fuera más llevadera mientras nos acostumbrábamos a la polución que nos tocaba tragar por vivir al lado de un polígono industrial. La hierba bordeaba el amarillo, y el único juguete para niños era un gran cajón de arena. Aunque tendían a sacarletodo el provecho posible a los aparatos de gimnasia para los mayores, convirtiéndolos en columpios, ruletas y tirolinas.

- Aun quería tener algo más de tiempo para hablar con ellas. -esperaba tener ocasión de preguntarles sobre el "incidente" en el almacén, para ser exactos

- Ahora tienes sus teléfonos, ¿no?

-Sí, pero... yo no tengo. Ni móvil, ni en casa. Pero bueno, siempre podré rascar unas monedas para ir al locutorio, o darme un paseo a verlas. No me esperaba que me recibieran tan bien...

- Tal vez tiendas a ser demasiado negativa -repuso, otra vez con su tono de "yo sé más que tú", tan profesoril. Pero no podía discutírselo.

- Tal vez. Pero ahora no, acabo de comer demasiado bien...

- ¿Panza llena, poca rabia, eh? -soltó una carcajada y reí también.

- Eso parece. Y no estoy acostumbrada a tener poca rabia. Siempre he creído que la rabia me da fuerza -Lorca balanceó su mano en el clásico gesto de "más o menos".

- No te discuto que la rabia te haga más fuerte brevemente. Pero la calma tiene el poder de robarle su fuerza al contrincante. -ahora fui yo la que inclinó la cabeza a un lado, sin comprender. Me tomó de los antebrazos con cuidado, pero con energía, y me puso en pie- Vamos a ayudarte a bajar la comida, ¿de acuerdo? Pégame como prefieras.

A estas alturas ya sabía que si me pedía esto, más valía no discutir. Tampoco es que le fuera a hacer daño. Pero si empezaba a acostumbrarme a cómo se movía, tal vez un día de estos pudiera darle una sorpresa si se me ponía chulo. Así que me puse en guardia y le lancé un directo de izquierda.

Para mi sorpresa no esquivó ni retrocedió. Tomó la ofensiva. No es que me pegara ni nada; se adelantó hacia mi golpe en vez de echarse atrás y empujó mi antebrazo a un lado, sin apenas usar fuerza. Mi impulso lo hizo todo; fallé completamente el golpe. Probé a alcanzarle con un gancho de derecha esta vez, pero no pude tomar ningún impulso con mi brazo: al inicio de mi movimiento, él ya estaba empujando mi puño hacia abajo, impidiéndome moverlo.

- Yo estoy tranquilo. No eres débil y podrías hacerme daño si me alcanzaras. Pero tengo la tranquilidad de saber que puedo robarte tu fuerza. -Se sentó en el banco donde yo había estado y le imité- Cuando nos atacan, o nos asustamos y huimos, o nos ponemos furiosos. Esos son los dos instintos naturales. Pero somos más que máquinas de respuestas instintivas... podemos tener calma.

- Yo lo flipo. ¿De donde has salido tú, de un monasterio shaolin o algo así? ¿Esto que me enseñas es kung fu? -sacudió la cabeza, riendo.

- Nooo... un poco más japonés que eso. Hay muchas formas de pelea en el mundo, y unas son más convenientes que otras para tu carácter y tu cuerpo. Otras pueden adaptarse al usuario. Yo hago sumo. -le miré pensando que volvía a tomarme el pelo.

- Una cosa es que no haya terminado el instituto y otra que no sepa lo que es el sumo -bufé- Tú no pareces un tiparraco gordísimo de 200 kilos, precisamente.

- Da igual. El sumo tiene dos principios esenciales. Uno es el compromiso con tu propio cuerpo: convertirte en un tanque viviente. El cuerpo de un rikishi -arrugué el entrecejo un momento y añadió-, un practicante de sumo, utiliza su grasa como una armadura, y su peso como una forma de ganar potencia. Y son muy, muy fuertes de por sí. Son guerreros sagrados, ¿sabes? Viven separados de la sociedad, su peinado tradicional es obligatorio para que todos sepan que son rikishi, realizan rituales de purificación de su dohyo de lucha... Originalmente, el sumo viene del shintoísmo, la religión local. Un sacerdote se batía en duelo con un kami, un espíritu divino, antes de los rituales mayores.

- ¿... luchaba con un espíritu? O sea, ¿en serio? Imagino que sólo bailaba él sólo y fingía, ¿no? -pregunté escéptica, sonriendo de medio lado.

- Quien sabe. Como decía aquel, "hay más cosas en el cielo y la tierra que en tu filosofía".

- Empezaba a tomarte en serio -me burlé- Pero desde luego sabes pelear. ¿En serio vas a enseñarme? -asintió.

- Espero que puedas aprender a luchar usando tu calma como un escudo, en vez de tu rabia como un hacha.

- Preferiría una espada -sonreí, y me devolvió la sonrisa.

- Una espada sería precisión y disciplina. Tu estilo es más brutal que eso, no te ofendas -no lo hice, pero me crucé de brazos y miré a un costado, escondiendo mi media sonrisa. Él rió de nuevo- Con el tiempo te enseñaré a usarlo también. La fuerza cruda tiene su función en nuestras vidas, pero usarla tiende a implicar sacrificios... ¡NGH! -me giré a mirarle a tiempo de verle desplomarse adelante. Recuerdo ver el momento en cámara lenta: un hilo de sangre se despegaba a medida que él caía, caía, apenas interrumpiendo su caída con las manos, cayendo sobre ellas, rodando al suelo... Miré tras él y vi el cráneo blanco. Abrió los dientes y enseñó otros dientes dentro, más amarillos. Un salpicón de sangre manchaba la barra de hierro de construcción, pintada de negro con hollín, y manchada de rojo...

Vestía una jumper negra y una camiseta con una esvástica. Otros como él nos rodearon. SkullHeads... habían aparecido en los últimos meses. De influencia neonazi, pero se decía que influenciados sobre todo por las ideas más místicas de Hitler. Se rapaban la cabeza, sí, pero además se pintaban la cara de negro y un cráneo blanco sobre ella; algunos sólo medio cráneo, o dos esquinas de la cara. Se reunían en pequeños grupos, atacaban sin un patrón aparente, herían o, se decía, incluso mataban, y desaparecían otra vez. Barrios enteros estaban viviendo con el miedo de protagonizar el ataque del mes. La policía no solía tener efectivos para defender zonas pobres como las nuestras, y respondieron a la situación viniendo todavía menos, porque a nadie le apetece ser el héroe que va sólo sin poder pedir refuerzos a que un maníaco te estrangule con una cadena de acero.

Me levanté de un salto y escudriñé la oscuridad a mi alrededor. Eran seis. El primero se había acercado en silencio. El resto, una vez eliminado Lorca, nos rodeaban trazando un círculo del que nosotros éramos el centro, avanzando hacia el banco sin prisas. Esperaba amenazas, pero sólo reían, una risa baja y grave. Preguntarme qué se propondrían me llenó las entrañas de un peso ácido. De pronto tenía frío, mucho frío, que venía más de dentro de mí que de fuera. Uno de los Skulls hacía girar una cadena que llevaba una bola de cemento, erizada de clavos hacia fuera, en el extremo. Otro cargaba al hombro una barra gruesa metálica; había sumergido la punta en un cubo de cemento y ahora la llevaba como una maza enorme. Los otros cuatro llevaban barras, una cada uno; no, uno de ellos llevaba dos, me di cuenta cuando las hizo entrechocar, marcando un ritmo como un tambor tribal.

No podía huir y dejar a Lorca atrás. No podía irme tampoco. Sólo me iba girando, en una y otra dirección, tratando de saber donde estaba cada uno, de buscar un hueco, una oportunidad de que saliéramos de esta. Lorca probablemente necesitara un hospital. Tal vez si hubiera tenido un móvil hubiera tenido más opciones. Si mi padre... traté de no dejar que esos pensamientos me distrajeran. No ahora, no aquí. 

El primero en llegar hasta mí lo hizo estando yo de espaldas. Quiso agarrarme el hombro, creyendo que yo no sabía que ya le tenía tan cerca. Estaba esperándolo. En el mismo momento en que me tocó, me giré y le lancé un puñetazo a la cara. Fue muy satisfactorio ver su cara estúpida de sorpresa y dolor, que me dio ocasión de patearle la cabeza y derribarlo con la sien abierta por los hierros de mi bota.

El de la cadena se acercaba corriendo; corrí a ponerme detrás de una de las ruedas para rehabilitar las muñecas del parque de ancianos, un círculo con radios como una rueda de bicicleta y un par de agarraderas que sujetar. El Skull hizo girar la bola de clavos sobre su cabeza con la cadena y la lanzó; la cadena giró al engancharse con la rueda y la bola pasó silbando sobre mi cabeza; me arrancó el pañuelo y me dio un tirón. Di un grito de miedo, en el momento ni sentí que me doliera, sólo la sensación cálida y fría de un arañazo recién abierto.

Tiré hacia abajo de la rueda con todas mis fuerzas. El Skull no se esperaba un tirón repentino de la cadena: la llevaba enrollada en la muñeca, y el estirón le desequilibró, le hizo tropezar, le atrajo hacia mí. Detuvo la rueda que aun giraba y la sujetó con las manos, me agarró de la camiseta a través de los radios para que no escapara. El muy imbécil. Le pateé la pantorrilla con una patada baja de muay thai. Es un golpe seco en el muslo que puede hacer imposible aguantar de pie si se da bien. Yo no daba para tanto, pero soltó mi camiseta con un chillido. Aproveché para hacer girar la rueda una vez más, su brazo aun atrapado en medio y sujeto por mí. Crujió. La giré más fuerte. Aulló.

Hasta aquí llegó mi suerte. Me agarraron por detrás, sujetándome cuello y cabeza. Me ahogaba. En la tele uno se libra de esto dando codazos en las costillas a su atacante, pero esto no es tan fácil. Al primer intento fallé, y al segundo él dio un paso atrás, apretando mi cabeza hacia abajo, tirando de mí hasta hacerme caer sentada y sin poder respirar. Otros dos me sujetaron una pierna cada uno. El último, que parecía el líder, vino hasta mí. Se colocó entre mis piernas y se lamió los labios pintados como dientes. El contraste del rojo contra el negro y el blanco en la oscuridad realmente hacía pensar en la imagen grotesca de una calavera con lengua.

- No, no, no. No te toca estar con un rubito, tía. Hoy te toca estar con un hombre de verdad -vi cómo se abría el cinturón. Quería gritar y no podía. Quería defenderme y no podía. Estaba rabiosa y toda mi rabia era inútil para hacer nada.

En aquel momento vi caer chillando al tipo al que había retorcido el brazo a mi lado; cayó de cara sobre la gravilla, abriendo un surco en el suelo que le llenó la cara de rayas rojas, y dejó de gritar. El líder Skull miró hacia atrás. Yo miré. Todos miramos.

Lorca estaba a unos cinco metros de nosotros, en pie, la cabeza gacha, y su boca llena de vaho. Era una noche de verano. Y él echaba vaho por la boca. ¿Tenía fiebre o qué? ¿Y había arrojado a este Skull desde allí?

Se agachó y corrió. O embistió. Supongo que mi mente estaba intentando fijarse en detalles que no fueran horribles. Observé cómo se movía, nunca vi a alguien correr así. Parecía a punto de ponerse paralelo al suelo, avanzaba muy rápido y aun así parecía que no podría correr así sin caer hacia delante. Lo hizo, en realidad. Se lanzó con todo su peso y velocidad sobre el Skull que sujetaba mi pierna izquierda, le tomó por la nuca, sus pies derraparon en la grava y su rodilla se adelantó.

La cara del Skull estalló contra el rodillazo. Estalló como una granada de sangre y pedazos de dientes. Ojalá eso lo hubiera dejado KO, pero no tuvo tanta suerte. Se desplomó hacia atrás y bramó por una boca destrozada y una nariz rota y gorgoteó en su propia sangre y saliva.

Lorca no se detuvo, ya tenía otro objetivo. 
De su garganta salía un sonido grave, un ruido gutural, bajo y pesado y que no parecía humano. Estaba agachado y todos nosotros parecíamos paralizados, ridículamente lentos mientras él incrustaba la palma de su mano en el costillar del que sujetaba mi otra pierna. La mano se hundía adentro en su cuerpo, demasiado adentro. Por un momento creí que saldría por el otro lado; en vez de eso el cuerpo cayó deformado por el impacto, abollado, y vi sangre brotar de la boca y nariz del Skull derribado y en shock. Hemorragia interna, de un sólo golpe a mano desnuda.

Estaba demasiado aterrorizada para usar las piernas que habían quedado libres. Pero tenía esta oportunidad; agarré mi miedo y me obligué a convertirlo en rabia desesperada.

El cerdo que me sujetaba, el de Media Calavera pintada, sólo podía mirar boquiabiertocómo Lorca levantó con una mano a su colega, que berreaba sin parar; alzó la mano con la palma hacia abajo, y golpeó. Un golpe de mano plana de sumo alcanzó de pleno al Skull herido en la cabeza y lo echó hacia abajo con tanta fuerza que la vi rebotar contra el suelo, y ya no chilló más.

Pataleé y el de Media Calavera no pudo evitar que me liberara. Le di un codazo en el estómago con todas mis fuerzas y me levanté. Entre los gritos del último Skull y el gruñido bajo, animal, incesante, de Lorca, yo quería huir de aquella pesadilla. Quería que el día no hubiera empezado así. Quería que Alyosha volviera a aparecer sin que me lo esperara y tomara el control. Alyosha me dijo que Lorca me protegería. ¿Era esto protegerme? Sí, pero me daba miedo reconocerlo en este punto. Pero sin duda me había salvado.

Todo esto logró pasar por mi mente en los pocos segundos que tuve de libertad, trotando hasta los límites del parque. Media Calavera me placó por la cintura y caímos al suelo los dos. Supongo que ya sólo quería que no pudiera pedir ayuda antes de que lo que quedaba de sus hermanos y él se esfumaran, no hacerme daño. Pero en aquel momento sólo pensé que todavía no había terminado, que querían forzarme, que me... ¡No!

Me retorcí hasta quedar boca arriba. Media Calavera alargó una mano hacia mi cuello. Interpuse mi rodilla, y le sujeté la mano con todas mis fuerzas. Fue eso. Tenerla sujeta...

Le pateé en la cabeza. Le hice daño, pero no suficiente, no me soltó. Sentí lágrimas en los ojos y las rechacé porque no podía permitirme no ver. Le pateé de nuevo, sin dejar que su mano se acercara, sin soltarla. El ojo se le hinchaba por momentos y sangraba por la nariz, y sólo parecía más horrible. Pateé de nuevo y esta vez tiré de su brazo hacia mí a la vez, gritando.

Se oyó un sonido como el de un trueno. El Skull se vino abajo hacia un lado con la cabeza girada en un ángulo repugnante. Eso fue todo. Un sonido... como el de un trueno.

viernes, 30 de mayo de 2014

Djinn Despierta (7): Nostalgia

Después de aquello, vino un largo silencio incómodo. Largos minutos de no querer decir cualquier tontería y de preguntarme si es que no le interesaba hablar conmigo en absoluto y si tal vez a él le pasaba lo mismo que a mí. Pero tenía esa sonrisilla suya, evadida, con la mente en otra parte. Estaba disfrutando del silencio. No parecía que tuviera ninguna clase de presión. Cualquiera con unos mínimos modales habría buscado de qué hablar. Aly se habría sacado de la manga cincuenta temas sin pestañear. Y no me habría dado respuestas claras de ninguno de ellos, pero al menos no habría esta sensación de vacío, de pausa sin sentido.

- ¿Donde aprendiste a pelear? -la pregunta salió de la nada, interrumpiendo mis pensamientos. Fruncí el ceño.

- Yo sola. Tomé una clase en un gimnasio y luego practiqué por mi cuenta -me escuchó atentamente, pareció meditar un momento y asintió.

- Supongo que por eso era tan... caótico.

- ¿Caótico? -pregunté, levantando una ceja. ¿A qué venía esto?

- Indisciplinado. Sin forma definida. Tu forma de pelear es... es una demostración de talento innato sin depurar, ¿me sigues?

- ... Creo que sí -respondí, pero en realidad no tenía ni idea de si me estaba alabando o insultando. "Probablemente las dos cosas", pensé.

- Y por supuesto -añadió- está tu ira. -a eso sólo quería responder con un bufido, pero mi boca se puso en marcha por su cuenta.

- ¿Qué sabrás tú de ira? Con tu, tu, tu calma de monje budista y tu carita de niñito encantador y tu... bah. No tienes ni idea.

- ¿Encantador? -preguntó, y me salvó un poco que había girado el rostro a un lado, de modo que seguramente no me vio ponerme granate. Gina, idiota, idiota...- Nah, la que no tienes ni idea eres tú. Nadie sabe de la ira tanto como yo.

- Humf. ¿Así que hasta tú te pones furioso? Si una patada en la cara no ha bastado...

- Oh, sí -su tono se volvió sorprendentemente pesado y grave- Suelo tenerlo bajo control, pero me pongo furioso. Y cuando estamos así, somos peligrosos.

- ¿"Somos", quienes? -le interrogué. No tenía la sutileza de Alyosha. Con Lorca, estaba claro que había un secreto y que me lo estaba ocultando descaradamente.

- Las personas. No hay nadie para quien odiar sea beneficioso. Es como matar con el corazón.

Sinceramente, quise pensar que era una frase cursi, una chorrada new age. Pero lo dijo con tanta honestidad, como algo que sentía tan adentro... Inspiré hondo para calmarme, me acerqué a él y le apoyé una mano en el hombro.

Se giró al instante a mirarme, como por reflejo. Como si le hubiera asustado. Por un momento había bajado la guardia, sentí; había relajado esa tensión animal de constante alerta. Entendí que lo había hecho por mí, para compartirme esto. Y que mi gesto bienintencionado le había devuelto a ese estado. Le miré a los ojos. Me devolvió la mirada.

Era como mirar a un abismo, a un mar en calma. Había habido brusquedad en su movimiento, pero su cara... tan serena, tan, ¿cómo era esa palabra de clase de literatura? Beatífica, sí. La mirada de alguien que tenía su corazón y su vida bajo control. Una expresión de paz que cubría quién sabe qué. Me miró a los ojos. Le devolví la mirada.

- Cuando odias -habló por fin-, cuando reaccionas con ira, quieres sacar a alguien de ti. No quieres que exista para ti, querrías olvidarle y desterrarle. Y tal vez destruirle. Darle una patada en la cabeza -sonreí débilmente, para quitarle hierro a mi reacción previa. Él no. Sólo me miró así, como si viera dentro, como si yo no tuviera ninguna barrera que encubriera mi rabia, mis pesadillas, mi amargura, mi pasión, las esperanzas a las que me aferraba... parecía que lo estuviera viendo y no necesitara nada más para conocerme.

- Lorca, yo...

- ¿Querrías que no estuviera aquí ahora, Gina? -y la respuesta era no, no querría. Era un listillo arrogante que creía saberlo todo y encima me había ganado en una pelea sin levantar un dedo. Eso aun picaba dentro. Pero quería aprender. Lorca tenía mucho, mucho para dar y que enseñar, y además quería hacerlo.

- ... No. -respondí al cabo. Debí tardar un par de segundos en responder, no más que eso. Tiempo suficiente para darme cuenta de la corta distancia a la que habíamos quedado cuando se giró hacia mí. De que podía sentir su respiración. El calor de su cuerpo. Estaba anocheciendo y tal vez hubiera refrescado un poco, pero de él emanaba una calidez intensa que parecía envolverlo todo. El rubor volvió a mi cara. Como odiaba que ocurriera eso. Y todos estos pensamientos estaban en mí a la vez y me hicieron tardar en contestar. Cuando él me dirigió una sonrisa gentil -gentil: de GENte que TIene Luz- me pregunté si sabía todo esto. "¿Qué ves tú cuando me miras?", me pregunté en silencio.

- Entonces ya no me odias. Todo un paso adelante. Igual hasta nos hacemos amigos y todo -retrocedió un poco, de nuevo algo descarado pero de esa forma tan inocente. Empecé a darme cuenta de que simplemente decía lo que creía cierto y nunca intentaba ponerse por encima. Sólo afirmaba un hecho. Tan directo, tan distinto a todos los que conocía... tan distinto a mí, incluso. Aun así, me surgía una pregunta:

- ¿Y tú quieres estar aquí? Porque me daba la impresión de que Aly te presionaba. -hizo un gesto de negativa.

- Créeme, si Alyosha me hubiera presionado, no lo habrías sabido. El tipo usa las palabras y toca las cuerdas adecuadas dentro de ti para que suenes como él quiere y encima te guste. -me molestó que le criticara, porque no me gusta que se hable mal de la gente que no está delante. Pero me hizo gracia la metáfora. Y estuve segura de que no se habría cortado un pelo de decirlo aunque Aly estuviera allí mismo.- Y aunque estoy aquí por intervención suya, me alegro de haber aceptado.

- Vaya, ¿y eso?

- Porque soy la persona indicada para ti y él lo sabe -de acuerdo, lo encontraba atractivo y eso, pero que dijera esto de repente hizo que mi corazón se saltara un latido por un momento- Para aprender a gobernar tu ira, yo soy la mejor elección posible.

Oh. Claro. A eso se refería.

Si Alyosha sabía tocar las cuerdas correctas en la gente, Lorca debía hacerlo por instinto. Era demasiado sincero para no confiar en él. Demasiado directo para que hubiera un malentendido grave. Y demasiado bueno para enseñarme sobre mi rabia, pensaba yo, pero estaba dispuesta a darle una oportunidad.

- Muy bien, muy bien. No tengo nada mejor que hacer. ¿Cómo se controla la furia? ¿Incienso, meditación y decir "ommm"? -soltó una carcajada que poco antes me hubiera irritado, pero me sumé a ella.

- Todo eso son parches. Necesitas una rueda nueva, no hacer una chapuza con la vieja. Pero lo hablamos durante la cena, ¿sí?

Estábamos entrando en mi barriada antigua, así que conocía la zona. Mejor que en la que estaba viviendo ahora. Y entonces vi un local al que hacía años que no entraba; se lo señalé. Lorca dio su aprobación y entramos a la Pizzería Vostra Scelta. Olía como siempre, a queso caliente y a bienvenida. Olía a otro tiempo en mi vida.

Debajo de una pizza que otra que no fuera ella hubiera tenido que levantar con las dos manos, estaba Ester. Ester de León, mi amiga de cuando era niña. Haciendo equilibrios con la bandeja de servir y otra llena de bebidas, correteaba entre las mesas con una sonrisa que más que de oreja a oreja era de moflete a moflete. Se me hizo un nudo en el estómago al pensar cuantos años habían pasado.

De niña yo nunca tenía un bocadillo para llevarme al recreo. Mi padre no podía o no se preocupaba de hacerlo, sólo de que asistiera a clase. Una vez, cuando tenía unos cinco años, llegó a casa lloroso y borracho después de haber recibido un aviso de que me había escapado de la última clase del día. Me sollozó, no lo olvidaré nunca, que tenía que ir porque si no la policía se me llevaría de su lado. Era mi recuerdo más antiguo, y la primera vez que sentí que yo le importaba a mi padre. No hubo muchas, así que esa se me grabó porque pensé en ella a menudo para consolarme cuando sentía que yo no valía nada.

Los niños tienen una habilidad instintiva para detectar cuando alguien es diferente y rechazarlo. Pocos hablaban conmigo. Los padres lo apoyaban. Alguna vez oí a uno decirle a su madre que yo era la niña que nunca tenía comida para el recreo y sentí, más que vi, la mirada desaprobadora de la madre antes de escuchar cómo susurraba lo bastante alto para que se la oyera "no te juntes con niñas como esa", con los tonos de desprecio que aprendí a odiar.

Y entonces Ester se me acercó un recreo y me dio la mitad de su bocadillo. Por unos días lo hizo así, hasta que le dije que me daba pena que ella se quedara con tan poco. El día siguiente, vino con dos bocadillos.

Hasta siendo tan pequeña, me sentí avergonzada. No tenía claro por qué, pero compartir conmigo estaba bien, pero darme esto, traer para mí, me sentó mal. Me recordó que era pobre y que ella tenía como para repartir. Le dije que no tenía hambre. Ella insistió amablemente y yo le di un manotazo al bocadillo que me ofrecía. Se lo tiré al suelo. Qué mal me sentí al verlo manchado de tierra y mirarla a ella, con los ojos como platos, sin entender. me marché corriendo y la rehuí el resto del día.

El siguiente día a la hora del recreo, me escondí en un rincón donde nadie venía a jugar nunca. Pasé allí más de veinte minutos, hasta que Ester me encontró por fin. Se acercó sin decir nada y se sentó a mi lado.

- ¿Quieres de mi bocadillo? -preguntó. Asentí. Me di por perdonada con eso y me giré, con una sonrisa tímida que se convirtió en una risotada.

Ester estaba desenvolviendo un bocadillo enorme para una niña, el doble de grande que los que solía traer. Lo partió en dos y me dio la mitad.

Ester era una chica pequeñita con un corazón enorme y habilidad para entender lo que se decía sin hablar, desde siempre. Verme y soltar las bandejas en la primera mesa disponible, ante la mirada sorprendida de los clientes, fue todo uno. Corrió hacia mí y me abrazó.

- ¡Gina! ¡Qué contenta estoy de verte! ¿Cómo estás? ¿Donde has estado?

Es como si me hubiera visto la semana pasada, o fuera el reencuentro de después de las vacaciones. Me llenaba de ternura. Le devolví el abrazo con entusiasmo.

- Estoy bien, Ester. Muy bien. Yo también me alegro mucho de verte, debería haber venido antes a visitaros -Lorca se había hecho a un lado, y vi de reojo que sonreía abiertamente. Luego me diría que fue el primer momento en que me vio realmente contenta- Ester, este es mi... amigo Lorca. Él paga la cena.

Ester le miró y su expresión permaneció en su sitio, rígida. Sin el cariño que me había dedicado, la misma sonrisa se convirtió en meramente cordial, fríamente educada. Y lo mismo su tono. Lorca hizo igual; su mirada se volvió penetrante, como si examinara a Ester. Se estrecharon la mano en silencio. Me pregunté si se conocían.

- Hola, Gina -dijo otra voz a mi espalda, una voz que no recordaba que me encontraría aquí. Arielle... la hermana mayor de Ester, su complemento y su opuesto. Donde Ester era bajita y regordeta, Arielle era casi tan alta como yo. Destacaba en los deportes y estudios, mientras que Ester era una estudiante común y solía bromear con que con sus aptitudes su mejor puesto jugando al fútbol sería de balón. Todo el mundo se sentía bien con Ester y todo el mundo le pedía ayuda a Arielle. Y aunque nunca compartimos mucho, me hizo sentir casi igual de querida como su hermana pequeña. Habían heredado ese cariño del lado italiano de su familia, decían.

Pero me sentía un poco incómoda ante Arielle, porque hasta de niñas me sentía inferior a ella. Eso es algo contra lo que he luchado mucho tiempo, esa envidia, esa sensación de valer menos que la gente a la que he considerado de éxito, sin importar lo bien que se portaran conmigo. Por eso empecé a guardar las distancias con ella, en el último curso antes de que mi padre y yo tuviéramos que mudarnos y cambiar de colegio.

La saludé y le presenté a Lorca. De nuevo esa sensación tensa entre ellos dos. Nos llevaron a una mesa libre, nos tomaron nota y se dirigieron a las cocinas.

- ¿No os habéis caído bien, eh? -Lorca se rió un momento. No parecía acostumbrado a esa clase de reacción.

- No se puede uno llevar bien con todo el mundo -respondió. Un momento después, trajeron una Coca Cola para mí y un agua mineral para él y se retiraron sin decir nada, sólo dirigiéndome una sonrisa Ester y un pequeño asentimiento Arielle. Me pareció que cruzaban también una mirada con Lorca. La sensación se confirmó cuando me dijo:- Voy un momento a lavarme las manos.

Me encontré sola en la mesa, y con un creciente sentimiento de que algo no marchaba bien. Un minuto después de que Lorca se levantara, fui también hacia los baños. Tres puertas: damas, caballeros, y una que ponía "privado", entreabierta. Miré por la rendija en silencio, preocupada, inquieta...

Lorca me daba la espalda. Delante de él debían estar Arielle y Ester; él me las tapaba y ellas tampoco debían poder verme a mí. Estaban discutiendo, pero no entendí una palabra.

- No tienes derecho. No es tu sitio -le decían.

- Tengo su permiso y está bajo mi protección ahora.

- ¿Tu protección? Es como ver a un ciego tratar de guiar a otro. ¡No puedes protegerla! ¡No tal y como estás! Tendrías que...

- Lo he hablado con otros como vosotras. No es tan fácil. Llevo mucho sobre los hombros, no tenéis ni idea. Y por eso mismo puedo ayudarla.

- ... Dice la verdad, Ester. No tengo autoridad para intervenir en esto. No aún. -Ester respondió sólo con un gruñido bajo que me hacía reír de niña. Ahora parecía serio, terriblemente serio.

No quise seguir más. No entendía qué ocurría, pero estaba segura que estaban hablando de mí. Empecé a irritarme y pensé en entrar de repente, irrumpir en medio de ellos y exigir respuestas. Pero no lo hice. Pensé en lo que me había dicho Lorca. Quise ser más astuta que eso, sonsacarle las respuestas a solas. Fue un error, pero en aquel momento no podía saberlo.

lunes, 31 de marzo de 2014

Djinn Despierta (5): Discusión

- ¿Qué?

- ¿Qué? - exclamé un segundo después. Fui a responder a Alyosha, pero el tal Lorca se me adelantó.


- Aly, me hablaste de ayudar, no de seguirla en plan veinticuatro siete. No... -Aly  (empecé a llamarle así desde entonces, para mí) le interrumpió con un gesto de la mano. Mejor dicho, le indico que se detuviera, no impuso sus palabras. Era un caballero.


- ¿Tienes una sugerencia mejor? La clase de atención que esta chica merece no permite ponernos cómodos. Si renuncias a ese derecho, verás que podrás ser mucho más eficaz.


Lorca se mordió el labio inferior y cerró los puños un par de veces. Creí que se planteaba si romperle la cara a Aly. Con el tiempo vi que era un hábito suyo cuando estaba nervioso, pero esta vez le empujé a un lado para quedar entre los dos. Alyosha me sonrió. Yo me ruboricé un momento, creo.


- ¿Me va a explicar alguien qué pasa? -pregunté, con una voz que dejó de flaquear sólo un poco demasiado tarde- Necesito explicaciones, no un... guardaespaldas o niñera o lo que seas, rubio. -le mire fijamente a los ojos, irritada. Fue como si yo me llevara toda la tensión; su expresión se relajó inmediatamente.

- Ya me va cayendo bien -le dijo a Aly, que pareció contener la risa por un instante.


- ¿Sí? ¿Lo bastante para contarme de qué va todo esto? Porque sacárselo a aquí el ruso...


- Eslovaco -puntualizó


- ..aquí al paisano requeriría una hora y un sacacorchos. -terminé, algo molesta. Vale que había hecho una pausa larga, pero se ve que a mí sí me interrumpía.


- Prefiero que no, Lorca. Sólo quiero que aprenda de ti, de momento. -me tomó del hombro y me guió suavemente a encararse conmigo. Quise decirle que no me tocara, pero creo que si me hubiera hecho girar como una bailarina tampoco habría sabido resistirme- Djinn, danos tres días de confianza. Si en ese tiempo no ha pasado nada prometo contarte todo. Quién sabe, quizá estoy equivocado y no valga la pena preocuparte más.


- Claro, quizá estés equivocado -replicó Lorca, con un amago de sonrisa- Alguna vez tendrá que ser la primera. -Aly le ignoró , atento sólo a mi respuesta.


- De acuerdo. Tres días. No más. Y luego, pase lo que pase o no pase, me compensas -no estoy muy segura de qué parte de mí añadió esta última frase, pero la apoyé al cien por cien. Y él compuso una sonrisa nueva. No tan triste y más dulce. Me pregunté qué pensaba. Y cómo me veía cuando me miraba.


- Te lo debo. Es un trato, Djinn. ¿Puedo llevarte a cenar?


- Ah, sí. Sí, eso me sirve - bufé, sintiendo el rubor tratando de subirme a la cara. No se lo permití- Menudos tratos haces... Me dejas en ascuas y encima sacas una cita conmigo.


- Oh, ¿es una cita? -preguntó como si se le acabara de ocurrir. Espera, ¿y si de veras no se le había ocurrido?- Entonces realmente es un privilegio -terminó, deshaciendo toda la rabia que había empezado a formarse en mí. ¿Cómo lo hacía?


- Eh, si tres son multitud puedo marcharme -bromeó Lorca. Le odié, a él y a su impertinencia.


- Ahora te necesito con ella. Traela sana y salva en tres días y entonces no querremos verte cerca, ¿sí? -el rubor volvió a la carga y nada pudo detenerlo esta vez. Lorca lo vio y se rio. Tenía una risa profunda y contagiosa; si no hubiera estado tan furiosa hubiera reído. Pero no quise. Quería detestar a este creído entrometido y cruzarle la cara.


Diez minutos más tarde, él me lo propuso.

- ¿Quieres darme un buen guantazo?

- ¿Qué dices?


- Llevas callada desde la oficina. Y estás furiosa conmigo. ¿Te haría sentir mejor? No te devolveré el golpe...


- Devuelve lo que te dé la gana, idiota. -me había sacado de quicio. Su sonrisa. Su paz. Que tuviera razón en lo que me había dicho. Era el doble de ancho que yo, y una cabeza más alto, pero no me daba miedo. Los había tumbado más grandes.


Y lo había hecho así: mis piernas son largas -son lo que más me gusta de mí- y soy flexible. Otros niños van a cursos de karate y esas cosas. Yo fui a todas las "primeras clases de prueba" gratis que pude encontrar. Por mi cuenta. Mi padre no se movió, así que me moví yo. La historia de mi vida.


Una clase de muay thai no da para mucho. No da para nada. Pero vi la primera patada alta de mi vida. Me fascinó. La imité y practiqué como las demás crías practicaban juegos de palmaditas al ritmo. A las dos semanas me hizo falta, porque ser la niña pobre atrae abusones. Le pateé la cabeza a un niño tres años mayor que yo y lo dejé KO. Ya nunca dejé de practicarla.


Creo que le tomé por sorpresa. Mi bota pivotó en el suelo mientras mi rodilla empezaba a describir un arco que culminó desplegando mi pie derecho contra su cara con todo mi peso. Le di. Y creía que de lleno, su cabeza entera giró hacia atrás... Y volvió adelante, con apenas un raspón de la bota en su mejilla.


- Esto es algo más que un guantazo, pero si ya te sientes mejor... -me dirigió esa sonrisa suya insufrible. Le tiré un puñetazo que casi le dio, se inclinó hacia atrás un poco y fallé. Volví a intentarlo: un puñetazo, otro, patadas bajas. Él sólo sonreía aunque apenas me esquivaba. Con cada golpe tenía más claro que el próximo le daría. O el siguiente, o el otro.


Hasta que no estuve agotada, resollando como un caballo y empapada en mi propio sudor, no me di cuenta. En ningún momento casi no pudo esquivarme. Sólo se movía el mínimo imprescindible para que no le alcanzara. Apenas se había cansado.


- Veo que ya lo pillas. Si ahora quisiera darte yo, sería muy fácil -me acercó las manos a la cara. Traté de apartarme, pero él estaba fresco y era rápido. Me tomó con ambas manos la barbilla. Con los pulgares retiró los mechones sudorosos de mi flequillo que caían sobre mis ojos- Pero te mueves bien. Estos días habrá tiempo para enseñarte a moverte como yo, si quieres.


Le pegué en el estómago con las pocas fuerzas que me quedaban. Se lo esperaba, se lo vi en la cara. Lo recibió sin más, con una pequeña mueca pero sin dejar de sonreirme.


- ¿P-por qué me has dejado que...? -balbuceé.


- No tiene sentido que haga que te frustres, Djinn -me llamó por mi nombre por primera vez- Esa rabia tuya es con lo que más puedo ayudarte.


Me relajé un poco. Todo esto me irritaba pero también me intrigaba. Y Lorca no parecía mal tío.


- Tengo algo de dinero de Aly para gastos. Compremos algo de cenar. Aunque quizá quieras ducharte antes...


- ¡Idiota! -le solté avergonzada. ¡No era mal tío, pero tenía menos tacto que una traca de petardos!