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domingo, 15 de junio de 2014

Djinn Despierta (9): Violencia

- Hay mucho más en ti de lo que creía posible.

Lorca tal vez tardó en darse cuenta. Pero soy una chica impresionante, y ya era hora de que empezara a quedar impresionado.

- En serio, estas pizzas miden medio metro de diámetro y te la has comido casi toda. ¿Cómo te puede caber tanto dentro?

Eh, por algo se empieza. Y además, en este punto toda yo era sólo un estómago feliz, un estado que añoraba mucho y en el que muy poco puede afectarte. Apenas era consciente de los intentos esporádicos de Ester de pararse en nuestra mesa más de veinte segundos, pero los agradecía mucho. Arielle se ocupaba de la caja sobre todo, pero cada vez que miré hacia ella me dirigió una sonrisa.

Así soñaba yo que eran las familias cuando era pequeña.

Al final Arielle se acercó con la cuenta. No, de hecho se acercó con un papel con el teléfono de las dos, nada más.

- Chicas, soy yo quien paga, no ella. -dijo Lorca

- Nos da igual. No queremos nada tuyo, rubito -respondió Ester, arrancándome una risa. Ya iba siendo hora de que le pusieran un poco en su sitio. O lo sería, si él no se hubiera encogido de hombros y añadido:

- Vuestras pizzas son una pasada. Muchas gracias.

- La pizza es lo contrario de los cereales... -murmuré.

- Oh-oh -dijo Ester.

- ¿Oh-oh qué?

- Verás -intervino Arielle-, cuando Gina se llena así le pasa esto. Se queda como en las nubes y habla con...

- ... la sabiduría de la pizza -concluyeron las dos al unísono. Como si no hiciera años que no me decían tal cosa. Pero ahí estaba, en perfecta armonía.

- La pizza es salada. Los cereales dulces.

- Como sabiduría no es nada del...

- Ssst -le hicieron callar las dos.

- La pizza lleva harina que se amasa y se hornea para comerlo caliente -proseguí, perdida en mi estado de empacho mental- El cereal se hornea y se sirve frío. La masa es blanda y se pone crujiente. El cereal es crujiente y se pone blando. La pizza tiene queso, pegajoso y sabroso y lleno de aroma. Los cereales tienen leche, líquida y pasteurizada y sin gusto. A la pizza le pones tomate, olivas y carne. A los cereales le pones frutas del bosque, trocitos de manzana y pasas, o eso dice la caja, porque en realidad no lo hace nadie...

- Guau -respondió Lorca, sin más que decir por una vez.

- Se puede pasar un buen rato así -asintió Ester- No sabemos por qué, pero si le ofreces Sprite vuelve a la normalidad.

- ¿Ha dicho alguien Sprite? -abrí los ojos semicerrados y miré alrededor; Ester, previsoramente, tenía un botellín y un vaso con hielo. Y menos mal, me moría de sed...

Lorca se echó a reir. Y esta vez me permití hacer lo mismo. Hasta las chicas se unieron. Era una risa llena de vida, la suya. Daban ganas de oirla más, y supongo que por eso te reías con ella, para que creciera.

- Chicas, ha sido un placer -se despidió- Voy a escoltar a esta chica a casa antes de que la sabiduría de la pizza regrese.

- La mejor tortuga ninja fue siempre Leonardo... -entoné.

- Oh, cielos. Nos vemos, Arielle, Ester -lo último que me esperaba era que se agachara, me agarrara por los tobillos y se incorporara. Me echó sobre un hombro como a un saquito de piernas largas y salió corriendo conmigo a cuestas entre las protestas de las tres.

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- ¿Piensas bajarme pronto o qué?

- ¿Tienes queja del transporte?

- Bueno, la amortiguación está bien, pero la carrocería deja que desear -mentí-, y la tapicería... ¿en serio, cuantos años tiene esta chaqueta?

- Vale, ese es un tema que no vamos a tocar -se había parado en un parque a pocas manzanas de mi casa. O lo que para el ayuntamiento pasaba por parque. Era un pegote; un parche de oxígeno en vez de uno de nicotina para que la adicción al aire limpoio nos fuera más llevadera mientras nos acostumbrábamos a la polución que nos tocaba tragar por vivir al lado de un polígono industrial. La hierba bordeaba el amarillo, y el único juguete para niños era un gran cajón de arena. Aunque tendían a sacarletodo el provecho posible a los aparatos de gimnasia para los mayores, convirtiéndolos en columpios, ruletas y tirolinas.

- Aun quería tener algo más de tiempo para hablar con ellas. -esperaba tener ocasión de preguntarles sobre el "incidente" en el almacén, para ser exactos

- Ahora tienes sus teléfonos, ¿no?

-Sí, pero... yo no tengo. Ni móvil, ni en casa. Pero bueno, siempre podré rascar unas monedas para ir al locutorio, o darme un paseo a verlas. No me esperaba que me recibieran tan bien...

- Tal vez tiendas a ser demasiado negativa -repuso, otra vez con su tono de "yo sé más que tú", tan profesoril. Pero no podía discutírselo.

- Tal vez. Pero ahora no, acabo de comer demasiado bien...

- ¿Panza llena, poca rabia, eh? -soltó una carcajada y reí también.

- Eso parece. Y no estoy acostumbrada a tener poca rabia. Siempre he creído que la rabia me da fuerza -Lorca balanceó su mano en el clásico gesto de "más o menos".

- No te discuto que la rabia te haga más fuerte brevemente. Pero la calma tiene el poder de robarle su fuerza al contrincante. -ahora fui yo la que inclinó la cabeza a un lado, sin comprender. Me tomó de los antebrazos con cuidado, pero con energía, y me puso en pie- Vamos a ayudarte a bajar la comida, ¿de acuerdo? Pégame como prefieras.

A estas alturas ya sabía que si me pedía esto, más valía no discutir. Tampoco es que le fuera a hacer daño. Pero si empezaba a acostumbrarme a cómo se movía, tal vez un día de estos pudiera darle una sorpresa si se me ponía chulo. Así que me puse en guardia y le lancé un directo de izquierda.

Para mi sorpresa no esquivó ni retrocedió. Tomó la ofensiva. No es que me pegara ni nada; se adelantó hacia mi golpe en vez de echarse atrás y empujó mi antebrazo a un lado, sin apenas usar fuerza. Mi impulso lo hizo todo; fallé completamente el golpe. Probé a alcanzarle con un gancho de derecha esta vez, pero no pude tomar ningún impulso con mi brazo: al inicio de mi movimiento, él ya estaba empujando mi puño hacia abajo, impidiéndome moverlo.

- Yo estoy tranquilo. No eres débil y podrías hacerme daño si me alcanzaras. Pero tengo la tranquilidad de saber que puedo robarte tu fuerza. -Se sentó en el banco donde yo había estado y le imité- Cuando nos atacan, o nos asustamos y huimos, o nos ponemos furiosos. Esos son los dos instintos naturales. Pero somos más que máquinas de respuestas instintivas... podemos tener calma.

- Yo lo flipo. ¿De donde has salido tú, de un monasterio shaolin o algo así? ¿Esto que me enseñas es kung fu? -sacudió la cabeza, riendo.

- Nooo... un poco más japonés que eso. Hay muchas formas de pelea en el mundo, y unas son más convenientes que otras para tu carácter y tu cuerpo. Otras pueden adaptarse al usuario. Yo hago sumo. -le miré pensando que volvía a tomarme el pelo.

- Una cosa es que no haya terminado el instituto y otra que no sepa lo que es el sumo -bufé- Tú no pareces un tiparraco gordísimo de 200 kilos, precisamente.

- Da igual. El sumo tiene dos principios esenciales. Uno es el compromiso con tu propio cuerpo: convertirte en un tanque viviente. El cuerpo de un rikishi -arrugué el entrecejo un momento y añadió-, un practicante de sumo, utiliza su grasa como una armadura, y su peso como una forma de ganar potencia. Y son muy, muy fuertes de por sí. Son guerreros sagrados, ¿sabes? Viven separados de la sociedad, su peinado tradicional es obligatorio para que todos sepan que son rikishi, realizan rituales de purificación de su dohyo de lucha... Originalmente, el sumo viene del shintoísmo, la religión local. Un sacerdote se batía en duelo con un kami, un espíritu divino, antes de los rituales mayores.

- ¿... luchaba con un espíritu? O sea, ¿en serio? Imagino que sólo bailaba él sólo y fingía, ¿no? -pregunté escéptica, sonriendo de medio lado.

- Quien sabe. Como decía aquel, "hay más cosas en el cielo y la tierra que en tu filosofía".

- Empezaba a tomarte en serio -me burlé- Pero desde luego sabes pelear. ¿En serio vas a enseñarme? -asintió.

- Espero que puedas aprender a luchar usando tu calma como un escudo, en vez de tu rabia como un hacha.

- Preferiría una espada -sonreí, y me devolvió la sonrisa.

- Una espada sería precisión y disciplina. Tu estilo es más brutal que eso, no te ofendas -no lo hice, pero me crucé de brazos y miré a un costado, escondiendo mi media sonrisa. Él rió de nuevo- Con el tiempo te enseñaré a usarlo también. La fuerza cruda tiene su función en nuestras vidas, pero usarla tiende a implicar sacrificios... ¡NGH! -me giré a mirarle a tiempo de verle desplomarse adelante. Recuerdo ver el momento en cámara lenta: un hilo de sangre se despegaba a medida que él caía, caía, apenas interrumpiendo su caída con las manos, cayendo sobre ellas, rodando al suelo... Miré tras él y vi el cráneo blanco. Abrió los dientes y enseñó otros dientes dentro, más amarillos. Un salpicón de sangre manchaba la barra de hierro de construcción, pintada de negro con hollín, y manchada de rojo...

Vestía una jumper negra y una camiseta con una esvástica. Otros como él nos rodearon. SkullHeads... habían aparecido en los últimos meses. De influencia neonazi, pero se decía que influenciados sobre todo por las ideas más místicas de Hitler. Se rapaban la cabeza, sí, pero además se pintaban la cara de negro y un cráneo blanco sobre ella; algunos sólo medio cráneo, o dos esquinas de la cara. Se reunían en pequeños grupos, atacaban sin un patrón aparente, herían o, se decía, incluso mataban, y desaparecían otra vez. Barrios enteros estaban viviendo con el miedo de protagonizar el ataque del mes. La policía no solía tener efectivos para defender zonas pobres como las nuestras, y respondieron a la situación viniendo todavía menos, porque a nadie le apetece ser el héroe que va sólo sin poder pedir refuerzos a que un maníaco te estrangule con una cadena de acero.

Me levanté de un salto y escudriñé la oscuridad a mi alrededor. Eran seis. El primero se había acercado en silencio. El resto, una vez eliminado Lorca, nos rodeaban trazando un círculo del que nosotros éramos el centro, avanzando hacia el banco sin prisas. Esperaba amenazas, pero sólo reían, una risa baja y grave. Preguntarme qué se propondrían me llenó las entrañas de un peso ácido. De pronto tenía frío, mucho frío, que venía más de dentro de mí que de fuera. Uno de los Skulls hacía girar una cadena que llevaba una bola de cemento, erizada de clavos hacia fuera, en el extremo. Otro cargaba al hombro una barra gruesa metálica; había sumergido la punta en un cubo de cemento y ahora la llevaba como una maza enorme. Los otros cuatro llevaban barras, una cada uno; no, uno de ellos llevaba dos, me di cuenta cuando las hizo entrechocar, marcando un ritmo como un tambor tribal.

No podía huir y dejar a Lorca atrás. No podía irme tampoco. Sólo me iba girando, en una y otra dirección, tratando de saber donde estaba cada uno, de buscar un hueco, una oportunidad de que saliéramos de esta. Lorca probablemente necesitara un hospital. Tal vez si hubiera tenido un móvil hubiera tenido más opciones. Si mi padre... traté de no dejar que esos pensamientos me distrajeran. No ahora, no aquí. 

El primero en llegar hasta mí lo hizo estando yo de espaldas. Quiso agarrarme el hombro, creyendo que yo no sabía que ya le tenía tan cerca. Estaba esperándolo. En el mismo momento en que me tocó, me giré y le lancé un puñetazo a la cara. Fue muy satisfactorio ver su cara estúpida de sorpresa y dolor, que me dio ocasión de patearle la cabeza y derribarlo con la sien abierta por los hierros de mi bota.

El de la cadena se acercaba corriendo; corrí a ponerme detrás de una de las ruedas para rehabilitar las muñecas del parque de ancianos, un círculo con radios como una rueda de bicicleta y un par de agarraderas que sujetar. El Skull hizo girar la bola de clavos sobre su cabeza con la cadena y la lanzó; la cadena giró al engancharse con la rueda y la bola pasó silbando sobre mi cabeza; me arrancó el pañuelo y me dio un tirón. Di un grito de miedo, en el momento ni sentí que me doliera, sólo la sensación cálida y fría de un arañazo recién abierto.

Tiré hacia abajo de la rueda con todas mis fuerzas. El Skull no se esperaba un tirón repentino de la cadena: la llevaba enrollada en la muñeca, y el estirón le desequilibró, le hizo tropezar, le atrajo hacia mí. Detuvo la rueda que aun giraba y la sujetó con las manos, me agarró de la camiseta a través de los radios para que no escapara. El muy imbécil. Le pateé la pantorrilla con una patada baja de muay thai. Es un golpe seco en el muslo que puede hacer imposible aguantar de pie si se da bien. Yo no daba para tanto, pero soltó mi camiseta con un chillido. Aproveché para hacer girar la rueda una vez más, su brazo aun atrapado en medio y sujeto por mí. Crujió. La giré más fuerte. Aulló.

Hasta aquí llegó mi suerte. Me agarraron por detrás, sujetándome cuello y cabeza. Me ahogaba. En la tele uno se libra de esto dando codazos en las costillas a su atacante, pero esto no es tan fácil. Al primer intento fallé, y al segundo él dio un paso atrás, apretando mi cabeza hacia abajo, tirando de mí hasta hacerme caer sentada y sin poder respirar. Otros dos me sujetaron una pierna cada uno. El último, que parecía el líder, vino hasta mí. Se colocó entre mis piernas y se lamió los labios pintados como dientes. El contraste del rojo contra el negro y el blanco en la oscuridad realmente hacía pensar en la imagen grotesca de una calavera con lengua.

- No, no, no. No te toca estar con un rubito, tía. Hoy te toca estar con un hombre de verdad -vi cómo se abría el cinturón. Quería gritar y no podía. Quería defenderme y no podía. Estaba rabiosa y toda mi rabia era inútil para hacer nada.

En aquel momento vi caer chillando al tipo al que había retorcido el brazo a mi lado; cayó de cara sobre la gravilla, abriendo un surco en el suelo que le llenó la cara de rayas rojas, y dejó de gritar. El líder Skull miró hacia atrás. Yo miré. Todos miramos.

Lorca estaba a unos cinco metros de nosotros, en pie, la cabeza gacha, y su boca llena de vaho. Era una noche de verano. Y él echaba vaho por la boca. ¿Tenía fiebre o qué? ¿Y había arrojado a este Skull desde allí?

Se agachó y corrió. O embistió. Supongo que mi mente estaba intentando fijarse en detalles que no fueran horribles. Observé cómo se movía, nunca vi a alguien correr así. Parecía a punto de ponerse paralelo al suelo, avanzaba muy rápido y aun así parecía que no podría correr así sin caer hacia delante. Lo hizo, en realidad. Se lanzó con todo su peso y velocidad sobre el Skull que sujetaba mi pierna izquierda, le tomó por la nuca, sus pies derraparon en la grava y su rodilla se adelantó.

La cara del Skull estalló contra el rodillazo. Estalló como una granada de sangre y pedazos de dientes. Ojalá eso lo hubiera dejado KO, pero no tuvo tanta suerte. Se desplomó hacia atrás y bramó por una boca destrozada y una nariz rota y gorgoteó en su propia sangre y saliva.

Lorca no se detuvo, ya tenía otro objetivo. 
De su garganta salía un sonido grave, un ruido gutural, bajo y pesado y que no parecía humano. Estaba agachado y todos nosotros parecíamos paralizados, ridículamente lentos mientras él incrustaba la palma de su mano en el costillar del que sujetaba mi otra pierna. La mano se hundía adentro en su cuerpo, demasiado adentro. Por un momento creí que saldría por el otro lado; en vez de eso el cuerpo cayó deformado por el impacto, abollado, y vi sangre brotar de la boca y nariz del Skull derribado y en shock. Hemorragia interna, de un sólo golpe a mano desnuda.

Estaba demasiado aterrorizada para usar las piernas que habían quedado libres. Pero tenía esta oportunidad; agarré mi miedo y me obligué a convertirlo en rabia desesperada.

El cerdo que me sujetaba, el de Media Calavera pintada, sólo podía mirar boquiabiertocómo Lorca levantó con una mano a su colega, que berreaba sin parar; alzó la mano con la palma hacia abajo, y golpeó. Un golpe de mano plana de sumo alcanzó de pleno al Skull herido en la cabeza y lo echó hacia abajo con tanta fuerza que la vi rebotar contra el suelo, y ya no chilló más.

Pataleé y el de Media Calavera no pudo evitar que me liberara. Le di un codazo en el estómago con todas mis fuerzas y me levanté. Entre los gritos del último Skull y el gruñido bajo, animal, incesante, de Lorca, yo quería huir de aquella pesadilla. Quería que el día no hubiera empezado así. Quería que Alyosha volviera a aparecer sin que me lo esperara y tomara el control. Alyosha me dijo que Lorca me protegería. ¿Era esto protegerme? Sí, pero me daba miedo reconocerlo en este punto. Pero sin duda me había salvado.

Todo esto logró pasar por mi mente en los pocos segundos que tuve de libertad, trotando hasta los límites del parque. Media Calavera me placó por la cintura y caímos al suelo los dos. Supongo que ya sólo quería que no pudiera pedir ayuda antes de que lo que quedaba de sus hermanos y él se esfumaran, no hacerme daño. Pero en aquel momento sólo pensé que todavía no había terminado, que querían forzarme, que me... ¡No!

Me retorcí hasta quedar boca arriba. Media Calavera alargó una mano hacia mi cuello. Interpuse mi rodilla, y le sujeté la mano con todas mis fuerzas. Fue eso. Tenerla sujeta...

Le pateé en la cabeza. Le hice daño, pero no suficiente, no me soltó. Sentí lágrimas en los ojos y las rechacé porque no podía permitirme no ver. Le pateé de nuevo, sin dejar que su mano se acercara, sin soltarla. El ojo se le hinchaba por momentos y sangraba por la nariz, y sólo parecía más horrible. Pateé de nuevo y esta vez tiré de su brazo hacia mí a la vez, gritando.

Se oyó un sonido como el de un trueno. El Skull se vino abajo hacia un lado con la cabeza girada en un ángulo repugnante. Eso fue todo. Un sonido... como el de un trueno.

sábado, 7 de junio de 2014

Djinn Despierta (8): Inferludio

Mi hija jamás haría eso.


Sí lo hará.

No tiene por qué.

No lo haría. Gina no es así.


Lo tiene dentro.

Todos podemos ser así en las circunstancias correctas.

Será equivocadas.


Cierto.

Pero aun así...


Aun así nada. No tiene escapatoria.

Sí la tiene. Siempre la tiene. Es parte de las normas.

¿Qué normas?


Cuanto menos sepas mejor. Ya has hecho tu parte.

Ya has hecho demasiado, Renardo.

Yo no quería esto.


Claro que sí. Esto es lo que realmente querías.

Yo no quería esto. Yo sólo...


Sólo dejaste que ocurriera.

No le juzgues con tanta dureza.

Yo...


Cállate. Por favor.

Pero...


O perderé los nervios.

Eres demasiado severo con Renardo. ¿Verdad que sí, Rennie? Tú sólo has sido parte de algo grande, algo más grande que tú y tu hija, ¿n'est ce pas?

Mi hija... ¿no hay otra forma?


No.

No.

Entonces, ¿no es culpa mía?


Au contraire.

Ha sido tu decisión, no lo olvides.

Pero no es culpa tuya. Sólo eres el penúltimo eslabón de la cadena.

Podrías ser el último si quisieras.

¿... Podría?


... Sí. Técnicamente sí. Podrías interrumpirlo todo y ser un fracasado. Como lo has sido siempre. Podrías fastidiar todo una vez más.

Tullius...

Silencio. Te he dejado asistir como un favor personal. Pero ya has dicho suficiente.

Yo diré cuando ha sido suficiente.

Maudit bâtard! ¡No tienes derechos aquí!

Cierto. Pero no quieres oponerte a mí, Tullius.

...

...


Lo que ha dicho es cierto, Renardo. Puedes hacer fracasar esto. Debes decidir si eso sería algo malo o algo bueno.

Tu decisión ya no cambiará nada. Ya está todo en marcha. Ya han ido a por ellos.

Yo... c-comprendo.


Pero al menos habrás tomado una decisión y podrás vivir con ella.

...


Ahí se marcha. Patético deshecho de humanidad.

Pero puede hacer cambiar todo, digas lo que digas.

Muérete, Alyosha.

Qué más quisiera yo. Pero aun tengo mucho que hacer.

viernes, 30 de mayo de 2014

Djinn Despierta (7): Nostalgia

Después de aquello, vino un largo silencio incómodo. Largos minutos de no querer decir cualquier tontería y de preguntarme si es que no le interesaba hablar conmigo en absoluto y si tal vez a él le pasaba lo mismo que a mí. Pero tenía esa sonrisilla suya, evadida, con la mente en otra parte. Estaba disfrutando del silencio. No parecía que tuviera ninguna clase de presión. Cualquiera con unos mínimos modales habría buscado de qué hablar. Aly se habría sacado de la manga cincuenta temas sin pestañear. Y no me habría dado respuestas claras de ninguno de ellos, pero al menos no habría esta sensación de vacío, de pausa sin sentido.

- ¿Donde aprendiste a pelear? -la pregunta salió de la nada, interrumpiendo mis pensamientos. Fruncí el ceño.

- Yo sola. Tomé una clase en un gimnasio y luego practiqué por mi cuenta -me escuchó atentamente, pareció meditar un momento y asintió.

- Supongo que por eso era tan... caótico.

- ¿Caótico? -pregunté, levantando una ceja. ¿A qué venía esto?

- Indisciplinado. Sin forma definida. Tu forma de pelear es... es una demostración de talento innato sin depurar, ¿me sigues?

- ... Creo que sí -respondí, pero en realidad no tenía ni idea de si me estaba alabando o insultando. "Probablemente las dos cosas", pensé.

- Y por supuesto -añadió- está tu ira. -a eso sólo quería responder con un bufido, pero mi boca se puso en marcha por su cuenta.

- ¿Qué sabrás tú de ira? Con tu, tu, tu calma de monje budista y tu carita de niñito encantador y tu... bah. No tienes ni idea.

- ¿Encantador? -preguntó, y me salvó un poco que había girado el rostro a un lado, de modo que seguramente no me vio ponerme granate. Gina, idiota, idiota...- Nah, la que no tienes ni idea eres tú. Nadie sabe de la ira tanto como yo.

- Humf. ¿Así que hasta tú te pones furioso? Si una patada en la cara no ha bastado...

- Oh, sí -su tono se volvió sorprendentemente pesado y grave- Suelo tenerlo bajo control, pero me pongo furioso. Y cuando estamos así, somos peligrosos.

- ¿"Somos", quienes? -le interrogué. No tenía la sutileza de Alyosha. Con Lorca, estaba claro que había un secreto y que me lo estaba ocultando descaradamente.

- Las personas. No hay nadie para quien odiar sea beneficioso. Es como matar con el corazón.

Sinceramente, quise pensar que era una frase cursi, una chorrada new age. Pero lo dijo con tanta honestidad, como algo que sentía tan adentro... Inspiré hondo para calmarme, me acerqué a él y le apoyé una mano en el hombro.

Se giró al instante a mirarme, como por reflejo. Como si le hubiera asustado. Por un momento había bajado la guardia, sentí; había relajado esa tensión animal de constante alerta. Entendí que lo había hecho por mí, para compartirme esto. Y que mi gesto bienintencionado le había devuelto a ese estado. Le miré a los ojos. Me devolvió la mirada.

Era como mirar a un abismo, a un mar en calma. Había habido brusquedad en su movimiento, pero su cara... tan serena, tan, ¿cómo era esa palabra de clase de literatura? Beatífica, sí. La mirada de alguien que tenía su corazón y su vida bajo control. Una expresión de paz que cubría quién sabe qué. Me miró a los ojos. Le devolví la mirada.

- Cuando odias -habló por fin-, cuando reaccionas con ira, quieres sacar a alguien de ti. No quieres que exista para ti, querrías olvidarle y desterrarle. Y tal vez destruirle. Darle una patada en la cabeza -sonreí débilmente, para quitarle hierro a mi reacción previa. Él no. Sólo me miró así, como si viera dentro, como si yo no tuviera ninguna barrera que encubriera mi rabia, mis pesadillas, mi amargura, mi pasión, las esperanzas a las que me aferraba... parecía que lo estuviera viendo y no necesitara nada más para conocerme.

- Lorca, yo...

- ¿Querrías que no estuviera aquí ahora, Gina? -y la respuesta era no, no querría. Era un listillo arrogante que creía saberlo todo y encima me había ganado en una pelea sin levantar un dedo. Eso aun picaba dentro. Pero quería aprender. Lorca tenía mucho, mucho para dar y que enseñar, y además quería hacerlo.

- ... No. -respondí al cabo. Debí tardar un par de segundos en responder, no más que eso. Tiempo suficiente para darme cuenta de la corta distancia a la que habíamos quedado cuando se giró hacia mí. De que podía sentir su respiración. El calor de su cuerpo. Estaba anocheciendo y tal vez hubiera refrescado un poco, pero de él emanaba una calidez intensa que parecía envolverlo todo. El rubor volvió a mi cara. Como odiaba que ocurriera eso. Y todos estos pensamientos estaban en mí a la vez y me hicieron tardar en contestar. Cuando él me dirigió una sonrisa gentil -gentil: de GENte que TIene Luz- me pregunté si sabía todo esto. "¿Qué ves tú cuando me miras?", me pregunté en silencio.

- Entonces ya no me odias. Todo un paso adelante. Igual hasta nos hacemos amigos y todo -retrocedió un poco, de nuevo algo descarado pero de esa forma tan inocente. Empecé a darme cuenta de que simplemente decía lo que creía cierto y nunca intentaba ponerse por encima. Sólo afirmaba un hecho. Tan directo, tan distinto a todos los que conocía... tan distinto a mí, incluso. Aun así, me surgía una pregunta:

- ¿Y tú quieres estar aquí? Porque me daba la impresión de que Aly te presionaba. -hizo un gesto de negativa.

- Créeme, si Alyosha me hubiera presionado, no lo habrías sabido. El tipo usa las palabras y toca las cuerdas adecuadas dentro de ti para que suenes como él quiere y encima te guste. -me molestó que le criticara, porque no me gusta que se hable mal de la gente que no está delante. Pero me hizo gracia la metáfora. Y estuve segura de que no se habría cortado un pelo de decirlo aunque Aly estuviera allí mismo.- Y aunque estoy aquí por intervención suya, me alegro de haber aceptado.

- Vaya, ¿y eso?

- Porque soy la persona indicada para ti y él lo sabe -de acuerdo, lo encontraba atractivo y eso, pero que dijera esto de repente hizo que mi corazón se saltara un latido por un momento- Para aprender a gobernar tu ira, yo soy la mejor elección posible.

Oh. Claro. A eso se refería.

Si Alyosha sabía tocar las cuerdas correctas en la gente, Lorca debía hacerlo por instinto. Era demasiado sincero para no confiar en él. Demasiado directo para que hubiera un malentendido grave. Y demasiado bueno para enseñarme sobre mi rabia, pensaba yo, pero estaba dispuesta a darle una oportunidad.

- Muy bien, muy bien. No tengo nada mejor que hacer. ¿Cómo se controla la furia? ¿Incienso, meditación y decir "ommm"? -soltó una carcajada que poco antes me hubiera irritado, pero me sumé a ella.

- Todo eso son parches. Necesitas una rueda nueva, no hacer una chapuza con la vieja. Pero lo hablamos durante la cena, ¿sí?

Estábamos entrando en mi barriada antigua, así que conocía la zona. Mejor que en la que estaba viviendo ahora. Y entonces vi un local al que hacía años que no entraba; se lo señalé. Lorca dio su aprobación y entramos a la Pizzería Vostra Scelta. Olía como siempre, a queso caliente y a bienvenida. Olía a otro tiempo en mi vida.

Debajo de una pizza que otra que no fuera ella hubiera tenido que levantar con las dos manos, estaba Ester. Ester de León, mi amiga de cuando era niña. Haciendo equilibrios con la bandeja de servir y otra llena de bebidas, correteaba entre las mesas con una sonrisa que más que de oreja a oreja era de moflete a moflete. Se me hizo un nudo en el estómago al pensar cuantos años habían pasado.

De niña yo nunca tenía un bocadillo para llevarme al recreo. Mi padre no podía o no se preocupaba de hacerlo, sólo de que asistiera a clase. Una vez, cuando tenía unos cinco años, llegó a casa lloroso y borracho después de haber recibido un aviso de que me había escapado de la última clase del día. Me sollozó, no lo olvidaré nunca, que tenía que ir porque si no la policía se me llevaría de su lado. Era mi recuerdo más antiguo, y la primera vez que sentí que yo le importaba a mi padre. No hubo muchas, así que esa se me grabó porque pensé en ella a menudo para consolarme cuando sentía que yo no valía nada.

Los niños tienen una habilidad instintiva para detectar cuando alguien es diferente y rechazarlo. Pocos hablaban conmigo. Los padres lo apoyaban. Alguna vez oí a uno decirle a su madre que yo era la niña que nunca tenía comida para el recreo y sentí, más que vi, la mirada desaprobadora de la madre antes de escuchar cómo susurraba lo bastante alto para que se la oyera "no te juntes con niñas como esa", con los tonos de desprecio que aprendí a odiar.

Y entonces Ester se me acercó un recreo y me dio la mitad de su bocadillo. Por unos días lo hizo así, hasta que le dije que me daba pena que ella se quedara con tan poco. El día siguiente, vino con dos bocadillos.

Hasta siendo tan pequeña, me sentí avergonzada. No tenía claro por qué, pero compartir conmigo estaba bien, pero darme esto, traer para mí, me sentó mal. Me recordó que era pobre y que ella tenía como para repartir. Le dije que no tenía hambre. Ella insistió amablemente y yo le di un manotazo al bocadillo que me ofrecía. Se lo tiré al suelo. Qué mal me sentí al verlo manchado de tierra y mirarla a ella, con los ojos como platos, sin entender. me marché corriendo y la rehuí el resto del día.

El siguiente día a la hora del recreo, me escondí en un rincón donde nadie venía a jugar nunca. Pasé allí más de veinte minutos, hasta que Ester me encontró por fin. Se acercó sin decir nada y se sentó a mi lado.

- ¿Quieres de mi bocadillo? -preguntó. Asentí. Me di por perdonada con eso y me giré, con una sonrisa tímida que se convirtió en una risotada.

Ester estaba desenvolviendo un bocadillo enorme para una niña, el doble de grande que los que solía traer. Lo partió en dos y me dio la mitad.

Ester era una chica pequeñita con un corazón enorme y habilidad para entender lo que se decía sin hablar, desde siempre. Verme y soltar las bandejas en la primera mesa disponible, ante la mirada sorprendida de los clientes, fue todo uno. Corrió hacia mí y me abrazó.

- ¡Gina! ¡Qué contenta estoy de verte! ¿Cómo estás? ¿Donde has estado?

Es como si me hubiera visto la semana pasada, o fuera el reencuentro de después de las vacaciones. Me llenaba de ternura. Le devolví el abrazo con entusiasmo.

- Estoy bien, Ester. Muy bien. Yo también me alegro mucho de verte, debería haber venido antes a visitaros -Lorca se había hecho a un lado, y vi de reojo que sonreía abiertamente. Luego me diría que fue el primer momento en que me vio realmente contenta- Ester, este es mi... amigo Lorca. Él paga la cena.

Ester le miró y su expresión permaneció en su sitio, rígida. Sin el cariño que me había dedicado, la misma sonrisa se convirtió en meramente cordial, fríamente educada. Y lo mismo su tono. Lorca hizo igual; su mirada se volvió penetrante, como si examinara a Ester. Se estrecharon la mano en silencio. Me pregunté si se conocían.

- Hola, Gina -dijo otra voz a mi espalda, una voz que no recordaba que me encontraría aquí. Arielle... la hermana mayor de Ester, su complemento y su opuesto. Donde Ester era bajita y regordeta, Arielle era casi tan alta como yo. Destacaba en los deportes y estudios, mientras que Ester era una estudiante común y solía bromear con que con sus aptitudes su mejor puesto jugando al fútbol sería de balón. Todo el mundo se sentía bien con Ester y todo el mundo le pedía ayuda a Arielle. Y aunque nunca compartimos mucho, me hizo sentir casi igual de querida como su hermana pequeña. Habían heredado ese cariño del lado italiano de su familia, decían.

Pero me sentía un poco incómoda ante Arielle, porque hasta de niñas me sentía inferior a ella. Eso es algo contra lo que he luchado mucho tiempo, esa envidia, esa sensación de valer menos que la gente a la que he considerado de éxito, sin importar lo bien que se portaran conmigo. Por eso empecé a guardar las distancias con ella, en el último curso antes de que mi padre y yo tuviéramos que mudarnos y cambiar de colegio.

La saludé y le presenté a Lorca. De nuevo esa sensación tensa entre ellos dos. Nos llevaron a una mesa libre, nos tomaron nota y se dirigieron a las cocinas.

- ¿No os habéis caído bien, eh? -Lorca se rió un momento. No parecía acostumbrado a esa clase de reacción.

- No se puede uno llevar bien con todo el mundo -respondió. Un momento después, trajeron una Coca Cola para mí y un agua mineral para él y se retiraron sin decir nada, sólo dirigiéndome una sonrisa Ester y un pequeño asentimiento Arielle. Me pareció que cruzaban también una mirada con Lorca. La sensación se confirmó cuando me dijo:- Voy un momento a lavarme las manos.

Me encontré sola en la mesa, y con un creciente sentimiento de que algo no marchaba bien. Un minuto después de que Lorca se levantara, fui también hacia los baños. Tres puertas: damas, caballeros, y una que ponía "privado", entreabierta. Miré por la rendija en silencio, preocupada, inquieta...

Lorca me daba la espalda. Delante de él debían estar Arielle y Ester; él me las tapaba y ellas tampoco debían poder verme a mí. Estaban discutiendo, pero no entendí una palabra.

- No tienes derecho. No es tu sitio -le decían.

- Tengo su permiso y está bajo mi protección ahora.

- ¿Tu protección? Es como ver a un ciego tratar de guiar a otro. ¡No puedes protegerla! ¡No tal y como estás! Tendrías que...

- Lo he hablado con otros como vosotras. No es tan fácil. Llevo mucho sobre los hombros, no tenéis ni idea. Y por eso mismo puedo ayudarla.

- ... Dice la verdad, Ester. No tengo autoridad para intervenir en esto. No aún. -Ester respondió sólo con un gruñido bajo que me hacía reír de niña. Ahora parecía serio, terriblemente serio.

No quise seguir más. No entendía qué ocurría, pero estaba segura que estaban hablando de mí. Empecé a irritarme y pensé en entrar de repente, irrumpir en medio de ellos y exigir respuestas. Pero no lo hice. Pensé en lo que me había dicho Lorca. Quise ser más astuta que eso, sonsacarle las respuestas a solas. Fue un error, pero en aquel momento no podía saberlo.

martes, 6 de mayo de 2014

Djinn Despierta (6): Salomón

"Yo soy Ba'al, amo y señor. Soy Moloch, rey y monarca. Soy Quemós, destructor que somete. Soy Anu, señor del cielo. Soy Astral, sin carne mía, y carne ansío. Pacto antiguo arraigado en tus generaciones, antepasados de sangre, vínculo de sangre, sacrificio de sangre. Tu primogénito, mi sacrificio. Por su vida, mi favor."

Salomón soñaba sin sueños, envuelto en un eco de estas palabras. Tan lejos, tan torcido, tan viejo y tan necio. Hacía mucho que no se reconocía a sí mismo. El rey abrió los ojos envidriados y desenfocados. ¿Cómo empezó todo?

Eran hermosas, sumisas, incitantes. Mujeres enviadas como tributo desde Moab y Ammon, que danzaban curvándose como juncos húmedos y se agitaban ondulantes, primero en sus salones y después en sus aposentos y finalmente en su lecho. Le devoraron, se devoraron entre sí. Las vio competir por su atención y dedicación y se sintió complacido. Él era su deseo y su ansia. Ellas eran su fiebre y sus noches sin sueños, sus Qarinah* vivientes.

Y cuando no pudo resistirse más a sus tentaciones, empezaron a negárselas. Él las buscaba con ansia y ellas se le daban cada vez menos, y le despreciaban cuando concedían sus favores. Le decían que no era hombre suficiente y que no las satisfacía. Se sintió humillado, él que había sido llamado sabio entre los sabios, y bendecido para serlo por Él... Aquel fuera de quien no hay dios, el Altísimo; pero su masculinidad ahora dependía de sus mujeres. En su mente y su espíritu aun sabía quién era y quién debía ser, pero el fuego de la vergüenza y la impotencia de su carne no le dejaban serlo.

Buscó soluciones, imploró, persiguió. La paz que una vez había sido su nombre mismo se le escurría de entre los dedos. Buscó a los que adoraban la fertilidad, buscó a los viejos dioses, los dioses prohibidos que una vez persiguió y abatió. Sus mujeres dieron su aprobación y le recompensaron cuando el rey marchito levantó los altares a los dioses de sus tierras. Salomón vió lo que no había querido ver: no hubo diferencia en él. Nada cambió realmente. Había caído bajo el control de estas concubinas ladinas y engañosas. Esclavo de sus esclavas, esclavo de su bajo vientre. Y ya no supo detenerse.

Se dice que el Altísimo levantó un hombre santo que acudió a Salomón y le habló de cómo volverse de los caminos malditos. Pero Salomón no osó escuchar la sabiduría de la justicia. Levantó entonces Shaytan a un hombre corrompido por setenta y siete espíritus que le dominaban e instruían en las artes de los Astrales para robar y matar y devastar, y buscó a Salomón y le habló conociendo su maldad y su sufrimiento y le instruyó en su oscuro poder, para que gobernara a los que le atormentaban aliándose con un Astral más grande que ellos, un Djinn**. Y avergonzado por su debilidad, Salomón escuchó y declaró en nombre del oscuro poder que les serviría. Y aliado con el, envió lejos a los espíritus de sus noches y a los que le enfermaban y a los que le consumían, y los encerró bajo siete sellos y puso condiciones secretas para que pudieran ser liberados, que sólo el Altísimo debería conocer.

Pero también el Djinn tenía poder sobre él ahora y atormentaba con pesadillas su mente interior. Por ello, Salomón lloró lágrimas amargas y pactó con el Astral que le abandonara, prometiéndole su primogénito varón de una de sus concubinas ammonitas. Y el Djinn aceptó y le abandonó a partir de entonces, mas la concubina, instruída por el espíritu, huyó del palacio tan pronto como quedó encinta.

Dicen las crónicas que en sus últimas horas Salomón se arrepintió y lloró y se cubrió la cabeza de ceniza en actitud de duelo, y pidió perdón al Altísimo hasta que al cabo durmió y fue junto a sus padres. Y hubo paz en su rostro cuando expiró el último suspiro.

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* Qarinah: Espíritu que tiene relaciones carnales con la persona que posee durante el sueño, súcubo.
** Djinn: en la mitología islámica, Allah creó como seres conscientes a los ángeles, los hombres y los djinn (genios), que en muchos aspectos se equiparan a los demonios judeocristianos.

lunes, 31 de marzo de 2014

Djinn Despierta (5): Discusión

- ¿Qué?

- ¿Qué? - exclamé un segundo después. Fui a responder a Alyosha, pero el tal Lorca se me adelantó.


- Aly, me hablaste de ayudar, no de seguirla en plan veinticuatro siete. No... -Aly  (empecé a llamarle así desde entonces, para mí) le interrumpió con un gesto de la mano. Mejor dicho, le indico que se detuviera, no impuso sus palabras. Era un caballero.


- ¿Tienes una sugerencia mejor? La clase de atención que esta chica merece no permite ponernos cómodos. Si renuncias a ese derecho, verás que podrás ser mucho más eficaz.


Lorca se mordió el labio inferior y cerró los puños un par de veces. Creí que se planteaba si romperle la cara a Aly. Con el tiempo vi que era un hábito suyo cuando estaba nervioso, pero esta vez le empujé a un lado para quedar entre los dos. Alyosha me sonrió. Yo me ruboricé un momento, creo.


- ¿Me va a explicar alguien qué pasa? -pregunté, con una voz que dejó de flaquear sólo un poco demasiado tarde- Necesito explicaciones, no un... guardaespaldas o niñera o lo que seas, rubio. -le mire fijamente a los ojos, irritada. Fue como si yo me llevara toda la tensión; su expresión se relajó inmediatamente.

- Ya me va cayendo bien -le dijo a Aly, que pareció contener la risa por un instante.


- ¿Sí? ¿Lo bastante para contarme de qué va todo esto? Porque sacárselo a aquí el ruso...


- Eslovaco -puntualizó


- ..aquí al paisano requeriría una hora y un sacacorchos. -terminé, algo molesta. Vale que había hecho una pausa larga, pero se ve que a mí sí me interrumpía.


- Prefiero que no, Lorca. Sólo quiero que aprenda de ti, de momento. -me tomó del hombro y me guió suavemente a encararse conmigo. Quise decirle que no me tocara, pero creo que si me hubiera hecho girar como una bailarina tampoco habría sabido resistirme- Djinn, danos tres días de confianza. Si en ese tiempo no ha pasado nada prometo contarte todo. Quién sabe, quizá estoy equivocado y no valga la pena preocuparte más.


- Claro, quizá estés equivocado -replicó Lorca, con un amago de sonrisa- Alguna vez tendrá que ser la primera. -Aly le ignoró , atento sólo a mi respuesta.


- De acuerdo. Tres días. No más. Y luego, pase lo que pase o no pase, me compensas -no estoy muy segura de qué parte de mí añadió esta última frase, pero la apoyé al cien por cien. Y él compuso una sonrisa nueva. No tan triste y más dulce. Me pregunté qué pensaba. Y cómo me veía cuando me miraba.


- Te lo debo. Es un trato, Djinn. ¿Puedo llevarte a cenar?


- Ah, sí. Sí, eso me sirve - bufé, sintiendo el rubor tratando de subirme a la cara. No se lo permití- Menudos tratos haces... Me dejas en ascuas y encima sacas una cita conmigo.


- Oh, ¿es una cita? -preguntó como si se le acabara de ocurrir. Espera, ¿y si de veras no se le había ocurrido?- Entonces realmente es un privilegio -terminó, deshaciendo toda la rabia que había empezado a formarse en mí. ¿Cómo lo hacía?


- Eh, si tres son multitud puedo marcharme -bromeó Lorca. Le odié, a él y a su impertinencia.


- Ahora te necesito con ella. Traela sana y salva en tres días y entonces no querremos verte cerca, ¿sí? -el rubor volvió a la carga y nada pudo detenerlo esta vez. Lorca lo vio y se rio. Tenía una risa profunda y contagiosa; si no hubiera estado tan furiosa hubiera reído. Pero no quise. Quería detestar a este creído entrometido y cruzarle la cara.


Diez minutos más tarde, él me lo propuso.

- ¿Quieres darme un buen guantazo?

- ¿Qué dices?


- Llevas callada desde la oficina. Y estás furiosa conmigo. ¿Te haría sentir mejor? No te devolveré el golpe...


- Devuelve lo que te dé la gana, idiota. -me había sacado de quicio. Su sonrisa. Su paz. Que tuviera razón en lo que me había dicho. Era el doble de ancho que yo, y una cabeza más alto, pero no me daba miedo. Los había tumbado más grandes.


Y lo había hecho así: mis piernas son largas -son lo que más me gusta de mí- y soy flexible. Otros niños van a cursos de karate y esas cosas. Yo fui a todas las "primeras clases de prueba" gratis que pude encontrar. Por mi cuenta. Mi padre no se movió, así que me moví yo. La historia de mi vida.


Una clase de muay thai no da para mucho. No da para nada. Pero vi la primera patada alta de mi vida. Me fascinó. La imité y practiqué como las demás crías practicaban juegos de palmaditas al ritmo. A las dos semanas me hizo falta, porque ser la niña pobre atrae abusones. Le pateé la cabeza a un niño tres años mayor que yo y lo dejé KO. Ya nunca dejé de practicarla.


Creo que le tomé por sorpresa. Mi bota pivotó en el suelo mientras mi rodilla empezaba a describir un arco que culminó desplegando mi pie derecho contra su cara con todo mi peso. Le di. Y creía que de lleno, su cabeza entera giró hacia atrás... Y volvió adelante, con apenas un raspón de la bota en su mejilla.


- Esto es algo más que un guantazo, pero si ya te sientes mejor... -me dirigió esa sonrisa suya insufrible. Le tiré un puñetazo que casi le dio, se inclinó hacia atrás un poco y fallé. Volví a intentarlo: un puñetazo, otro, patadas bajas. Él sólo sonreía aunque apenas me esquivaba. Con cada golpe tenía más claro que el próximo le daría. O el siguiente, o el otro.


Hasta que no estuve agotada, resollando como un caballo y empapada en mi propio sudor, no me di cuenta. En ningún momento casi no pudo esquivarme. Sólo se movía el mínimo imprescindible para que no le alcanzara. Apenas se había cansado.


- Veo que ya lo pillas. Si ahora quisiera darte yo, sería muy fácil -me acercó las manos a la cara. Traté de apartarme, pero él estaba fresco y era rápido. Me tomó con ambas manos la barbilla. Con los pulgares retiró los mechones sudorosos de mi flequillo que caían sobre mis ojos- Pero te mueves bien. Estos días habrá tiempo para enseñarte a moverte como yo, si quieres.


Le pegué en el estómago con las pocas fuerzas que me quedaban. Se lo esperaba, se lo vi en la cara. Lo recibió sin más, con una pequeña mueca pero sin dejar de sonreirme.


- ¿P-por qué me has dejado que...? -balbuceé.


- No tiene sentido que haga que te frustres, Djinn -me llamó por mi nombre por primera vez- Esa rabia tuya es con lo que más puedo ayudarte.


Me relajé un poco. Todo esto me irritaba pero también me intrigaba. Y Lorca no parecía mal tío.


- Tengo algo de dinero de Aly para gastos. Compremos algo de cenar. Aunque quizá quieras ducharte antes...


- ¡Idiota! -le solté avergonzada. ¡No era mal tío, pero tenía menos tacto que una traca de petardos!

jueves, 27 de febrero de 2014

Djinn Despierta (4): Lorca

Hay un hombre joven en la plaza del pueblo esta mañana, junto a la gran fuente. Le miras al pasar, tan fuera de lugar, tan lleno de contraste: todo de negro y rubio, cuerpo fuerte y rostro dulce, ojos sabios en su juventud. Le miras al pasar. Te mira cuando pasas. Sonríe. Sonríe para ti como saludo.

Al mediodía el joven sigue en la plaza del pueblo, en los bancos de piedra. Sostiene el pan que come en la mano derecha; con la izquierda recoge las migas y las esparce entre las palomas. Le miras al pasar, una imagen oscura llena de paz, envuelto en cuero y en aves. Le miras al pasar. Te mira cuando pasas. Sonríe. Te preguntas si te ha reconocido. Cuando le devuelves la sonrisa, te descubres sabiendo que sí.

El hombre joven está esta tarde en la plaza del pueblo y los niños juegan con él. Lleva a dos sobre los hombros, y las madres le miran, con inquietud templada por la confianza que inspira, con cierto miedo y con afecto, preocupadas, divertidas. Le sonríes al pasar. Te sonríe cuando pasas. "Hola", forman sus labios sin decir nada.


-Hola -respondes en voz baja, para ti, porque es para él.

Por la noche encuentras al hombre joven soplando suavemente una flauta de madera tallada. Toca con delicadeza, para no molestar a nadie y que la música sea sólo para él. Y para ti. Te preguntas quién es. Quieres saber por quien ríe y por quien sufre, de qué mundo viene y qué destino persigue. No dudas: te acercas y preguntas como no harías con nadie más. Él responde con un rostro plácido lleno de su propia luz. Te das cuenta de pronto de que ni siquiera has saludado. Te presentas y disculpas. Él ríe de nuevo.


-No me pidas perdón. Yo también he esperado el día entero a decirte mi nombre -dice, y su mano busca la tuya. La estrecha sincera y cálidamente.- Soy Lorca.

Djinn Despierta (3): Altzairu

¿Conoces ese sentimiento de querer pegarle a alguien que nos dicen que contengamos desde críos? ¿Sobre todo si coincide que eres una chica, aunque me hayan criado como a un chico?

Chorradas.


No hay nada mejor que soltarlo. Yo llevaba años haciéndolo. Primero levantaba el colchón y lo apoyaba en una pared de mi cuarto, hasta que me harté de tener que hacerlo cada vez. Me busqué una pieza de gomaespuma, un asiento de sofá o algo así, y lo clavé en el muro junto a mi cama. Lo necesitaba a mano porque cada vez me hacía más falta.


Cuando el primero estuvo demasiado aplastado y denso y los vecinos empezaron a molestar, fui a por otro bloque de espuma. Y luego otro y otro. Aquel día empecé a golpear la quinta capa endurecida, aplastada hasta curvarse hacia el interior. Se sentía como golpear cuero. A partir de la tercera capa, si seguía más de diez minutos me empezaban a sangrar los nudillos. Conozco a gente que se hace cortes en los brazos y usan el dolor para no pensar. Yo no. Yo uso la rabia. Y cuando me duele, tengo más. Así que sigo.


Me pillé unos guantes de entrenamiento de boxeo, muy usados. Los saqué de un gimnasio pijo que se podría permitir comprar otros. Para cuando los reventé, mis nudillos se habían curtido. No es que ya no me sangraran nunca, pero el dorso de mis manos era fuerte, duro. Era como ver mi propia personalidad haciéndose visible en mis manos y dedos. Si me acercaba a alguien, cuando aun estaba en el instituto, quedaba claro para las chicas que yo no era como ellas, y para los chicos que yo no era una de esas crías normales.


No soy normal. No soy adecuada. No soy de esas ni lo seré. Me basta que me guste lo que veo cada mañana en el espejo y no dejar de soñar. Aunque no sea fácil, aunque cada día siga haciendo cosas que no me gusta hacer. Por ejemplo, m
e había despertado a las doce de mediodía. No era raro que me levantara a esa hora desde que tuve que dejar el insti para poner algo de comida en la mesa. Encontré un trabajo, lo perdí; encontré otros y hice todo lo que pude. Pero no sé ser puntual. No sé tener disciplina. Mi padre me hizo así, no me dió nada de lo que debería dársele a una hija. Apenas lo que se le da a un hijo. Me dejó lista para ser una fracasada como él.

Si dejo que esos pensamientos sigan, empiezo a odiarle. Le odio, odio todo lo que él es. Odio que me haya hecho como él. Y no quiero odiarle, me quema dentro, y con todo, es mi padre. Pero cuando llego a este punto, no sé parar.

Golpeé y seguí golpeando. Cada vez veía menos claro el colchón. La vista se me emborronaba de rabia y lágrimas. Machaqué la espuma más y más; mis puños quedaban grabados un momento y se difuminaban otra vez... pero cada vez menos. No pensé, no quería seguir pensando. Aceleré los golpes. Empezaban a doler. Empezaban a retumbar en la pared. Empezaban a no bastar.


Me dejé caer sentada sobre las mantas de mi cama, jadeando y sudorosa; ni lo había notado hasta ahora. Arrojé la camiseta a un lado y me quité los shorts; agarré la toalla y fui a darme una ducha. Fría; el calentador llevaba un año roto, pero ahora mismo lo necesitaba. La piel me quemaba. Por un momento imaginé que, así como estaba, ese tipo moreno volviera a entrar como cuernos lo hubiera hecho la primera vez, y me encontrara así. Por una parte, no quería que me viera así. Por otra... no, definitivamente no quería que me viera en estas condiciones. Quizá con el pelo limpio. Y el piso limpio. Y el cuerpo limpio. Yo que sé. Mis propios pensamientos me incomodaron.


Estaba pensando en él cuando me fijé en la tarjeta de visita que había dejado. La recogí y la leí. Volví a leerla. Pasé casi cinco minutos tratando de pronunciar correctamente su nombre, incluso después de darme cuenta de que no tenía forma de saber si lo hacía bien o no.


- Alyosha... Kutznesov. -bien, tendría que preguntarle a él cómo se decía. La tarjeta me daba una dirección y su cargo. "Presidente de Altzairu Internacional". Guau. Presidente... en serio, ¿de donde había salido este tipo?


Hice lo posible por arreglarme. Me lavé, me cepillé el pelo para desenredarlo, me contemplé. Ojos claros, limpios. Muy sinceros, me dicen siempre. Me dicen que se me ve qué pienso y qué siento, que soy auténtica. La linea de la barbilla igual que la de mi padre; la sonrisa de mi madre. Gracias por darme eso al menos, mamá.


Busqué ropa limpia. No tenía nada bonito, pero al menos podía ir decente. Un chándal fue lo mejor que encontré; volví a recogerme el pelo en un pañuelo y salí a la calle.

Me llevó cuarenta minutos llegar a la sede de Altzairu. Era discreta, un edificio de oficinas tan elegante y tan habitual que nadie se hubiera fijado en él. Un edificio de treinta plantas de los que contienen cien empresas diferentes, contratando a comerciales diariamente y donde había tenido trabajos de cuatro días demasiadas veces.


Sólo que aquí sólo había una. Altzairu era la única empresa. El uniforme del portero tenía placa de Altzairu. Los pisos estaban marcados con las diferentes divisiones de la empresa, contabilidad, investigación y desarrollo, todo eso, todo de Altzairu. Lo más raro fue que el portero me echó un vistazo y simplemente me dio un pase magnético de invitada. Me enseñó cómo abrir el torniquete y me hizo pasar sin una sola pregunta.



Entré por impulso, antes de que se arrepintiera, y me encontré perdida en el barullo del edificio de oficinas. Fui un rato de aquí para allá, pensando que si alguien decidía que no debía estar allí iba a tener problemas y, por eso mismo, sin atreverme a preguntar por Alyosha. Terminé por rendirme; a los cinco minutos de preguntar, estaba sentada en la recepción de su despacho. Su secretaria -demasiado joven, demasiado bien vestida, demasiado guapa para ser de verdad sólo su secretaria; imposible, no me lo quería creer- me dio conversación mientras filtraba llamadas, me ofrecía y servía un refresco, organizaba un horario mensual y me explicaba un poco cómo hacerlo. Era genial. Era todo lo que yo no. La odié un poco por eso. Un poquitín. Era demasiado maja para odiarla más.


Las puertas de cristal opaco se abrieron al fin, pero no era Alyosha. El primero en salir fue otro hombre, más joven, máximo un par de años mayor que yo. Nada más verlo pensé en un animal salvaje. Una melena rubio ceniza, oscura se derramaba con ferocidad sobre unos hombros anchos, fuertes. Los ojos oscuros pero brillantes entre el flequillo, agudos, recorriendo el recibidor para reconocerlo, recorriendo a la secretaria un instante.

Recorriéndome a mí con la velocidad de un escalofrío.

Su cara, aniñada pese al firme mentón, contrastaba, llena de una asombrosa paz, pero a la vez una controlada tensión, como un perro de presa -Presa: PREsto a SAltar- relajado pero capaz de ser fiero. Vestía una chupa de cuero negro tres cuartos, hasta las rodillas, pero sin mangas. Debajo una camiseta igualmente negra, tejanos, y unas botas militares que parecían venir directamente de una guerra.

Podría haber sido un príncipe vikingo. Podría haber luchado junto a William Wallace en Braveheart. Podría ser un bárbaro de novela de fantasía. Donde estaba fuera de lugar era en el siglo 21, en un despacho de una elegante oficina. Casi tan fuera de lugar como yo misma.

Alyosha salió tras él y me dirigió una luminosa sonrisa. Se la devolví y se la retiré al momento, recordando que no estaba allí de visita sino para pedir explicaciones.

- Te estaba esperando  -me dijo con una dulzura que me robó otra sonrisa involuntaria. Se dirigió al pelirrojo - Djinn, este es Lorca. Lorca, Djinn. A partir de ahora, la protegerás con tu vida.