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jueves 20 de agosto de 2009

Sin ilusiones

- Todo el mundo es ciego y no les importa.

- ¿Otra vez así, Aran? Tanta amargura se te come la vida.

- Vida, ja. Verás, chiquilla, igual es porque vengo de donde vengo, o de cuando vengo, pero yo no veo lo mismo que vosotros. No me inculcaron las mismas mentiras, así que no me las creo. ¿Me sigues?

- Creo que sí -se encogió de hombros, lo que agitó sus desiguales mechones. -¿Y cual es tu perla de sabiduría, paliducho? -Aran se dejó caer contra la pared, los brazos cruzados tras su cabeza para acomodarse. Miró a los ojos de Djinn y su mirada se perdió mucho más allá de ella.

- El sistema no está corrupto. No se ha estropeado. No vivís -vivimos- en una gran buena idea mal utilizada. Esa es la mentira que os mezclan en la comida rápida y en la papilla de los bebés. Una promesa nunca formulada de una utopía que es posible sin que vosotros, los "buenos", tengáis que cambiar nada, sólo hace falta que ellos, los "malos", dejen de serlo.

Y ellos son quienes tú quieras. Los políticos que no te gustan, aunque sepas que también lo son algunos de los que sí te van. Los de otras razas, o religiones, o clases sociales. Los pobres por ladrones, los ricos por ladrones pero con más suerte, las mujeres por ser sólo mujeres, los hombres por ser lo que son, o lo que crees que son. Elige las opciones que prefieras, todas las combinaciones valen. Ellos tienen la culpa, ellos han corrompido el sistema, ellos son la chusma que envenena tu mundo perfecto. Sólo asegúrate de que estén ahí, porque así ellos son ellos y vosotros sois los buenos. -Djinn asintió. Hasta ahí, bien… toda su vida le daba la razón a su cínico amigo. "De vez en cuando está bien que te pongan en palabras un pensamiento que has tenido toda la vida", pensó.

-Pero no va así. El sistema no se ha corrompido, lo diseñaron así. Es el sistema el que te anima a vivir lo más rápido que puedas, comer mal, dormir poco, engordar, y luego te anima a sentirte culpable por ello. El mismo concepto que acumula estrés en la gente para que se divierta sola, delante de su ordenador o su consola, enchufados en sus cubículos toda la vida y acostumbrados a diversiones de segunda, para poder trabajar toda la vida en las mismas condiciones sin quejarte. O el juego de salir a pillar cacho cada fin de semana, y hacerte sentir un inútil desgraciado si no lo consigues, hasta el punto que lo que busques en tu pareja tenga muy poco que ver con su encanto y mucho con que quiera meterse en la cama contigo.
>> Luego te sientes culpable por bajar el listón, por dejarte hacer, y sobre todo porque algo en las tripas te dice que las sensaciones que tuvieras no son tan importantes como lo que has hecho, y que lo has hecho mal. Te sientes indigno si no lo haces y también si lo haces, y estás tan ciego que no ves que todo el resto está pasando por lo mismo. Pero es impensable dejarlo. Tus héroes de la tele y el cine te dicen que es lo mejor y que eso señala al hombre o mujer de éxito. Hay alguien, tanto en Otromundo como en el mundo de verdad, que se alimenta de este aborregamiento ciego y estúpido y lo fomenta, para convertir a la humanidad en un montón de abúlicos frustrados que no saben que lo están ni tienen idea de como mejorar sus vidas, y no hablemos del mundo.

- Sí, la verdad es que una entiende que tengas ese cinismo, porque lo peor es que creo que tienes razón… ¿y entonces?

- ¿Entonces qué?

- ¿Por qué sigues adelante, si de veras todo es así? -Aran volvió a mirarla realmente a ella. Y hubo un algo inquietante y desafiante en su mirada, algo que dió un escalofrío a Djinn y la hizo sonreir y estremecerse. Algo imparable y definitivo que gritaba que el joven creía totalmente en lo que dijo a continuación.

- Porque el corazón me dice que, debajo de la mentira devoradora que hay debajo de la ilusión de bienestar, hay una verdad primaria, una fuerza con la que levantarnos y luchar… un espíritu renovador, que destruye lo que somos para convertirnos en lo que podemos llegar a ser. Y quiero ese espíritu en mi, chiquilla. Y lo haré mío y me haré parte de él; no tengas la menor duda sobre ello.

Y Djinn no tuvo la menor duda sobre ello.

sábado 15 de agosto de 2009

ARN-α

-¿Por qué derrochar millones de dólares en un proyecto imposible? -preguntó Kwoong.

Argus Humblebee se quitó las gafas y las limpió mecánicamente con la bata de laboratorio, intentando reunir sus últimas migajas de paciencia para volver a repetir el elaborado discurso que le había conseguido la financiación, los recursos y el equipo de colaboradores que le permitían llevar a cabo su experimento. No lo consiguió.

- Porque encontrar una forma de hacerlo posible revertirá en billones de dólares, doctora Kwoong. Porque las posibilidades para la medicina y la biología se salen de lo concebible. Porque ya hay hombres viviendo con corazones de cerdo transgénicos optimizados para posibilitar un transplante. ¡Porque la terapia génica tiene el poder de sanar virtualmente todas las enfermedades! -exclamó, la compostura sofocada por el escepticismo que le rodeaba.


- Y de desperdiciar una cantidad escandalosa de los fondos que nuestros accionistas aportan persiguiendo cuentos de ciencia ficción. Humblebee, mi humilde persona es lo único que puede mantener a flote su ridículo proyecto. Y tiene minutos, no horas: minutos, para enseñarme algo que me convenza de que GenCon deba asumir el riesgo de perder inversores. -Argus sintió su angustia desbordar su espíritu para así hundirse en su estómago. ¿Hasta cuando tendría que enfrentarse a los ignorantes, a los cortos de miras? ¿Serían capaces, realmente, de retirarle el proyecto? El geneticista elevó una minúscula, ávida, silenciosa plegaria. "Si tuvieran fe como un grano de mostaza...", se dijo antes de responder.

- Doctora Kwoong, no puedo prometer una panacea. Pero sin duda, afirmo que es posible desarrollarla... con tiempo, dentro de nuestra misma línea de investigación. Me pide usted -repuso Humblebee, poniéndose las gafas mal rebañadas de nuevo- resultados inmediatos. Le diré qué tengo, doctora. Le mostraré nuestro último, definitivo, inconmensurable avance, y queda a su inteligencia ser capaz de calibrar su importancia en esos términos económicos que tanto quiere apremiar en GenCon.- con rápidas zancadas impulsadas por la adrenalina nacida del miedo a perder todo por lo que había trabajado, el hombre guió a la forzosa invitada por las instalaciones, descendiendo a través de cuatro niveles de seguridad, lo que equivalía a diez veces esa cantidad de contraseñas electrónicas.

Mai Kwoong trataba de mantener íntegra su fachada de frialdad, profesionalidad y control, pero no éra capaz de alejar de su mente el pensamiento de estar siendo conducida a las profundidades, lejos de nadie que supiera que se encontraba allí. ¿Qué pretendería Humblebee? Buscando amedrentarlo y someterlo, prácticamente se había confesado su enemiga, y el científico parecía rayar el fanatismo. Tragó saliva, intentó centrarse, escudarse en su seguridad previa, inspiró profundamente. Humblebee se había detenido frente a su labo personal, donde los informes revelaban que estaba consumiendo más y más de su tiempo de trabajo. De hecho, era casi lo único que consumía; en cierta ocasión estuvo setenta y dos horas en pie, entre fórmulas bioquímicas y ecuaciones no lineales, antes de ceder a las insistencias de sus asistentes y comer un bocadillo de manteca de cacahuete y acostarse. En otras dos, su fragilizado organismo se había desplomado por deshidratación, sometido a las altas temperaturas y la pésima ventilación. Era un maníaco genial, que parodiaba con su vida el estereotipo de científico loco y lo retorcía para sacarle más jugo.

La amplia sala, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba en una penumbra aterciopelada por un brillo verdoso. Fluorescentes diseñados por el equipo de Humblebee alimentaban una atmósfera ya de por sí enfermiza y saturada de humedad. La doctora Kwoong sintió la urgencia de limpiar su cuello y su frente de sudor en los pocos minutos que tardó el biotecnólogo en extraer apenas unas gotas de una probeta, ponerlas en el portaobjetos y presentárselo en el microscopio. La aprensión que sentía la avergonzó; cuando se acercó a observar el último recurso de Argus, todo en ella hablaba del desprecio que le suponía su poco rentable trabajo. Las células rojizas que vió a través de la poderosa lente no le decían nada. ¿Glóbulos rojos? Pero…

- Bien, doctor Humblebee -y el matiz suavizado de su voz ya intuía que, en efecto, había valido la pena venir hasta aquí-, sorpréndame. ¿De qué se trata? ¿Qué son estas células?

-Eritroleucocitos. Son, digamos, glóbulos blancos y rojos a la vez… Esencialmente, hemos integrado la hemoglobina y su capacidad de captar oxígeno en leucocitos comunes.

-¿Qué efectos tienen en el ser humano?

-Bueno, lo primero que hacen es consumir a los leucocitos y eritrocitos naturales del cuerpo. Cuando han absorbido uno o dos, se dividen por mitosis, manteniendo la proporción del cuerpo y evitando que se debilite el organismo. En teoría, debería acelerar el metabolismo enormemente, fomentando una óptima alimentación de los músculos y órganos, a la vez que multiplicaría la capacidad del sistema inmunitario. -la mujer escuchaba, con un esbozo de sonrisa, sin decidirse a mostrarla porque sospechaba de la conclusión final.

-Es impresionante, doctor. Las posibilidades de su descubrimiento son soberbias… en teoría, como usted dice. Pero en la práctica, ¿qué tiene para GenCon?- el hombre suspiró profundamente.

- El metabolismo acelerado quema los órganos por exceso de oxígeno. El cerebro es especialmente vulnerable. Estamos estudiando como modificarlo para que no consuma los glóbulos rojos, sino sólo los blancos, y entonces tendremos un acelerador del metabolismo al que el cuerpo pueda adaptarse, pero… -Mai Kwoong interrumpió sus palabras con un gesto. Lenta y meticulosamente, abrió una elegante pitillera de bronce y acero, extrajo un cigarrillo de clavo, lo tomó entre los labios y lo prendió. Reflexionó aun unos momentos antes de hablar.

-¿De cuanto tiempo estamos hablando, Humblebee? Y le aconsejo que pida el doble de lo que realmente opina, porque cuando presente mi informe a los inversores le recortarán los plazos según les plazca.

-Y-yo… -descolocado al ver de pronto a esta mujer de hierro como una posible aliada en vez de como una enemiga, el genetista vaciló y casi se muerde la lengua al responder- Considero que unos… dieciocho meses, o sea… pongamos treinta y seis.

-Tres años, nada menos. Haré lo que pueda en su favor, doctor, porque desde luego veo potencial aquí. Para la sanidad, el deporte y la mejora del ser humano, que será la nueva tecnología más enriquecedora en el nuevo milenio que se abre. Aunque todo depende de una cuestión que me temo que le resulte chocante, Humblebee. Ahora mismo el producto es letal. ¿Le ve uso militar?

El científico abrió mucho los ojos enfebrecidos. Tragó saliva. Pareció encogerse delante de la doctora antes de, temblando, contestar:
-Podría lograrse… podría utilizarse alguna clase de agente que diera acceso a los vasos sanguíneos a través de la piel, un equivalente biológico al DCH… sí, podría hacerse, pero es… repugnante… -y cuando levantó la cabeza y devolvió la mirada a Kwoong, volvió el escalofrío de antes, al darse cuenta de como este hombre adoraba a su trabajo como un ídolo y hasta que punto había sido corrompido por él- … pero no me importa que se consuman vidas. Estoy seguro de que después se salvarán muchas más. Unos pocos individuos no pueden ser tan importantes como una obra para la humanidad entera… -y mientras lo decía, casi podían oírse los engranajes de su mente encajar unos con otros, tratando de incrustar esta creencia en él, en su moral, de fuera de él a lo más íntimo de su ser, porque él lo permitía y porque aquello que era la base de su existencia le podía ser arrebatado en cualquier momento. Y la retorcida parodia del hombre íntegro que un día fue no permitiría que le quitaran al dios que había creado para sí mismo.

domingo 1 de marzo de 2009

Through Heaven's Eyes

-Con tus ojos de hombre no lo verás.

-¿Qué quieres decir?

-No tienes la perspectiva adecuada. No puedes llegar a tenerla. ¿Qué parte es la difícil de entender?

-Alyosha, soy uno de los seres más poderosos sobre la tierra. Tengo que poder saberlo. - Aly se encongió de hombros.

-Así que "tienes" que poder saberlo, ¿no? Bueno, no te culpo. Yo pensaba así también cuando era un crío, pero ya hace tiempo de eso y he podido reflexionar al respecto.

-¿Cuanto tiempo? -preguntó Alex, rápidamente, buscando la guardia baja de su mentor.

-Ah, no te sé decir el año exacto, pero aun no había una vacuna contra la viruela... Irlanda aun no tenía partidarios de la independencia... África no se había separado de la masa de Pangea... en algún punto por ahí en medio.

-¿Me contestarás en serio alguna vez?

-Ves, así me gustan las preguntas. Con respuestas simples y concisas. No, no lo haré. -Alexander se pasó la mano por los ojos, tratando en vano de que la paciencia no le fallara.- Pero volviendo al tema previo, es muy presuntuoso de tu parte decidir que "tienes" que poder saberlo. Si el Creador no lo ha puesto a tu alcance, por algo será. Pero puedes hacerte una idea.

-¿Cómo?

-Despliega tus alas, polluelo, y álzate. Más allá de todo, a las capas superiores de la atmósfera... pero mantente por debajo del ozono, no nos convienen más problemas en ese campo... y luego mira. Mira hasta donde seas capaz de ver. Es mucho más de lo que yo puedo hacer, pero no se me ocurre otro camino para atajar la experiencia que a mi me dió la posibilidad de ver eso aquí y aquí -concluyó el hombre vestido de negro, tocando primero su cabeza y luego, con la palma abierta, su corazón.

-Pero...

-Sin peros. Y date prisa que va siendo hora de cenar. -Indefenso ante la sonrisa (demasiado cínica, demasiado pequeña, demasiado triste siempre) de Alyosha, Alex miró al cielo. Sus alas tomaron forma de la nada, y dos pilares de cristal se alzaron de la tierra flanqueándolo. El joven ángel del trueno apoyó manos y pies en ellas mientras sus plumas primarias, al extremo del ala, se apretaban contra las secundarias buscando el aerodinamismo óptimo. Un instante después, un arco voltaico propulsó al muchacho alado hacia el cielo, con un estampido sónico. Segundos después, Aly desprotegió sus oídos y miró, a tiempo para ver ambas columnas, y una o dos plumas caídas, deshacerse en simple luz.

-Bueno, ya me encontrará... -y se marchó del lugar para decidir donde cenar, canturreando… siempre debes mirar con la mirada celestial...

Las alas se desplegaron por completo y empujaron una vez, oponiéndose al salvaje impulso ascendente. Alexander, suspendido a seiscientos mil metros, se detuvo y planeó suavemente. El sutil aire de la ionosfera era menos dócil que el de la estratosfera, pero no era impedimento. Miró a sus pies. El mundo... su mundo. Con un vigoroso movimiento, enrollándose sobre si mismas y en torno a él, imposiblemente flexibles, las alas traslúcidas rasgaron las nubes a kilómetros bajo él. Mañana habría tormentas inesperadas, pero al fin y al cabo, era el ángel del trueno, ¿no?

Abrió los ojos. Más. Mucho más. Todo su ser eran ojos. Recordó las palabras de Apocalipsis: Y los cuatro seres vivientes, cada uno de ellos con seis alas, estaban llenos de ojos alrededor y por dentro, y día y noche no cesaban de decir: SANTO, SANTO, SANTO, es EL SEÑOR DIOS, EL TODOPODEROSO, el que era, el que es y el que ha de venir.

Abrió otro par de alas, y otras dos. Miró más allá de la tierra, y sus plumas se abrieron para sentir toda vibración, todo movimiento y sonido. Sintió que su ser se extendía, descendiendo lentamente, plácidamente, hasta ser cada vez menos él mismo, y más...

Había miles, cientos de miles de vidas debajo de él.

Interconectadas. Podría partir el planeta en dos, realmente podría. Y sellar ambas mitades con cristal purísimo, y mirar a los cristales, y ver a la humanidad como una granja de hormigas. Si en ese momento Alex hubiera tenido boca, habría reído. Unidos, vinculados, sin verse.

Construían. Derruían. Daban a luz. Asesinaban. ¿Qué había más allá? Seiscientos mil metros debajo suyo, alguien abrazaba a una mujer ebria que lloraba, feliz de haber salvado su vida en el accidente de coche, atormentada porque su marido no lo había hecho. Mil kilómetros al oeste, un grupo de chicos y chicas se habían reunido para cantar y adorar al Creador. Todo tenía sentido, todo eran elecciones de cada cual. Todo eran caminos equivocados, y aquí y allá destellos del camino verdadero. Invisible. Inevitable. Imperceptible. Omnipresente. Alex pensó de nuevo en la granja de hormigas. Si se pudiera hacer con el corazón, con el alma humana, ¿no veríamos allí grabadas las leyes que en el fondo todos sabemos reales y correctas?

Entendió un poco más. Pero le faltaba mucho. Algo sin pulmones ni labios suspiró, y -dándose cuenta de que se había dispersado- se restauró de nuevo. Media hora más tarde, entraba en un restaurante de cocina mediterránea para sentarse junto al hombre moreno que paladeaba una quiché. Vió su cubierto preparado, y Aly le dió la bienvenida llenándole la copa.

-¿Y bien?

-Bueno... he entendido un poco más sobre qué sentido tiene la vida en general. Aunque no podría ponerlo en palabras ni que me fuera la vida en ello. -Alyosha levantó su copa y Alex respondió al brindis sin la desgana de las últimas semanas.

-Todo un avance, ¿no?

-Supongo, pero sigo sin ver donde encajo yo en el esquema de las cosas.

-¡Ni lo harás! No hasta diez minutos después de muerto, polluelo. ¡Ve haciéndote a la idea! -y sin más, vació su copa, sonriendo.

sábado 5 de julio de 2008

De la piedra que soñaba ser halcón

A los trece años, mi mundo perdió el poco sentido que había empezado a tener cuando conocí a la piedra que quería ser halcón. Era un pedazo de carbón al que, con un pequeño esfuerzo, se le podía achacar una vaga forma de pájaro. En él había un dibujo tallado por los vaivenes geológicos que, por el contrario, requería que el observador se concentrara para no ver un auténtico halcón, vivo y ágil y presto a alzar el vuelo, algo absurdo de ver para nadie que pueda presumir de cordura. Pero claro, como he dicho, yo tenía trece años.

La piedra surcaba el aire una vez y otra, de mis manos a las de mi hermano mayor, que la recibía con un guante de béisbol. No porque yo lanzara muy fuerte, qué va, pero a la piedra sólo le gustaba yo, y en manos de los demás les quemaba engañándoles. Es decir, no quemaba de verdad, pero ellos lo sentían. Refulgía, cada línea del halcón iluminada por una incandescencia que no era más que un sueño. ¿Por qué yo no sentía que sostenía un pedazo de lava encerrado en carbón? Supongo que era el adecuado para comprenderlo, y eso era todo.

Fue a los quince años que mis padres me mandaron a terapia. Sí, habían visto la piedra. Y la habían tocado, y les había quemado, y no tenían explicación alguna. No podían razonarlo, no podía tener sentido. La piedra y yo alterábamos su concepto de lo posible y abría posibilidades desconocidas. Por lo tanto, me llevaron a mi al psicólogo, porque eso sí lo comprendían. Luego al psiquiatra, porque el psicólogo más caro de la ciudad sólo pudo diagnosticarme "una imaginación maravillosa". No culpo a mis padres. He tardado en dejar de hacerlo, pero he aprendido a no odiarles por ello. Sólo estaban… ciegos, supongo. Y los ciegos no pueden concebir la realidad del que sí ve. ¿Cómo no voy a perdonar que lo envidien?

El psiquiatra propuso media docena de teorías, de distintas enfermedades mentales y psicosis menores, cosa que siendo una mala noticia fue tenida como cierta, porque satifacía los miedos de mis padres. Todas pasaban por el mismo principio, cómo no: quitarme la piedra. Me animaron a destruírla. Era una cosa. Sólo una cosa que yo tenía. Pero soñaba, y compartía conmigo ese sueño. Era casi feliz volando cuando nos la lanzábamos.
Era mi amigo, no como un perro, ni siquiera como un gato. Sólo era parte de mi entorno, sacada del cuento fantástico que Thoreau nunca escribió…

Me obligaron a lanzarla al fuego. Hicimos una hoguera en campo abierto -en casa había una chimenea, pero no querían que tuviera ese mal recuerdo asociado con nuestra casa- y me mantuvieron de pie. Lloré hasta vomitar. No me dejaron. Me dolían las piernas y tenía hambre. Las tripas eran ácido, de dentro a fuera. El corazón no latía, sólo se convulsionaba intentando salir. Era un crío. No podré olvidarlo nunca. Mis pesadillas han recordado durante años cómo mi brazo lanzó la piedra.

El pedazo de carbón refulgía en el aire. Por última vez, la piedra voló…se estrelló contra las llamas. Por entonces no sabía cuanto debía tardar, pero ya en aquel tiempo comprendí que no era suficiente, que era demasiado rápido, que aquel fuego no podía crecer así. Sentí la acidez de mis entrañas y comprendí. Igual que yo, la piedra ardía por dentro más que por fuera. Quizá esperaba a que yo lo entendiera, porque justo en ese momento la hoguera se convirtió en un pilar de fuego, alto como un edificio, ondulante, serpenteante… En ese momento se corrigió un error terrible, y los retazos de llama cayeron y se apagaron rápidamente en la tierra y la hierba verde y fresca mientras el halcón de fuego vivo se alzaba en el aire con un chillido de ave de presa y volaba en pos de su destino. Mi corazón aun le persigue. Gracias a él sé que hay más en este mundo que locura y miedo. Gracias a Dios, hubo una señal en mi vida para traerme sueños que perseguir y que conquistar. Gracias.

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Esta entrada se cataloga como "RPG" porque pertenece al capítulo sobre los místicos del juego de rol que estoy escribiendo y diseñando. En cambio, he preferido no catalogarla necesariamente como dentro de "Dark'n'Soul". Estoy satisfecho de como ha quedado: podría haberla trabajado más, pero perdía la espontaneidad infantil que buscaba cuantas más vueltas le daba. Espero que os guste.

sábado 28 de junio de 2008

Un ensayo sobre el plano astral


(Extracto del ensayo “Encontrando el más allá: teorías sobre nuestra especie”, de la doctora Siyanda H.)

4.0 - El Plano Astral

(…) Se teoriza si los pequeños insectos, como las hormigas, sienten el mundo en sólo dos dimensiones. Las bestias superiores perciben tres, pero el paso del tiempo no es significativo para ellas. Pocos seres comparten con la humanidad la consciencia de esa cuarta dimensión. Y es sólo nuestra especie, la naciente élite genética del hombre, la que es capaz de percibir la quinta dimensión: el plano astral.

Toda materia existe en tres dimensiones demostrables. A través de su flujo en la cuarta, el tiempo, dejan de existir como eran previamente y se transforman. El plano astral va más allá, siendo el punto de flujo de la abstracción y el concepto; sólo una mente humana -o neohumana- puede acceder a esta dimensión que da consistencia a las teorías de Platón de un modo nunca antes soñado. Las emociones, siendo como son mentiras y juegos electroquímicos de nuestras hormonas y cerebro, son una fuerza tan evidente como la gravedad: mantienen la cohesión de nuestras Psiques y forman parte de nuestra vida física de forma constante. La teoría del plano astral nos permite explicar la gran variedad de habilidades del homo sapiens ultra. (…)

Teorizamos a continuación sobre como la existencia del plano astral explica los poderes más conocidos de cada una de las cuatro evoluciones:

-Sensores: la más frecuente de las habilidades Psi, presente en su forma más común como deja vu, intuiciones y sueños premonitorios. Dado que la quinta dimensión se superpone a la cuarta, es posible percibir hechos futuros y pasados (ver secciones 10.4, “Precognición” y 10.7, “Psicometria”, entre otros). Hay precedentes de la percepción de otras fuerzas conceptuales, como el peligro, la suerte o la muerte, pero es más habitual la capacidad de sentir emociones (sección 10.2, "Empatía"). Otra facultad conocida es la llamada visión remota, que confiere percepciones visuales y/o auditivas de lugares lejanos al cuerpo físico. Es posible que esta sea una versión de capacidad más limitada del viaje astral, un poder distinto mediante el cual un Sensor se sumerge en el propio plano, posiblemente teniendo acceso a todas las percepciones antes referidas, pero muy difícil de invocar o controlar voluntariamente.

-Telépatas: probablemente la más conocida de las evoluciones, los Psi llamados telépatas pueden enfocar con más precisión su percepción del plano astral; concretamente, sincronizan las emisiones de uno o varios seres concretos, pudiendo tener acceso a pensamientos presentes que leer o con los que comunicarse, o remontarse en el tiempo para acceder a su memoria y conocimientos; incluso es posible modificar esos recuerdos y así introducir cambios de conducta en el ser afectado. Del mismo modo, se puede implantar una "orden" que se active en el futuro ante cierto estímulo, como un reflejo condicionado o una sugestión hipnótica (ver capítulo 11, "Telepatía aplicada").

-Psicokinéticos: esta evolución canaliza la energía del Psiónico hasta generar una forma de gravedad extraplanar, capaz de afectar a los objetos materiales. Al nivel más crudo, pueden desplazarse pequeños objetos. Con práctica, pueden alzarse pesos descomunales o realizar manipulaciones altamente precisas (ver 12.2, "Telekinesia"). En una escala más sutil, es posible acelerar la velocidad de las partículas atómicas para calentar o incendiar los objetos y aun el mismo aire que rodea al Psi. La manipulación molecular, que posibilita modificar y controlar la materia al nivel más primario, tampoco es un imposible, aunque quizá sea el más infrecuente entre los poderes Psi (sección 12. 5, "Pirokinesis y Nanokinesis").

-EgoPsi: esta fascinante evolución no afecta al entorno del Psi: los Ego Psi gobiernan su propia energía astral. Poseen la capacidad de alterar sus propias convicciones y emociones, e incluso de influir sobre el concepto de como cree su cuerpo que se debe formar, desarrollar o restaurar. Es necesario una percepción neohumana para distinguir a un EgoPsi normal de una persona de fuerte voluntad: tienden a alcanzar la excelencia física y mental mediante pura autodisciplina, pero es posible mucho más: hay informes de Psi con órganos extra de reserva, músculos autodiseñados o usados como armadura natural, "interruptores" psicológicos para aumentar la tolerancia al dolor; incluso miembros u ojos adicionales. Teorizo con la posibilidad de cerebros adicionales y hasta de autoclonación, probablemente en forma de partenogénesis o de un sofisticadísimo y prolongado proceso de mitosis (véase 13.0, "EgoPsi: el Autocontrol").

(…) Proseguimos nuestro estudio buscando cómo integrar la teoría del plano astral -no olvidemos que, al fin y al cabo, es básicamente una conjetura que sirve para dar una explicación, aunque los viajes astrales parezcan sustentarla- en otras hipótesis sobre la física del universo. Concretamente, la teoría de las supercuerdas parece muy accesible, y nos preguntamos cuantos más planos desconocidos podemos alcanzar a discernir.

miércoles 11 de junio de 2008

Sobre el suicidio y Alyosha

Siempre me he preguntado cómo puede haber alguien con la sangre fría de escribir su propia nota de suicidio. Atenazado por un miedo o una angustia tan sobrecogedores como para decidir deshacerte de ti mismo, te sientas y escribes tu último mensaje. Una despedida, una disculpa, una maldición, lo que sea. ¿Cómo lo hizo mi tío Néstor? Decía no tener fuerzas para seguir viviendo ni un minuto más, ¿cómo pudo sentarse durante horas y relatar lo que él llamaba el fracaso de su vida?

Bueno, la respuesta es que resulta liberador. Notas a tu fin acercándose, no lo dudas; de hecho, por primera vez, se termina el pánico subliminal que moraba en ti desde que fuiste consciente de tu propia mortalidad. Fin. Sin miedo, alcanzas la paz. Ya no temes morir, todo lo contrario: tienes fe en la muerte. No viene ella a por ti, como un ladrón en la noche. Eres tú quien llama a su puerta. Tu mente se sosiega tanto que puedes contemplar lo horrible que es sentir esta calma, como si tu corazón muriera por sí mismo cuando decides morir por entero. El horror de esa revelación te golpearía si siguiera importándote, si tuviera donde golpear. Pero te has puesto más allá de su alcance, y estúpidamente crees que eso te hace superior.

Huyes. Dílo claro. Huyes de tus seres queridos, tus responsabilidades hacia ellos. Huyes de tu enfermedad porque la esperanza de curarte te hace sufrir al no cumplirse, así que haces desaparecer la posibilidad de volver a estar sano, y así no sufres. En vez de perseverar por lo mejor, te lanzas a la seguridad de lo peor. Maldito seas por rendirte. Dios te perdone, y que me perdone a mi por maldecirte. Pero escoger morir… nunca entenderéis, desgraciados, que los que tenemos a la muerte a flor de piel no podemos evitar odiaros. Yo siento a los gusanos de las vidas condenadas royéndome el espíritu, de día y de noche, susurrando vuestras mentiras. Son mi herencia y, retorcidamente, mi propia esperanza. Y habrán muchos más antes de que pueda ser libre yo mismo y mi existencia termine al fin.

Hasta entonces, sólo quisiera estar ahí antes de que vuestro camino se tuerza. Y besaros y abrazaros y daros una pizca de afecto, que tanto puede hacer cuando no parece haber escapatoria. Y probablemente, sólo por haberlo pensado, luego espero que me déis permiso para abofetearos. Sólo una vez. Que sean dos. Os lo agradecería de corazón.

viernes 16 de mayo de 2008

Lorca

Hay un hombre joven en la plaza del pueblo esta mañana, junto a la gran fuente. Le miras al pasar, tan fuera de lugar, tan lleno de contraste: todo de negro y rubio, cuerpo fuerte y rostro dulce, ojos sabios en su juventud. Le miras al pasar. Te mira cuando pasas. Sonríe. Sonríe para ti como saludo.

Al mediodía el joven sigue en la plaza del pueblo, en los bancos de piedra. Sostiene el pan que come en la mano derecha; con la izquierda recoge las migas y las esparce entre las palomas. Le miras al pasar, una imagen oscura llena de paz, envuelto en cuero y en aves. Le miras al pasar. Te mira cuando pasas. Sonríe. Te preguntas si te ha reconocido. Cuando le devuelves la sonrisa, te descubres sabiendo que sí.

El hombre joven está esta tarde en la plaza del pueblo y los niños juegan con él. Lleva a dos sobre los hombros, y las madres le miran, con inquietud templada por la confianza que inspira, con cierto miedo y con afecto, preocupadas, divertidas. Le sonríes al pasar. Te sonríe cuando pasas. "Hola", forman sus labios sin decir nada.
-Hola -respondes en voz baja, para ti, porque es para él.

Por la noche encuentras al hombre joven soplando suavemente una flauta de madera tallada. Toca con delicadeza, para no molestar a nadie y que la música sea sólo para él. Y para ti. Te preguntas quién es. Quieres saber por quien ríe y por quien sufre, de qué mundo viene y qué destino persigue. No dudas: te acercas y preguntas como no harías con nadie más. Él responde con un rostro plácido lleno de su propia luz. Te das cuenta de pronto de que ni siquiera has saludado. Te presentas y disculpas. Él ríe de nuevo.
-No me pidas perdón. Yo también he esperado el día entero a decirte mi nombre -dice, y su mano busca la tuya. La estrecha sincera y cálidamente.- Soy Lorca.

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Lorca es, sin lugar a dudas, mi personaje favorito. Representa mi ideal, la paz de conocerse a uno mismo, la sabiduría y fuerza que de ello deriva. Este relato breve sirve para compartirle con todo el mundo, casi por primera vez.