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martes, 2 de septiembre de 2014

Djinn Despierta (12): Testimonios de Otromundo

Bienvenido a Otromundo. (El Viejo Ratas)

Así te saludan cuando descubren que acabas de dar tu primer paso en los Rincones Perdidos. Otromundo es lo que la realidad ve cuando mira de reojo y presiente una sombra, un movimiento, y se gira de repente y ve que no hay nada, y si ahí no hay nada es que lo tiene justo detrás. (Sonia Sibila)


Podéis llamarme Japón. Sí, reíros, reíros. Pronto os buscaréis un apodo. A muchos no os apetecerá que nadie lo tenga fácil para rastrear vuestra vida normal, o a vuestras familias. Además, os ayudará a distanciaros un poco de lo que estáis haciendo, y ese es un mecanismo de defensa útil. Si estáis estrangulando; perdón, cuando estéis estrangulando a alguien que ha decidido que le estorbáis, o que os ve como su cena... hace mucho bien a la mente poder pensar "esto no lo hago yo, esto lo está haciendo Japón". (Japón)

Somos el Pueblo Ciego, los invisibles moradores de esta Creación. Somos los Caídos o los Exaltados, depende de a quién te atrevas a preguntar. Somos los que han pagado el Precio, los herederos del Poder. (El Ángel Negro nº 1.284)

No fue nuestra decisión. ¡No, no! ¡No escogimos esto! Fuimos arrastrados. Las circunstancias nos obligaron. No había salida. Hicimos lo único que podíamos hacer. (Niño Cicatriz)


Somos víctimas. Somos los engañados. Somos los traicionados. Vestimos promesas incumplidas, bebemos mentiras; nos confundieron hasta hacernos ver lo blanco negro y lo negro blanco. Si fuimos engañados, nuestra decisión no es responsabilidad nuestra. Si se nos convenció de que lo que sabíamos bueno era malo, somos inocentes. (Karmapsyche)

Somos poderosos. No somos como los demás, pobres borregos. Blandemos habilidades que transgreden vuestra patética y cerrada de miras concepción del cosmos. La física, la mente, el espacio y el tiempo se someten a nuestros poderes, incalificables y sobrenaturales. (Lapislázuli Oneiros)

Los pocos que llegan a comprender esto, los extranjeros a Otromundo que se pierden en sus orillas, son tomados por locos o enloquecen de veras. Algunos se nos unen, otros tratan sin esperanza de destruirnos, hay quienes son comida. Cometieron un error entrando a los Rincones Perdidos y merecen su destino, sea cual sea. (El Rey Amarillo)

No me juzgues, malnacido. No te atrevas a juzgarme. ¿Quién eres tú? ¿Eres mejor acaso, sólo porque coma carroña, o porque no pueda ver el mar, o porque mi carne contamine el aire? No lo creo, bastardo; veo tu corazón later, y huelo tu sangre a cien pasos, y los pecados en tus manos y ojos y alma. Sé muy bien cómo eres y qué hay en tu interior. Tú eres despreciable. A mí esto me lo hicieron. No soy yo. Esto no es lo que soy. No en verdad. (Loken el Ghoul)


Sí, sé que lo hice. Sé en qué me he convertido. Y sé cual es la única salida. La única que no es primero muerte y luego muerte eterna. Es sólo que no me atrevo a dar ese paso aun. Necesito el poder. Un poco más de tiempo. Sólo un poco más. (Lorca Louzán)

lunes, 1 de septiembre de 2014

Djinn Despierta (11): Goliat

El cadáver me miraba con ojos entre furiosos e incrédulos, sin comprender que le había matado. Yo hice lo mismo y por la misma razón. Sólo cuando me di cuenta de que ya no jadeaba forcejeando conmigo me fijé en su cabeza retorcida.

Algo duro sobresalía de un costado del cuello. Luego supuse que era una vértebra, pero a mis ojos parecía un tumor, algo enfermizo que lo había matado desde dentro. Eso, no yo. Yo no.

Pataleé para quitarme el peso muerto -hasta a mí me pareció un pensamiento de mal gusto- de las piernas, y creí que se levantaba de un salto. Se levantó casi un palmo en el aire y cayó de nuevo sobre mí, más a mí derecha. Siguió inmóvil; yo recuperé el aliento que se me había escapado y lo aparté de un empujón. Rodó una vez y media.

Me hubiera quedado allí con él, tragando la realidad de lo que acababa de pasar, mirando las apagadas estrellas de la ciudad a su lado, yo con ojos cansados y él con los suyos...

Muertos.

Muertos.

Muertosmuertosmuertosmuertos... Hacia eco dentro de mí. La vibraciones de este eco golpearon mis entrañas. Hacía un rato, me había tocado ser feliz y estaba agradecida. Ahora le había roto el cuello a una persona y que fuera un violador no cambiaría que lo había matado y saber eso era una amargura tan grande que me llenaba. La pizza feliz no podía existir a la vez que la amargura, así se abrió paso hacia fuera.

Y le llevó una eternidad salir.


Más allá escuché los últimos ruidos de la pelea, si se la podía llamar así. Cuando me giré, Lorca estaba casi a mi lado. Retrocedí, tropecé y me incorporé. Me puse en guardia; me forcé a dejar de temblar clavándome los dientes en el labio inferior. Cuando lo vio se detuvo y me miró; no podía ver sus ojos en la oscuridad, pero prácticamente podía sentirlos.


-Te he fallado. -Eso fue lo primero que me dijo. Ese era Lorca, sin duda. El Lorca que había conocido esa tarde, el que se había preocupado por mí sólo porque se lo habían pedido. El que me había salvado después de que le abrieran la cabeza.

Oh, no, me había olvidado por completo. Todas las precauciones desaparecieron al recordar eso; me acerqué corriendo a él.

- No sé de qué hablas... ¿Cómo estás? Te hicieron una herida muy fea... -negó con la cabeza por instinto y le temblaron las pupilas. Pero no su cuerpo. Estaba rígido y eso le delataba, pero no dejó que se viera que estaba mareado. Y manchado de sangre, mayormente ajena.

- No, de veras, he estado mejor pero estoy bien.

- Sí, seguro. -le di un pequeño empujón y casi pierde el equilibrio por completo; le sostuve por las solapas de la larga cazadora de piel- No necesitas hacerte más el héroe. Estoy convenientemente impresionada -le regalé una pequeña sonrisa con esa confesión.

- Yo no -respondió una voz diferente. Nos giramos para ver a otro Skull. Lo seguimos mirando mientras se acercaba, había mucho por mirar. Dos metros largos de Skull, y si no fuera porque los seres humanos no miden tres metros hubiera creído que así era. Se acercó a zancadas amplias y lentas; los brazos no se balanceaban a los lados, eran tan largos que, al avanzar encorvado, se inclinaban hacia delante y casi creí que apoyaría los nudillos en el suelo como un gorila de montaña. Lo achaqué a las sombras, al miedo, a la calavera sonriente que tenía dientes dentro de los dientes y colmillos dentro de los colmillos. El tatuaje tenía colmillos. Su boca real también, prominentes y sobresalientes y dándole aun más aspecto de simio brutal.

- ¿Puedes correr? -susurré. No había motivo para pelear de nuevo, y se me encogía el estómago de pensar en hacerlo de nuevo. Y más contra esa... cosa. Cuanto más lo miraba, menos parecía una persona.- Ve hacia la derecha y yo... -me interrumpió el profundo jadeo de Lorca.

Cuando lo hizo antes, yo había estado lejos. Ahora el vapor de su aliento brotó a mi lado y su calor corporal me envolvió. Entre dos profundas exhalaciones, me apartó a un lado con una delicadeza incongruente con la tensión de sus músculos. Su cara era tan... serena. Tenía la boca entreabierta y las pupilas dilatadas hasta ser todo lo que podía ver en sus ojos. No me veían. Estaban desenfocados, o quizá veían todo a su alrededor. Se agachó, el tronco casi paralelo al suelo, una rodilla levantándose casi en un salto, y se precipitó hacia delante. El Skull levantó los brazos como Mike Tyson, doblados protegiendo su cuerpo y su cara. Su puñetazo, inmenso y largo como un tronco de árbol, cortó el aire. Lorca se echó a un costado sin dejar de avanzar, pero el segundo puño lo detuvo.

Fue demasiado veloz. Era tan absurdo y fuera de lugar como todo lo demás en aquel momento. Un puñetazo compacto y eficaz, rápido como una pesadilla. Los huesos de Lorca crujieron, juro que los oí crujir. Corrí hacia él, hacia ambos, insegura de qué podía hacer pero decidida a luchar junto a Lorca. Él se mantuvo en pie; había bloqueado el puño con ambos brazos. El Skull rió viéndonos de pie frente a él. Parecíamos niños frente a un adulto. Su risa buscaba mi mente, mi terror, mi inferioridad; se clavaba en ellos y giraba el filo para ensancharlos. Pero yo estaba al límite. Simplemente no podía temer más y me prohibía venirme abajo.

Por mí lo hubiera hecho, la verdad. No lo hice por Lorca. No iba a dejarle tirado, porque yo no hago esas cosas. Nunca.

Yo no soy como mi padre.

Otro puño, otro cañonazo, se dirigió esta vez a mí. Lorca intentó apartarme de un empujón con su hombro para bloquearlo. No lo consiguió, le vi venir; aguanté a su lado y juntos detuvimos el impacto embistiendo contra él a la vez. Era el movimiento que él me había enseñado: interrumpir el impulso antes de que pudiera desplegar el brazo le robaba su fuerza. Aun así, hubo un chasquido de algo que se rompía.

Abrí mucho los ojos al ver que mi golpe le había partido el meñique, que ahora colgaba inútil del resto del puño. ¿Le había dado justo en la articulación? No se había sentido así, pero estaba claro que, de algún modo, había funcionado.

O al menos eso pensé hasta que el Skull agarró el dedo roto y, sin un quejido ni un gesto, lo encajó de nuevo para cerrar su inmenso puño y descargarlo sobre nosotros. Esta vez había más peso, mucho más. Sólo nos había estado probando. Sentí el impacto a través del cuerpo de Lorca.



Que se cruzó frente a él y delante de mí.

Para protegerme.

Su espalda chocó contra mí y apenas pude frenarle; sus botas dejaron un surco en la tierra seca y dura, arrastrado por el impacto, negándose a caer.

- No necesito esto -bramó el Skull; no como un grito, era la voz de su envergadura, descomunal como él. Repitió el golpe como un profesional, un segundo golpe compacto. Vi la cazadora de Lorca ascender frente a mí, un salto que cayó sobre el puño y lo desvió hacia abajo, clavándolo en el suelo a mis pies. En ese momento logré reaccionar; mientras Lorca machacaba su mandíbula con un golpe de palma -un tsuppari, me dijo más tarde; no me importa cómo se pronuncie mientras funcione. Esta vez no lo hizo-, yo me lancé adelante y le dí con todas mis fuerzas en el estómago descubierto.

Esperaba dejarle sin respiración, no levantarlo del suelo. Apenas. Quizá sus talones se despegaron un par de centímetros, pero lo sentí, y él también. Me miró fijamente, inexpresivo. Creí, estúpidamente optimista, que tal vez se desplomara. Lorca le pateó en el cuello y él lo arrojó a un lado; lo tomó de la pierna y lo tiró. Lo ignoraba, toda su atención puesta en mí. Toda la mía estaba en la sensación de mi puño, demasiado conocida. Era el tacto de la pared detrás de los colchones en mi cuarto, era una dureza lisa, inorgánica, inconfundible.

Era metal. Dentro de su vientre, dentro de su cuerpo, había metal. ¿Qué era este tipo?

- Con eso no hay duda -me dijo-. Bienvenida a Otromundo.



Tuve un segundo para intentar entender de qué me hablaba antes de que se hundiera sobre una rodilla. Lorca le sacó de detrás de la articulación de la pierna un cuchillo de caza cubierto de un icor negro que, comprendí, era lo que el Skull tenía por sangre. Dió un brinco sobre su espalda y se le sentó sobre el cuello, como un niño a caballito. Un niño que apuñaló la garganta que envolvía con las piernas hasta tocar hueso y que luego lanzó todo el peso de su cuerpo hacia atrás, haciendo palanca sobre el cuchillo, las manos hincadas en ojos y nariz del monstruo -ya sólo podía verlo como tal- hasta que sonó un crujido que yo ahora ya conocía. Lo había olvidado, estaba en un reservado de mi mente donde esperaba poder tratar con ello más tarde. Pero ver a Lorca desnucar al Skull lo sacó de nuevo.


Le miré entre lágrimas; me había puesto a llorar sin poder controlarlo. Cuando Lorca se me acercó, el cuerpo relajado después de la tensión de su pelea, nuestra pelea, pareció más pequeño. Me cogió la mano, creí que iba a consolarme... y con voz suave, me dijo:

- Vámonos de aquí. No tardará mucho en levantarse.

domingo, 15 de junio de 2014

Djinn Despierta (9): Violencia

- Hay mucho más en ti de lo que creía posible.

Lorca tal vez tardó en darse cuenta. Pero soy una chica impresionante, y ya era hora de que empezara a quedar impresionado.

- En serio, estas pizzas miden medio metro de diámetro y te la has comido casi toda. ¿Cómo te puede caber tanto dentro?

Eh, por algo se empieza. Y además, en este punto toda yo era sólo un estómago feliz, un estado que añoraba mucho y en el que muy poco puede afectarte. Apenas era consciente de los intentos esporádicos de Ester de pararse en nuestra mesa más de veinte segundos, pero los agradecía mucho. Arielle se ocupaba de la caja sobre todo, pero cada vez que miré hacia ella me dirigió una sonrisa.

Así soñaba yo que eran las familias cuando era pequeña.

Al final Arielle se acercó con la cuenta. No, de hecho se acercó con un papel con el teléfono de las dos, nada más.

- Chicas, soy yo quien paga, no ella. -dijo Lorca

- Nos da igual. No queremos nada tuyo, rubito -respondió Ester, arrancándome una risa. Ya iba siendo hora de que le pusieran un poco en su sitio. O lo sería, si él no se hubiera encogido de hombros y añadido:

- Vuestras pizzas son una pasada. Muchas gracias.

- La pizza es lo contrario de los cereales... -murmuré.

- Oh-oh -dijo Ester.

- ¿Oh-oh qué?

- Verás -intervino Arielle-, cuando Gina se llena así le pasa esto. Se queda como en las nubes y habla con...

- ... la sabiduría de la pizza -concluyeron las dos al unísono. Como si no hiciera años que no me decían tal cosa. Pero ahí estaba, en perfecta armonía.

- La pizza es salada. Los cereales dulces.

- Como sabiduría no es nada del...

- Ssst -le hicieron callar las dos.

- La pizza lleva harina que se amasa y se hornea para comerlo caliente -proseguí, perdida en mi estado de empacho mental- El cereal se hornea y se sirve frío. La masa es blanda y se pone crujiente. El cereal es crujiente y se pone blando. La pizza tiene queso, pegajoso y sabroso y lleno de aroma. Los cereales tienen leche, líquida y pasteurizada y sin gusto. A la pizza le pones tomate, olivas y carne. A los cereales le pones frutas del bosque, trocitos de manzana y pasas, o eso dice la caja, porque en realidad no lo hace nadie...

- Guau -respondió Lorca, sin más que decir por una vez.

- Se puede pasar un buen rato así -asintió Ester- No sabemos por qué, pero si le ofreces Sprite vuelve a la normalidad.

- ¿Ha dicho alguien Sprite? -abrí los ojos semicerrados y miré alrededor; Ester, previsoramente, tenía un botellín y un vaso con hielo. Y menos mal, me moría de sed...

Lorca se echó a reir. Y esta vez me permití hacer lo mismo. Hasta las chicas se unieron. Era una risa llena de vida, la suya. Daban ganas de oirla más, y supongo que por eso te reías con ella, para que creciera.

- Chicas, ha sido un placer -se despidió- Voy a escoltar a esta chica a casa antes de que la sabiduría de la pizza regrese.

- La mejor tortuga ninja fue siempre Leonardo... -entoné.

- Oh, cielos. Nos vemos, Arielle, Ester -lo último que me esperaba era que se agachara, me agarrara por los tobillos y se incorporara. Me echó sobre un hombro como a un saquito de piernas largas y salió corriendo conmigo a cuestas entre las protestas de las tres.

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- ¿Piensas bajarme pronto o qué?

- ¿Tienes queja del transporte?

- Bueno, la amortiguación está bien, pero la carrocería deja que desear -mentí-, y la tapicería... ¿en serio, cuantos años tiene esta chaqueta?

- Vale, ese es un tema que no vamos a tocar -se había parado en un parque a pocas manzanas de mi casa. O lo que para el ayuntamiento pasaba por parque. Era un pegote; un parche de oxígeno en vez de uno de nicotina para que la adicción al aire limpoio nos fuera más llevadera mientras nos acostumbrábamos a la polución que nos tocaba tragar por vivir al lado de un polígono industrial. La hierba bordeaba el amarillo, y el único juguete para niños era un gran cajón de arena. Aunque tendían a sacarletodo el provecho posible a los aparatos de gimnasia para los mayores, convirtiéndolos en columpios, ruletas y tirolinas.

- Aun quería tener algo más de tiempo para hablar con ellas. -esperaba tener ocasión de preguntarles sobre el "incidente" en el almacén, para ser exactos

- Ahora tienes sus teléfonos, ¿no?

-Sí, pero... yo no tengo. Ni móvil, ni en casa. Pero bueno, siempre podré rascar unas monedas para ir al locutorio, o darme un paseo a verlas. No me esperaba que me recibieran tan bien...

- Tal vez tiendas a ser demasiado negativa -repuso, otra vez con su tono de "yo sé más que tú", tan profesoril. Pero no podía discutírselo.

- Tal vez. Pero ahora no, acabo de comer demasiado bien...

- ¿Panza llena, poca rabia, eh? -soltó una carcajada y reí también.

- Eso parece. Y no estoy acostumbrada a tener poca rabia. Siempre he creído que la rabia me da fuerza -Lorca balanceó su mano en el clásico gesto de "más o menos".

- No te discuto que la rabia te haga más fuerte brevemente. Pero la calma tiene el poder de robarle su fuerza al contrincante. -ahora fui yo la que inclinó la cabeza a un lado, sin comprender. Me tomó de los antebrazos con cuidado, pero con energía, y me puso en pie- Vamos a ayudarte a bajar la comida, ¿de acuerdo? Pégame como prefieras.

A estas alturas ya sabía que si me pedía esto, más valía no discutir. Tampoco es que le fuera a hacer daño. Pero si empezaba a acostumbrarme a cómo se movía, tal vez un día de estos pudiera darle una sorpresa si se me ponía chulo. Así que me puse en guardia y le lancé un directo de izquierda.

Para mi sorpresa no esquivó ni retrocedió. Tomó la ofensiva. No es que me pegara ni nada; se adelantó hacia mi golpe en vez de echarse atrás y empujó mi antebrazo a un lado, sin apenas usar fuerza. Mi impulso lo hizo todo; fallé completamente el golpe. Probé a alcanzarle con un gancho de derecha esta vez, pero no pude tomar ningún impulso con mi brazo: al inicio de mi movimiento, él ya estaba empujando mi puño hacia abajo, impidiéndome moverlo.

- Yo estoy tranquilo. No eres débil y podrías hacerme daño si me alcanzaras. Pero tengo la tranquilidad de saber que puedo robarte tu fuerza. -Se sentó en el banco donde yo había estado y le imité- Cuando nos atacan, o nos asustamos y huimos, o nos ponemos furiosos. Esos son los dos instintos naturales. Pero somos más que máquinas de respuestas instintivas... podemos tener calma.

- Yo lo flipo. ¿De donde has salido tú, de un monasterio shaolin o algo así? ¿Esto que me enseñas es kung fu? -sacudió la cabeza, riendo.

- Nooo... un poco más japonés que eso. Hay muchas formas de pelea en el mundo, y unas son más convenientes que otras para tu carácter y tu cuerpo. Otras pueden adaptarse al usuario. Yo hago sumo. -le miré pensando que volvía a tomarme el pelo.

- Una cosa es que no haya terminado el instituto y otra que no sepa lo que es el sumo -bufé- Tú no pareces un tiparraco gordísimo de 200 kilos, precisamente.

- Da igual. El sumo tiene dos principios esenciales. Uno es el compromiso con tu propio cuerpo: convertirte en un tanque viviente. El cuerpo de un rikishi -arrugué el entrecejo un momento y añadió-, un practicante de sumo, utiliza su grasa como una armadura, y su peso como una forma de ganar potencia. Y son muy, muy fuertes de por sí. Son guerreros sagrados, ¿sabes? Viven separados de la sociedad, su peinado tradicional es obligatorio para que todos sepan que son rikishi, realizan rituales de purificación de su dohyo de lucha... Originalmente, el sumo viene del shintoísmo, la religión local. Un sacerdote se batía en duelo con un kami, un espíritu divino, antes de los rituales mayores.

- ¿... luchaba con un espíritu? O sea, ¿en serio? Imagino que sólo bailaba él sólo y fingía, ¿no? -pregunté escéptica, sonriendo de medio lado.

- Quien sabe. Como decía aquel, "hay más cosas en el cielo y la tierra que en tu filosofía".

- Empezaba a tomarte en serio -me burlé- Pero desde luego sabes pelear. ¿En serio vas a enseñarme? -asintió.

- Espero que puedas aprender a luchar usando tu calma como un escudo, en vez de tu rabia como un hacha.

- Preferiría una espada -sonreí, y me devolvió la sonrisa.

- Una espada sería precisión y disciplina. Tu estilo es más brutal que eso, no te ofendas -no lo hice, pero me crucé de brazos y miré a un costado, escondiendo mi media sonrisa. Él rió de nuevo- Con el tiempo te enseñaré a usarlo también. La fuerza cruda tiene su función en nuestras vidas, pero usarla tiende a implicar sacrificios... ¡NGH! -me giré a mirarle a tiempo de verle desplomarse adelante. Recuerdo ver el momento en cámara lenta: un hilo de sangre se despegaba a medida que él caía, caía, apenas interrumpiendo su caída con las manos, cayendo sobre ellas, rodando al suelo... Miré tras él y vi el cráneo blanco. Abrió los dientes y enseñó otros dientes dentro, más amarillos. Un salpicón de sangre manchaba la barra de hierro de construcción, pintada de negro con hollín, y manchada de rojo...

Vestía una jumper negra y una camiseta con una esvástica. Otros como él nos rodearon. SkullHeads... habían aparecido en los últimos meses. De influencia neonazi, pero se decía que influenciados sobre todo por las ideas más místicas de Hitler. Se rapaban la cabeza, sí, pero además se pintaban la cara de negro y un cráneo blanco sobre ella; algunos sólo medio cráneo, o dos esquinas de la cara. Se reunían en pequeños grupos, atacaban sin un patrón aparente, herían o, se decía, incluso mataban, y desaparecían otra vez. Barrios enteros estaban viviendo con el miedo de protagonizar el ataque del mes. La policía no solía tener efectivos para defender zonas pobres como las nuestras, y respondieron a la situación viniendo todavía menos, porque a nadie le apetece ser el héroe que va sólo sin poder pedir refuerzos a que un maníaco te estrangule con una cadena de acero.

Me levanté de un salto y escudriñé la oscuridad a mi alrededor. Eran seis. El primero se había acercado en silencio. El resto, una vez eliminado Lorca, nos rodeaban trazando un círculo del que nosotros éramos el centro, avanzando hacia el banco sin prisas. Esperaba amenazas, pero sólo reían, una risa baja y grave. Preguntarme qué se propondrían me llenó las entrañas de un peso ácido. De pronto tenía frío, mucho frío, que venía más de dentro de mí que de fuera. Uno de los Skulls hacía girar una cadena que llevaba una bola de cemento, erizada de clavos hacia fuera, en el extremo. Otro cargaba al hombro una barra gruesa metálica; había sumergido la punta en un cubo de cemento y ahora la llevaba como una maza enorme. Los otros cuatro llevaban barras, una cada uno; no, uno de ellos llevaba dos, me di cuenta cuando las hizo entrechocar, marcando un ritmo como un tambor tribal.

No podía huir y dejar a Lorca atrás. No podía irme tampoco. Sólo me iba girando, en una y otra dirección, tratando de saber donde estaba cada uno, de buscar un hueco, una oportunidad de que saliéramos de esta. Lorca probablemente necesitara un hospital. Tal vez si hubiera tenido un móvil hubiera tenido más opciones. Si mi padre... traté de no dejar que esos pensamientos me distrajeran. No ahora, no aquí. 

El primero en llegar hasta mí lo hizo estando yo de espaldas. Quiso agarrarme el hombro, creyendo que yo no sabía que ya le tenía tan cerca. Estaba esperándolo. En el mismo momento en que me tocó, me giré y le lancé un puñetazo a la cara. Fue muy satisfactorio ver su cara estúpida de sorpresa y dolor, que me dio ocasión de patearle la cabeza y derribarlo con la sien abierta por los hierros de mi bota.

El de la cadena se acercaba corriendo; corrí a ponerme detrás de una de las ruedas para rehabilitar las muñecas del parque de ancianos, un círculo con radios como una rueda de bicicleta y un par de agarraderas que sujetar. El Skull hizo girar la bola de clavos sobre su cabeza con la cadena y la lanzó; la cadena giró al engancharse con la rueda y la bola pasó silbando sobre mi cabeza; me arrancó el pañuelo y me dio un tirón. Di un grito de miedo, en el momento ni sentí que me doliera, sólo la sensación cálida y fría de un arañazo recién abierto.

Tiré hacia abajo de la rueda con todas mis fuerzas. El Skull no se esperaba un tirón repentino de la cadena: la llevaba enrollada en la muñeca, y el estirón le desequilibró, le hizo tropezar, le atrajo hacia mí. Detuvo la rueda que aun giraba y la sujetó con las manos, me agarró de la camiseta a través de los radios para que no escapara. El muy imbécil. Le pateé la pantorrilla con una patada baja de muay thai. Es un golpe seco en el muslo que puede hacer imposible aguantar de pie si se da bien. Yo no daba para tanto, pero soltó mi camiseta con un chillido. Aproveché para hacer girar la rueda una vez más, su brazo aun atrapado en medio y sujeto por mí. Crujió. La giré más fuerte. Aulló.

Hasta aquí llegó mi suerte. Me agarraron por detrás, sujetándome cuello y cabeza. Me ahogaba. En la tele uno se libra de esto dando codazos en las costillas a su atacante, pero esto no es tan fácil. Al primer intento fallé, y al segundo él dio un paso atrás, apretando mi cabeza hacia abajo, tirando de mí hasta hacerme caer sentada y sin poder respirar. Otros dos me sujetaron una pierna cada uno. El último, que parecía el líder, vino hasta mí. Se colocó entre mis piernas y se lamió los labios pintados como dientes. El contraste del rojo contra el negro y el blanco en la oscuridad realmente hacía pensar en la imagen grotesca de una calavera con lengua.

- No, no, no. No te toca estar con un rubito, tía. Hoy te toca estar con un hombre de verdad -vi cómo se abría el cinturón. Quería gritar y no podía. Quería defenderme y no podía. Estaba rabiosa y toda mi rabia era inútil para hacer nada.

En aquel momento vi caer chillando al tipo al que había retorcido el brazo a mi lado; cayó de cara sobre la gravilla, abriendo un surco en el suelo que le llenó la cara de rayas rojas, y dejó de gritar. El líder Skull miró hacia atrás. Yo miré. Todos miramos.

Lorca estaba a unos cinco metros de nosotros, en pie, la cabeza gacha, y su boca llena de vaho. Era una noche de verano. Y él echaba vaho por la boca. ¿Tenía fiebre o qué? ¿Y había arrojado a este Skull desde allí?

Se agachó y corrió. O embistió. Supongo que mi mente estaba intentando fijarse en detalles que no fueran horribles. Observé cómo se movía, nunca vi a alguien correr así. Parecía a punto de ponerse paralelo al suelo, avanzaba muy rápido y aun así parecía que no podría correr así sin caer hacia delante. Lo hizo, en realidad. Se lanzó con todo su peso y velocidad sobre el Skull que sujetaba mi pierna izquierda, le tomó por la nuca, sus pies derraparon en la grava y su rodilla se adelantó.

La cara del Skull estalló contra el rodillazo. Estalló como una granada de sangre y pedazos de dientes. Ojalá eso lo hubiera dejado KO, pero no tuvo tanta suerte. Se desplomó hacia atrás y bramó por una boca destrozada y una nariz rota y gorgoteó en su propia sangre y saliva.

Lorca no se detuvo, ya tenía otro objetivo. 
De su garganta salía un sonido grave, un ruido gutural, bajo y pesado y que no parecía humano. Estaba agachado y todos nosotros parecíamos paralizados, ridículamente lentos mientras él incrustaba la palma de su mano en el costillar del que sujetaba mi otra pierna. La mano se hundía adentro en su cuerpo, demasiado adentro. Por un momento creí que saldría por el otro lado; en vez de eso el cuerpo cayó deformado por el impacto, abollado, y vi sangre brotar de la boca y nariz del Skull derribado y en shock. Hemorragia interna, de un sólo golpe a mano desnuda.

Estaba demasiado aterrorizada para usar las piernas que habían quedado libres. Pero tenía esta oportunidad; agarré mi miedo y me obligué a convertirlo en rabia desesperada.

El cerdo que me sujetaba, el de Media Calavera pintada, sólo podía mirar boquiabiertocómo Lorca levantó con una mano a su colega, que berreaba sin parar; alzó la mano con la palma hacia abajo, y golpeó. Un golpe de mano plana de sumo alcanzó de pleno al Skull herido en la cabeza y lo echó hacia abajo con tanta fuerza que la vi rebotar contra el suelo, y ya no chilló más.

Pataleé y el de Media Calavera no pudo evitar que me liberara. Le di un codazo en el estómago con todas mis fuerzas y me levanté. Entre los gritos del último Skull y el gruñido bajo, animal, incesante, de Lorca, yo quería huir de aquella pesadilla. Quería que el día no hubiera empezado así. Quería que Alyosha volviera a aparecer sin que me lo esperara y tomara el control. Alyosha me dijo que Lorca me protegería. ¿Era esto protegerme? Sí, pero me daba miedo reconocerlo en este punto. Pero sin duda me había salvado.

Todo esto logró pasar por mi mente en los pocos segundos que tuve de libertad, trotando hasta los límites del parque. Media Calavera me placó por la cintura y caímos al suelo los dos. Supongo que ya sólo quería que no pudiera pedir ayuda antes de que lo que quedaba de sus hermanos y él se esfumaran, no hacerme daño. Pero en aquel momento sólo pensé que todavía no había terminado, que querían forzarme, que me... ¡No!

Me retorcí hasta quedar boca arriba. Media Calavera alargó una mano hacia mi cuello. Interpuse mi rodilla, y le sujeté la mano con todas mis fuerzas. Fue eso. Tenerla sujeta...

Le pateé en la cabeza. Le hice daño, pero no suficiente, no me soltó. Sentí lágrimas en los ojos y las rechacé porque no podía permitirme no ver. Le pateé de nuevo, sin dejar que su mano se acercara, sin soltarla. El ojo se le hinchaba por momentos y sangraba por la nariz, y sólo parecía más horrible. Pateé de nuevo y esta vez tiré de su brazo hacia mí a la vez, gritando.

Se oyó un sonido como el de un trueno. El Skull se vino abajo hacia un lado con la cabeza girada en un ángulo repugnante. Eso fue todo. Un sonido... como el de un trueno.

sábado, 7 de junio de 2014

Djinn Despierta (8): Inferludio

Mi hija jamás haría eso.


Sí lo hará.

No tiene por qué.

No lo haría. Gina no es así.


Lo tiene dentro.

Todos podemos ser así en las circunstancias correctas.

Será equivocadas.


Cierto.

Pero aun así...


Aun así nada. No tiene escapatoria.

Sí la tiene. Siempre la tiene. Es parte de las normas.

¿Qué normas?


Cuanto menos sepas mejor. Ya has hecho tu parte.

Ya has hecho demasiado, Renardo.

Yo no quería esto.


Claro que sí. Esto es lo que realmente querías.

Yo no quería esto. Yo sólo...


Sólo dejaste que ocurriera.

No le juzgues con tanta dureza.

Yo...


Cállate. Por favor.

Pero...


O perderé los nervios.

Eres demasiado severo con Renardo. ¿Verdad que sí, Rennie? Tú sólo has sido parte de algo grande, algo más grande que tú y tu hija, ¿n'est ce pas?

Mi hija... ¿no hay otra forma?


No.

No.

Entonces, ¿no es culpa mía?


Au contraire.

Ha sido tu decisión, no lo olvides.

Pero no es culpa tuya. Sólo eres el penúltimo eslabón de la cadena.

Podrías ser el último si quisieras.

¿... Podría?


... Sí. Técnicamente sí. Podrías interrumpirlo todo y ser un fracasado. Como lo has sido siempre. Podrías fastidiar todo una vez más.

Tullius...

Silencio. Te he dejado asistir como un favor personal. Pero ya has dicho suficiente.

Yo diré cuando ha sido suficiente.

Maudit bâtard! ¡No tienes derechos aquí!

Cierto. Pero no quieres oponerte a mí, Tullius.

...

...


Lo que ha dicho es cierto, Renardo. Puedes hacer fracasar esto. Debes decidir si eso sería algo malo o algo bueno.

Tu decisión ya no cambiará nada. Ya está todo en marcha. Ya han ido a por ellos.

Yo... c-comprendo.


Pero al menos habrás tomado una decisión y podrás vivir con ella.

...


Ahí se marcha. Patético deshecho de humanidad.

Pero puede hacer cambiar todo, digas lo que digas.

Muérete, Alyosha.

Qué más quisiera yo. Pero aun tengo mucho que hacer.

martes, 6 de mayo de 2014

Djinn Despierta (6): Salomón

"Yo soy Ba'al, amo y señor. Soy Moloch, rey y monarca. Soy Quemós, destructor que somete. Soy Anu, señor del cielo. Soy Astral, sin carne mía, y carne ansío. Pacto antiguo arraigado en tus generaciones, antepasados de sangre, vínculo de sangre, sacrificio de sangre. Tu primogénito, mi sacrificio. Por su vida, mi favor."

Salomón soñaba sin sueños, envuelto en un eco de estas palabras. Tan lejos, tan torcido, tan viejo y tan necio. Hacía mucho que no se reconocía a sí mismo. El rey abrió los ojos envidriados y desenfocados. ¿Cómo empezó todo?

Eran hermosas, sumisas, incitantes. Mujeres enviadas como tributo desde Moab y Ammon, que danzaban curvándose como juncos húmedos y se agitaban ondulantes, primero en sus salones y después en sus aposentos y finalmente en su lecho. Le devoraron, se devoraron entre sí. Las vio competir por su atención y dedicación y se sintió complacido. Él era su deseo y su ansia. Ellas eran su fiebre y sus noches sin sueños, sus Qarinah* vivientes.

Y cuando no pudo resistirse más a sus tentaciones, empezaron a negárselas. Él las buscaba con ansia y ellas se le daban cada vez menos, y le despreciaban cuando concedían sus favores. Le decían que no era hombre suficiente y que no las satisfacía. Se sintió humillado, él que había sido llamado sabio entre los sabios, y bendecido para serlo por Él... Aquel fuera de quien no hay dios, el Altísimo; pero su masculinidad ahora dependía de sus mujeres. En su mente y su espíritu aun sabía quién era y quién debía ser, pero el fuego de la vergüenza y la impotencia de su carne no le dejaban serlo.

Buscó soluciones, imploró, persiguió. La paz que una vez había sido su nombre mismo se le escurría de entre los dedos. Buscó a los que adoraban la fertilidad, buscó a los viejos dioses, los dioses prohibidos que una vez persiguió y abatió. Sus mujeres dieron su aprobación y le recompensaron cuando el rey marchito levantó los altares a los dioses de sus tierras. Salomón vió lo que no había querido ver: no hubo diferencia en él. Nada cambió realmente. Había caído bajo el control de estas concubinas ladinas y engañosas. Esclavo de sus esclavas, esclavo de su bajo vientre. Y ya no supo detenerse.

Se dice que el Altísimo levantó un hombre santo que acudió a Salomón y le habló de cómo volverse de los caminos malditos. Pero Salomón no osó escuchar la sabiduría de la justicia. Levantó entonces Shaytan a un hombre corrompido por setenta y siete espíritus que le dominaban e instruían en las artes de los Astrales para robar y matar y devastar, y buscó a Salomón y le habló conociendo su maldad y su sufrimiento y le instruyó en su oscuro poder, para que gobernara a los que le atormentaban aliándose con un Astral más grande que ellos, un Djinn**. Y avergonzado por su debilidad, Salomón escuchó y declaró en nombre del oscuro poder que les serviría. Y aliado con el, envió lejos a los espíritus de sus noches y a los que le enfermaban y a los que le consumían, y los encerró bajo siete sellos y puso condiciones secretas para que pudieran ser liberados, que sólo el Altísimo debería conocer.

Pero también el Djinn tenía poder sobre él ahora y atormentaba con pesadillas su mente interior. Por ello, Salomón lloró lágrimas amargas y pactó con el Astral que le abandonara, prometiéndole su primogénito varón de una de sus concubinas ammonitas. Y el Djinn aceptó y le abandonó a partir de entonces, mas la concubina, instruída por el espíritu, huyó del palacio tan pronto como quedó encinta.

Dicen las crónicas que en sus últimas horas Salomón se arrepintió y lloró y se cubrió la cabeza de ceniza en actitud de duelo, y pidió perdón al Altísimo hasta que al cabo durmió y fue junto a sus padres. Y hubo paz en su rostro cuando expiró el último suspiro.

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* Qarinah: Espíritu que tiene relaciones carnales con la persona que posee durante el sueño, súcubo.
** Djinn: en la mitología islámica, Allah creó como seres conscientes a los ángeles, los hombres y los djinn (genios), que en muchos aspectos se equiparan a los demonios judeocristianos.

miércoles, 11 de junio de 2008

Sobre el suicidio y Alyosha

Siempre me he preguntado cómo puede haber alguien con la sangre fría de escribir su propia nota de suicidio. Atenazado por un miedo o una angustia tan sobrecogedores como para decidir deshacerte de ti mismo, te sientas y escribes tu último mensaje. Una despedida, una disculpa, una maldición, lo que sea. ¿Cómo lo hizo mi tío Néstor? Decía no tener fuerzas para seguir viviendo ni un minuto más, ¿cómo pudo sentarse durante horas y relatar lo que él llamaba el fracaso de su vida?

Bueno, la respuesta es que resulta liberador. Notas a tu fin acercándose, no lo dudas; de hecho, por primera vez, se termina el pánico subliminal que moraba en ti desde que fuiste consciente de tu propia mortalidad. Fin. Sin miedo, alcanzas la paz. Ya no temes morir, todo lo contrario: tienes fe en la muerte. No viene ella a por ti, como un ladrón en la noche. Eres tú quien llama a su puerta. Tu mente se sosiega tanto que puedes contemplar lo horrible que es sentir esta calma, como si tu corazón muriera por sí mismo cuando decides morir por entero. El horror de esa revelación te golpearía si siguiera importándote, si tuviera donde golpear. Pero te has puesto más allá de su alcance, y estúpidamente crees que eso te hace superior.

Huyes. Dílo claro. Huyes de tus seres queridos, tus responsabilidades hacia ellos. Huyes de tu enfermedad porque la esperanza de curarte te hace sufrir al no cumplirse, así que haces desaparecer la posibilidad de volver a estar sano, y así no sufres. En vez de perseverar por lo mejor, te lanzas a la seguridad de lo peor. Maldito seas por rendirte. Dios te perdone, y que me perdone a mi por maldecirte. Pero escoger morir… nunca entenderéis, desgraciados, que los que tenemos a la muerte a flor de piel no podemos evitar odiaros. Yo siento a los gusanos de las vidas condenadas royéndome el espíritu, de día y de noche, susurrando vuestras mentiras. Son mi herencia y, retorcidamente, mi propia esperanza. Y habrán muchos más antes de que pueda ser libre yo mismo y mi existencia termine al fin.

Hasta entonces, sólo quisiera estar ahí antes de que vuestro camino se tuerza. Y besaros y abrazaros y daros una pizca de afecto, que tanto puede hacer cuando no parece haber escapatoria. Y probablemente, sólo por haberlo pensado, luego espero que me déis permiso para abofetearos. Sólo una vez. Que sean dos. Os lo agradecería de corazón.

martes, 29 de abril de 2008

Mi gata Talim

Un peso ondula sobre mi pecho cuando intento reunir ánimos para despertarme. Mi gata Talim me mulle mientras ronronea. Todos los felinos pueden ronronear. Los pumas ronronean. Los linces ronronean. Sirve para relajar a los cachorros mientras nacen. Mi gata de kilo y medio ronronea a un adulto de cincuenta veces su peso. ¿Por qué?

El gato doméstico es el felino más pequeño que existe, y el que más usa su ronroneo. No necesita cazar, juega más que caza. A veces matan pequeñas presas. A veces se las comen, otras no. Y ronronean, ronronean, ronronean. No me puedo levantar. Me duermo. ¿Para qué lo hace? ¿Para qué me duerme? Me imagino al gato, con esos ojos que brillan sin luz, o con luz propia, o simplemente que ven más allá. Tiene los ojos cerrados, pero sé que debajo brillan, debajo de los párpados y del ronroneo. Está acechando.

Acecha mi sueño. En cuanto yo me duerma, empezaré a soñar, y mi gata saltará sobre el sueño. Quizá se lo coma, quizá no. Quizá nos controlan, nos someten. Nos mullen, clavándonos las garras con gesto inocente y disimulado sadismo. Son astutos y perversos, y nos dominan con su sutileza, tocan nuestras mentes desnudas…

-Piensas demasiado -me dice mi gata Talim.

"La verdad, tiene razón", medito mientras me vuelvo a dormir.

jueves, 10 de abril de 2008

Desde la Oscuridad

Si las demás personas se atreven a salir de sus casas es porque a ellos no intenta aplastarlos. Como un océano de aire destapado, lleno de peligros sin un origen visible, el exterior vigila con la única intención de devorar, tarde o temprano, todo lo que se confía y se refugia debajo de él. Prefiero con mucho enfrentarme a mi casa, que parece hecha de ruidos por todas partes, en cada sucio rincón. La porquería se acumula por todas partes, arrastrada por las corrientes de aire que pretenden alcanzarme, la forma que tiene el exterior de acercarse e intentar rodearme. Hay demasiado por limpiar, siempre demasiado, debajo de la cama y la mesa, en el pequeño lavadero. Si intento recogerlo, los soplidos del viento remueven toda esa ceniza para hacerme toser, para asfixiarme. Y yo siempre huyo, porque no puedo luchar contra eso, no puedo salir fuera o abrir las puertas. Yo no. Ya no. Huyo y enciendo mi radio, donde puedo oír voces amigas que hablan a los oyentes, que me hablan a mí. Ya no tengo televisor. La televisión no habla contigo, sólo dice cosas. En ningún programa jamás me dijeron nada.

Los médicos me dijeron que hicieron cuanto pudieron por mi madre, y durante meses se alternaron las esperanzas de recuperación y las crisis que la alejaban de la vida. Mamá se llamaba Mireia, como yo, Mireia Bravo madre de Mireia Martínez. Mamá me protegió de pequeña, porque nunca estuvimos con mi padre, y me enseñó a jugar al escondite. Ella contaba mientras yo me escondía, y luego me buscaba por todas partes, y yo me quedaba muy muy quieta para que no pudiera pasarme nada. Y luego salía para poder estar con mi Mamá. Mamá no se despertó en los nueve meses que pasaron desde el accidente; nueve meses para gestar su muerte. Sólo recobró la conciencia durante doce minutos, mientras yo la velaba. Mamá murió despierta, vomitando sangre, llorando sangre, deshaciéndose. Adios, Mamá. Gracias por enseñarme lo que puede pasar en la calle.

Aprendí de Mamá. Ella me legó su prudencia, su piso -donde ahora vivo- y sus últimos momentos. No en el hospital, no atravesada por tubos que la mantenían viva como los hilos de una marioneta la mantienen de pie. En mis sueños la veía morir, me convertía en ella cuando el coche la perseguía. Los faros brillantes, horribles. Me abrasan la piel de la cara y las manos. Me queman los párpados para que no pueda dejar de mirar. Me persiguen y me acosan hasta que me acorralan. Y despues de eso, por suerte, me muero y se acaba todo.

Pero el miedo se despierta a la vez que yo. La primera vez que tuve el sueño, me levanté y rápidamente encendí la lamparita de mi cabecera. Sudaba y lloraba, toda la cara llena de agua salada de mi piel y mis lágrimas. Lo único que distinguía uno de otro era que el sudor helado me escocía cuando me entraba en los ojos. La segunda vez me di cuenta, entre el llanto, de que mi lámpara se me había quedado mirando. Brillaba. Me puse nerviosa y la apagué para que no se le ocurriera hacerme daño. Esta tercera vez lo ha conseguido. Caí desde el sueño hasta mi cuerpo, con mi corazón intentando huir de mi pánico, saltando con mucha fuerza desde mi interior, y por instinto encendí la luz. La luz. En cuanto pulsé el interruptor se volcó encima mío el calor odioso de la bombilla. Intenté arrancarla del portalámparas y me atacó, me quemó la mano. Cogí el portalámparas y tiré con miedo y dolor hasta que el cable se partió y la luz murió. Entonces he vuelto a llorar y he corrido por la casa sucia de sombras hasta el cuarto de baño, y he abierto el grifo y vertido agua fría sobre mi mano herida.

Bajo todas las persianas y cubro las vidrieras del patio de luces con cortinas opacas, por si la luz del sol decide hacerme daño también. Horas despues, horas que he pasado sin dejar de sollozar, veo que ha bastado para protegerme. El piso queda en una penumbra vibrante, que sería agradable si no estuviera en un lugar tan repugnante como mi casa. Por primera vez, veo lo que ocurre normalmente en mi hogar cuando yo no estoy. Las sombras de mis muebles se retuercen muy despacio, cobran vida y ríen silenciosas carcajadas. Son monstruosas porque encarnan todo lo malo que habita en mí. Se alimentan de mí, del odio, la rabia, el desprecio y la impotencia que ellas y yo misma me inspiran. Han puesto a la luz en mi contra y ahora no tengo nada que emplear contra ellas. Camino por la casa buscando algo con que defenderme.

Un zumbido grave y eléctrico gruñe sin cesar; mi radio también me odia ahora. ¿Cuanto tiempo lleva rugiendo en voz baja? ¿Desde la noche anterior, el día anterior, la semana anterior? Gorgotea constantemente, moribunda. Como Mamá. Me acerco y la apago, como quería Mamá que hicieran con ella, pero ella no pudo decirlo. El silencio de cementerio que se ha formado sin mi radio es infernal. Diabólico. Siento la tentación de encenderla otra vez para sentirme mejor. ¿Fue por eso que no dejaban que mi madre muriera? ¿Para ellos? No quiero creerlo. Tiro la radio muerta al suelo y la pisoteo, salto sobre ella para que no tenga que sufrir más, y despues corro de nuevo hacia mi cuarto, donde puedo meterme en la cama y cerrar los ojos para que no haya más oscuridad que la de mis sueños, inofensiva.

Al correr, una sombra se me enrosca en la pierna para hacerme caer. Me derriba contra la mesa y arrastro al suelo a dos sillas conmigo, una de las cuales me hace daño. No podré llegar a mi cuarto. No tengo oportunidad de huir. No puedo salir a la calle, al aire libre, al exterior, para no sufrir como Mamá. No puedo descorrer las cortinas para destruir la oscuridad, abriendo paso a la luz, para no sufrir como Mamá. No me puedo quedar en este piso enfermo y mugriento conquistado por las tinieblas, o me arrastrarán al infierno y sufriré como sufre ahora Mamá. No tengo salida. No tengo armas. No puedo hacer nada...

Sí. Sí, me queda una posibilidad. Qué ciega he estado al no verla.




Ya no hay nada. No hay miedo. No hay infierno. No hay un infinito espacio abierto. No hay suciedad que ahoga. No hay luz de llamas ni sombras crueles. Las únicas cosas que hay son un dolor que se esfuma poco a poco; el cuchillo en mi mano derecha; mis ojos, rígidos y quebrados, llenos de jugo, en mi mano izquierda; y el resto del mundo es la oscuridad de mis sueños, inofensiva.